Carta nº 21 – Verano 2024

Llega el verano y desempacamos nuestras ansias de vivir, la lista de planes a tachar, el hedonismo y la sensualidad que teníamos enfrascados desde hace un año. La vida es eso que pasa mientras llega el próximo solsticio. Pero esa expectación es a la vez la tragedia con la que carga la estación más deseada: las ganas con las que la abrazamos se mezclan con la ansiedad de no cumplir las expectativas depositadas, y a su vez la intensidad con la que nos deslumbra deja en tinieblas al resto de semanas. La lógica compartimentada de nuestro tiempo demanda al estío grandiosidad, épica, una aventura iluminadora que nos permita sobrellevar la anhedonia del siguiente año. Nos hemos convencidos de que los días solo importan si están marcados en rojo.

Ante esta escalada de vivencias, me pregunto si es posible otro enfoque. Más allá de la meteorología, ¿dónde reside el alma del verano? Por un lado, es la única época del año donde somos dueños absolutos de nuestro tiempo y no tenemos que pedir permiso a los accionistas para existir. Nos despertemos a la hora que sea, no hay necesidad de mirar el reloj o el almanaque: ya sean las 3 de la mañana de un martes o la siesta tras la romería, en tus legañas mandas tú. 

La segunda característica es el papel protagonista que cobra nuestro cuerpo, reservado los otros meses al metabolismo basal. Pero en verano se desquita y se torna en artista de la pista: es el tiempo de enseñarlo, mojarlo, quemarlo, exprimirlo, sobarlo, montarlo. La mente se limita a calcular las propinas mientras músculos, huesos y vísceras se encargan de lo importante: saltar un arroyo, seguir una conga, balancearse en la hamaca.

Así que, ser amos de nuestras horas y usar nuestro cuerpo: ¿podemos repartir estas exigencias con el resto del año? Para lo primero, solo necesitamos retirar el velo con el que distinguimos entre meses buenos y malos, y hacer lo que nos calienta el corazón marque lo que marque el calendario. Ni siquiera necesitamos días o semanas de liberación para vivir cada momento como un atardecer de julio: ¿cuánto dura un beso, un “sí”, una estrella fugaz que señalamos a la vez? La eternidad nos rodea todo el rato a un parpadeo de distancia.

Y para lo segundo, basta con recordar que la misma máquina que segrega tus sensaciones estivales es la que te acompaña a todas partes: siempre que estés con tu cuerpo, estarás en fiestas. Así que gasta este verano como te plazca, y destierra la angustia por hacer de él una obra de arte que expíe el resto del año. Quema las ganas almacenadas, pero no pares ahí. El 1 de septiembre coge las hojas del calendario, arrúgalas, prepara la hoguera. Captura el instante entre el pulgar y el corazón, y chasquea los dedos: ahí tienes la chispa. Haz que cada segundo del año arda como un sol de julio.

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