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La era del fuego

El escritor y periodista estadounidense John Vaillant ha acuñado el concepto Homo flagrans para explicar la absoluta dependencia de la humanidad con el fuego y cómo este puede hacer peligrar los estilos de vida sustentados en el petróleo y en el capitalismo salvaje. Su libro El tiempo del fuego (Capitán Swing) relata los incendios de Fort McMurray, Canadá, de 2016, donde ardieron más de 500.000 hectáreas —una superficie superior a la de Cantabria—, provocaron unos 88.000 evacuados, arrasaron barrios y generaron miles de millones de dólares en pérdidas, unos daños que simbolizan la debilidad humana ante el cambio climático.

Esta nueva era climatológica, con fuegos de gravedad y peligrosidad creciente, castigó también en 2022 a la sierra de la Culebra (Zamora), con dos incendios casi consecutivos en los que murieron cuatro personas y ardieron 60.000 hectáreas —el 6% de la provincia—. El periodista Juan Navarro vivió aquella desgracia socioeconómica y medioambiental sobre el terreno informando para El País, y de esa cobertura e investigación posterior nació el libro Los rescoldos de la Culebra (Libros del K.O.), donde analiza la tragedia a través de los implicados y presenta la influencia de la política, la gestión forestal, las condiciones laborales de los bomberos o el declive rural en el alcance de estos nuevos incendios de sexta generación, que pueden repetirse allí donde exista un contexto similar de dejadez con los bosques y malas condiciones de los brigadistas. 

En una conversación exclusiva para Salvaje, ambos periodistas reflexionan sobre cómo el avance implacable del cambio climático, su negacionismo político, la precariedad de los recursos de extinción o el avance de la despoblación han convertido incendios separados por miles de kilómetros en espejos de una misma crisis global. Un cruce de voces que revela el patrón común de un mundo que se quema mientras mira hacia otro lado.

Juan Navarro: Cuando empecé a leer tu libro pensé que sería una crónica, una gran fotografía, de los incendios de Canadá de 2016, pero encontré una radiografía global del fuego y la relación del que llamas Homo flagrans [la humanidad contemporánea que vive por y del fuego] con ello, un concepto que me gustó mucho. También vi muchos paralelismos con lo sufrido en Zamora en 2022 en un contexto opuesto: de una gran y rica metrópoli norteamericana a la pobre y decadente España rural, con cuatro muertes y 60.000 hectáreas arrasadas en dos incendios en un mes. ¿De dónde surge tu interés hacia el fuego?

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John Vaillart: El fuego ha estado siempre relacionado con la humanidad. En la actualidad estamos en la era del fuego porque nuestros coches o industrias funcionan con él. Seguro que no hay tantas diferencias entre lo que pasó en Fort McMurray y Zamora, yo vi un fuego comportándose de una manera diferente, era más intenso, más rápido, catastróficamente destructivo de una forma que nunca habíamos visto. Me sorprendió a mí y a quienes lucharon contra él y me hizo pensar que estamos cambiando de realidad en nuestra relación con el fuego. Entonces pensé: “Si un fuego puede hacer esto en una región subártica donde hay bloques de hielo en los ríos, imagínate qué haría en lugares más sureños, como España”. El cambio climático es un término abstracto que se expresa de formas distintas por el mundo, pero en los últimos años se ha intensificado y estos incendios que hemos estado viendo en los últimos diez años son increíblemente intensos y pueden comportarse así en cualquier parte.

Juan: Sentí algo parecido en la sierra de la Culebra. Cubría los incendios para El País y me di cuenta de que era algo muy particular, muy fuerte, muy poderoso, no solo fuego sino una combinación de factores muy difíciles de contener y muy intimidantes: cambio climático, despoblación, decadencia del sector primario… Era la combinación perfecta para la catástrofe. Creo que no estamos descubriendo nada nuevo pero sí avisando a la gente de que en los veranos y otoños, o en invierno como los de este enero en California, con miles de evacuaciones y hectáreas quemadas entre altas temperaturas y sequía, habrá más incendios graves.

