Carta nº 18 – Otoño 2023

Aquí va una opinión controvertida: creo sinceramente que las lluvias de estrellas son la hostia. La visión de las centellas rasgando fulgurantes el velo nocturno, dioses y ángeles cayendo desde sus estancias celestes envueltos en llamas, es un recordatorio de que, en lo que respecta al sentido del espectáculo, no hay quien le tosa a la Naturaleza. Lo siento, Spielberg.

Más allá de la exhibición visual, me fascina también la perfecta puntualidad con la que año tras año llegan en las mismas fechas. Esta regularidad nos recuerda que en realidad no son las estrellas las que caen sobre nosotros, sino que es nuestro planeta el que cada 365 días atraviesa las mismas nubes de fragmentos estelares y nos los estampamos, como insectos contra un parabrisas. O como cuando nos montábamos en el tiovivo y en cada vuelta saludábamos a nuestros padres para recordarles nuestra existencia, como si pudiese haber otro motivo para estar ahí plantados.

A veces, mientras espero el siguiente fogonazo, me da por cambiar el punto de vista e imagino cómo verá la nube de meteoros nuestro encuentro anual. Si igual que nosotros miramos hacia arriba, ellos reconocerán a los que se asoman todos los años, y distinguirán a los que miran por primera vez. Y si notarán las ausencias, si buscarán entre las caras a esa mujer que siempre sale en agosto a contemplar las lágrimas de San Lorenzo, las primeras veces de la mano de su marido, las últimas con su nieto, y qué pensarán cuando un día no la encuentren.

Y así es como convierto un espectáculo flamígero en una bajona gótica. Suenan Los Cure.

Es curioso que la contemplación de la naturaleza nos aboque a algunos a la melancolía, cuando ella es radicalmente antinostálgica: por cada hueco que se abre en ella, 100.000 almas nuevas corren, nadan, reptan para llenarlo sin un segundo que perder. Pero así somos, animales que gastan demasiada vida pensando en la muerte. Ante esa pesadez, enfrentados al vértigo de la ausencia de nuestros seres queridos y las dudas sobre nuestro legado cuando los ausentes seamos nosotros, solo cabe entregarse a la filosofía: el que tenga miedo a morir, que no nazca.

Guillermo.

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