Carta nº 6 – Otoño 2020

En un año lleno de muerte y oscuridad, agradezco que al fin haya llegado el otoño. Había algo antinatural en leer el conteo de los miles de fallecidos en una terraza bajo un cielo luminoso. Prefiero que el derrumbe interior esté en sintonía con la decadencia exterior. Coherencia.

Nadie podrá decir que no lo hemos intentado. Afectados, asustados, anulados por la enfermedad, llevamos lo que dura un embarazo apretando las tripas, aferrándonos al más mínimo asidero de esperanza para continuar, para vivir. Quisimos creer que todo saldría bien, quisimos creer que eso era un verano, hasta hemos querido creer que en alguna parte, en algún cajón, había un plan. Hemos querido creer hasta exprimir la última gota de ansiedad.

En cualquier otro momento, si a la protocolaria pregunta “¿cómo estás?” alguien me hubiese contestado “mal”, me habría preocupado. Ahora no. Ese “estoy mal” es un alivio, una señal de normalidad, un lugar de encuentro. En el décimo mes de 2020 tú estás mal, yo estoy mal, el mundo está mal.

Hace tiempo que se acabaron los aplausos a heroicos desconocidos y se descolgaron los carteles del “Todo va a salir bien”. Nada ha salido bien. Tras el trueno de la primavera pasó el verano más breve de nuestras vidas, y ahora estamos aquí. Afuera llueve, la luz se ha ido, las hojas caen, los campos se desnudan. Y el frío que sentimos por dentro no lo quita ninguna chimenea.

Cada año, durante los meses más oscuros, la vida se rinde. La decadencia cubre la naturaleza y lo vivo se refugia para rearmarse y coger fuerzas con el humus de lo muerto. Bien, que así sea. Nos han vencido. Estemos mal. Nos hemos ganado ese privilegio. Y que ese plan que buscábamos sea el del otoño: morir, parar, resurgir.

 

Guillermo.

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