John: Estamos intentando avisar sobre el cambio climático y que puede generar huracanes, sequías, inundaciones como las de Valencia o incendios, pero los Homo sapiens tenemos un mecanismo de defensa para resistir desastres y mantener un muro mental que nos hace ser capaces de decir: “Sí, estas cosas pasan por el mundo, pero probablemente no me vayan a pasar a mí”. Nuestros libros advierten de que estos fenómenos o estos fuegos pueden sucederle a cualquiera, no son abstractos ni hipótesis ni futuribles: está pasando ya y puede tocarnos a todos devastadoramente.

Homo flagrans

Juan: Insistes en que estas incidencias climatológicas pasan en todas partes porque todos vivimos bajo el mismo modelo capitalista, sustentado en el fuego.

John: Hace siglos el fuego nos servía para cocinar o para quemar terrenos y utilizarlos. Ahora hasta las máquinas tienen fuego dentro. Es la guía de nuestro estilo de vida y del capitalismo, es un ídolo suicida porque es insostenible. Estamos quemando durante unas pocas décadas algo que tardó en crearse millones de años y los efectos se sienten en todos los sistemas naturales, incluso en el desarrollo de las llamas por sus comportamientos inéditos, velocidades y alcances nunca vistos y que coinciden en Chile, España, Canadá o Australia.

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Juan: Constaté que el fuego y sus reacciones son globales cuando, leyéndote sobre Canadá, vi que usaste expresiones como “bombardeo de fuego”, como los de Hamburgo en 1943 en la II Guerra Mundial, o hablando del frente de llama como “caballos al galope”. Aquellos días en la Culebra noté lo mismo, el fuego parecía seguir instrucciones bélicas: las piñas de los pinos parecían granadas de mano extendiendo las chispas y hasta los lobos o la fauna propagaban las ascuas o las pavesas ardientes. Ambos hablamos de pirocúmulos [grandes nubes generadas por el humo] de bomberos desbordados, de la gente arriesgándose para intentar ayudar, las huidas desesperadas, la impotencia o desbordamiento políticos…

John: Es importante mostrar que esto es una realidad universal. En Australia los conejos que se quemaban corrían para intentar salvarse y acababan muriendo tras haber propagado el fuego. Estas coincidencias nos dan credibilidad porque estamos presenciándolo y contándoselo a la gente que vio algo parecido. Da igual que sean lobos en España, alces en Canadá o conejos en Australia, todos intentan escapar de las llamas pero acaban extendiéndolas, que es más o menos lo que hacemos como especie que vive de quemar.

Juan: Pasa lo mismo al escribir sobre la angustia de la gente, también hemos coincidido al plasmar muchas emociones. Nosotros no somos los afectados pero estuvimos in situ para intentar traducir al lector cómo se siente la gente cuando se le queman la casa o el bosque. Yo seguí dos vías: una, simplemente mostrar mis sentimientos, cómo huele todo a quemado, el calor, el sudor, el cansancio, las caras de la gente cuando les preguntas, las personas llorando… y luego con muchas descripciones del paisaje, los pueblos, el avance del frente. Mi libro, como el tuyo, es de no ficción, muchas veces la realidad va más allá de la ciencia ficción. Simplemente tienes que enseñar qué estás viendo o sintiendo para expresar el drama sin necesidad de mucho adjetivo.

John: Hay que llevar el incendio a casa del lector. La experiencia es importante y se genera el contexto, pero las palabras de la persona que estuvo allí, a quien se le estaba quemando la casa o huyendo dan veracidad y emocionalmente trasladan al lector hasta allí, es como decirles: “Así es como fue todo esto”. A la gente le impacta escuchar palabras de otras personas con quienes empatizar, nuestro trabajo es conseguir los testimonios que hagan imposible no empatizar. La gente me dice: “He leído tu libro y ahora estoy asustado”. El fuego es universal, nos afecta a todos por igual y lo hemos visto los dos en las reacciones de la gente.

Juan: ¿Cómo te sentías escribiendo sobre estos horrores? En Zamora me sentí invadiendo el mal de las víctimas. Allí murieron cuatro personas [el bombero forestal Daniel Gullón y los vecinos Victoriano Antón, Eugenio Ratón y Ángel Martín] y he ido entrevistando a sus familiares, amistades, a más brigadistas… Para mí es durísimo preguntar cómo se sienten, la precariedad de los bomberos. Supongo que también te costó entrevistar a quienes lo han perdido todo, sus casas, sus álbumes familiares…

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John: Ese es el ingrediente secreto, el rasgo especial que necesitamos para este trabajo. Puedes implicarte emocionalmente y que esa persona vea la conexión y pueda confiar en ti como un “lugar seguro” para contar su historia mientras a la vez mantener cierta distancia porque en el fondo estamos trabajando. También sentimos tristeza o miedo con ellos, eso les hace ver que entendemos de qué va el asunto y que decidan compartirlo con nosotros. Las preguntas correctas nos permiten llegar a la intensidad completa de sus historias. Luego hay que expresarlas bien porque el fuego es un concepto muy científico, muy técnico, y como comunicadores climáticos tenemos que ser muy rigurosos. No puedo explicar exactamente qué son los 500 grados Celsius, cómo arden ciertos materiales con su temperatura de ignición o la velocidad exacta del fuego, pero sí usar analogías del día a día como acercar el dedo a una vela, explicar cómo se quema un sofá en función de qué está hecho o rememorar a Obélix diciendo aquello de “El cielo va a caer sobre nuestras cabezas”.

Juan: Aquellos incendios en la sierra de la Culebra fueron los primeros fuegos activos que reporteaba y traté de enseñar cómo es ese caos con metáforas o imágenes claras para comprenderlo. Menciono una gran muralla naranja avanzando a lo lejos, una cúpula gris durante decenas de kilómetros de diámetro, un viejo tiovivo estático para referirme a corzos galopando por montañas arrasadas, abrir el horno de casa para sacar una pizza… Pero también hay mucha conversación con bomberos, con expertos para comprender  la situación. También siento esa empatía de ver esta tragedia en mi comunidad, a pocos kilómetros de mi casa. Es demasiado grave como para no hacer lo que podemos, que en este caso es escribir e intentar implicar a la gente. Para mí hay un caso durísimo, el del pastor Victoriano Antón, que pocos meses antes de morir entre el fuego, salía en un vídeo con sus ovejas lamentando que estaba todo sequísimo, con mucho calor y con el bosque descuidado. Es como si previera su propia muerte y aún me da escalofríos saber que acertó, que todo era muy evidente.

John: Uf… Es alucinante, como una historia de fantasmas descubriendo su futuro. Me recuerda a la película Minority Report, de Tom Cruise, con un visionario capaz de prever crímenes. Podemos compararlo a cómo los científicos climáticos llevan 30 o 40 años avisándonos de que esto va a pasar: “Aquí tenéis la información y cómo va a suceder, en qué áreas será primero y peor”, y acertaron. Me pasó lo mismo con los incendios de California de este enero. Cuatro días antes de que empezaran pasé por allí y dije: “Wow, todo está sequísimo”. El cambio climático está amplificando fenómenos anormales, es como si a Messi o a Cristiano Ronaldo, que ya eran poderosísimos, se les diera encima esteroides y ahora empezaran a meter goles desde el medio del campo en todos los partidos. Eso es el cambio climático: toma un sistema ya increíblemente poderoso y lo intensifica.

Despoblación, negacionistas climáticos y esperanza

Juan: En España decimos que “los incendios se apagan en invierno”, pero tanto los bomberos como los especialistas protestan porque la prevención y la gestión son pobres. El bombero Daniel Gullón murió entre las llamas con 62 años y un contrato temporal, sus compañeros apenas tienen formación ni recursos… Es como si la Administración lo fiara a la suerte.

John: El campo sigue otras reglas que las que aplicamos. En Estados Unidos se destruyó a los indígenas que tenían una relación sana con el fuego y su entorno. Los colonizadores interrumpieron ese ciclo y ahora no hay conocimiento. En Europa ha pasado algo similar especialmente tras la II Guerra Mundial, con éxodos rurales y agolpamiento social en ciudades con aire contaminado. Hay que reconocer que hemos cambiado la naturaleza del fuego, que hemos cambiado el clima de forma que impacta como nunca había hecho y es difícil asumir que a ti también te puede pasar.

Juan: Otro paralelismo. Allí el campo se ha abandonado liquidando a los nativos y aquí esos nativos se han desplazado a las ciudades. No hay empleo, no hay infraestructuras, Zamora carece de industria o representación política para ser influyente y la gente se marcha. Lo dijo el pastor y coincide todo el mundo: alcaldes, bomberos, científicos, lugareños… El abandono es tal que estos incendios, importantes de base, multiplican su impacto. Tras la dana de Valencia escuché a un científico decir que “vivimos en un estilo de vida y en unas infraestructuras acordes a un clima que ya no existe”. Me quedé helado y sigo pensando mucho sobre ello, es un momento rupturista.

John: Los incendios son aún más peligrosos por ese cambio entre la relación de las personas con el entorno y el clima. El capitalismo ha provocado un nuevo tipo de colonización, además el cambio climático es muy injusto porque sufren más los pobres, quienes están alejados de la fuente del problema: las grandes industrias o los grandes contaminadores. ¡Es una locura seguir atrapados en este modelo irracional! ¡Es suicida! Tenemos que aprender como comunidad pero acabamos haciendo lo mismo, no sé si funciona el “Te lo dije” porque la gente parece convencerse de que estos episodios son normales, ¡Y no lo son! Lo de Fort McMurray es un buen ejemplo porque es una caricatura de una respuesta humana que fue terrible y a la que respondimos como comunidad, pero también actuamos como comunidad al volver y hacer exactamente lo mismo. Volvieron a construir los barrios casi igual que como estaban, solo que incluso mayores, y aumentaron la producción petrolera junto con una política negacionista del cambio climático.

Juan: En España crece el negacionismo climático y los políticos que lo abanderan. Castilla y León acusó al “ecologismo radical” y a supuestos pirómanos que nunca existieron, pero no ha habido una reacción ambiciosa admitiendo el contexto climático. Tras lo de Valencia se ha alimentado el discurso de “Solo el pueblo salva al pueblo” y lo veo muy peligroso porque desacredita a las instituciones.

John: Los trolls y los negacionistas climáticos en el fondo tienen miedo y no quieren entenderlo. La confusión les funciona mejor a los populistas, la humanidad responde mejor a lo simple, es más fácil romper que construir. Aunque tenemos el conocimiento, funcionan mejor las acusaciones y la agresividad, como hace Donald Trump, que es una tragedia extraordinaria, un mentiroso y misógino. Trump gobierna como un gángster y estamos en una época política tóxica, en un péndulo hacia el conservadurismo o el fascismo, es difícil gobernar con gobiernos como los de Estados Unidos, Rusia o China. Trump ha cambiado la naturaleza de los liderazgos, no quiere profundizar en las políticas y exige cambiar cómo votan los estados para desbloquear la asignación de fondos federales, que deberían ser incondicionales. Es su parte del trato, siendo un líder deberías preocuparte del país, pero no lo hace. Todo para él es una cuestión de lealtades. De todos modos, en Estados Unidos o en Canadá están creciendo ideas ecológicas para intentar detener estos fuegos, están apareciendo granjas orgánicas y sostenibles contra la agricultura masiva que usa pesticidas que destruyen ecosistemas. También está aumentando el porcentaje de energía eólica frente al combustible fósil como fuente de energía. Hay buenos ejemplos regionales, como en California, con comunidades donde los científicos están ordenando quemas prescriptivas y trabajando con los indígenas que conocen esas tierras desde la última glaciación y saben cómo arden esas regiones. Es esperanzador, histórico, positivo, nunca había sucedido, son ejemplos que se pueden exportar a otros contextos. Es real y está sucediendo ya, aunque en términos proporcionales sigue favoreciéndose al status quo.

Juan: ¿Qué crees que nos deparará el futuro? En España, o en Zamora en particular tras los incendios de la sierra de la Culebra, apenas ha cambiado nada ni existe ya una gran reacción social o política.

John: Necesitamos una política hecha por los mejores, tenemos ya conocimientos sobre el fuego y debemos trabajar juntos con cambios culturales porque la política mayoritaria es destruir el ecosistema. La naturaleza nos dice que la estamos estresando, es una invitación a reevaluar nuestra relación con ella pero se ha convertido en negocio y no en compañera. Se están repitiendo errores pese a disponer de la mejor información, pero quiero ser optimista, pienso que es posible recuperar nuestras relaciones con la naturaleza. Además, se van a escribir más libros sobre el fuego, la gente los irá leyendo y es positivo porque va a sentirse conectada aunque sean en lugares muy distintos del mundo.