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Antiguía para desorganizar un piquiniqui

Con la llegada del buen tiempo se instala en nuestras mesas una posibilidad hasta ahora no planteada: la de poder abandonarlas, huir lejos de su espacio delimitado y expandir el acto de comer a otros lugares. ¿Y si en vez de poner el mantel, lo plegamos y lo metemos en la mochila?

Dos personas de pie y una tercera agachada alrededor de un mantel de cuadros rojos y blancos tendido sobre la hierba, con dos bicicletas apoyadas detrás.

El marco define el ritual y la falta de contornos difumina nuestras maneras. Cuando montamos un piquiniqui en el parque, ¿es lo natural que nos rodea lo que asilvestra nuestros modales, o se debe a la excepción a lo cotidiano? La idea de abandonar lo habitual se puede presentar de repente, pero casi siempre suele ser premeditada, así que pese a “natural” y “asilvestrada”, escogemos el día, el lugar, la compañía y las viandas que compartiremos con antelación, lo que implica un control y organización a la altura del de una cena con invitados. Me gusta indagar en las construcciones que creamos alrededor de ciertas prácticas, revisar cuáles son los agentes, las dinámicas que entran en juego. También una comida al aire libre se define en base a ciertos acuerdos, y esa lectura me permite invitar a romperlos.

El trabajo de la escritora canadiense Margaret Visser revisa los comportamientos en la mesa, definiendo los rituales como “acción que se repite a menudo de una manera que en gran medida está preestablecida”. Al reubicar la comida en un lugar alejado de “lo civilizado”, nos llevamos con nosotros parte de ese ritual doméstico, pero no todo. Otra manera de controlar es pactar el descontrol. Quienes participamos del ritual nos ponemos de acuerdo en transgredir ciertas normas a conciencia —repartir alimentos con la mano, comer sin utilizar cubiertos o con los pies descalzos junto la comida, mancharnos y manchar a nuestro alrededor— que se restaurarán en cuanto volvamos a ocupar una silla entre cuatro paredes. Parte del disfrute de estas experiencias al aire libre es ese conocimiento común de que estamos haciendo algo que no es “correcto”, pero sí permitido. Creamos un orden desorganizado que nos hace partícipes de la misma práctica. Flexible, sí, pero al fin y al cabo, un ritual. Así pues, que empiece la fiesta.

El ritual de lo no habitual

Una mano pincha con un palillo un trozo de pizza casera sobre el mantel de cuadros, junto a un táper con ensalada de patata.

Pasamos de un espacio conocido y repetitivo a la posibilidad de ocupar otro en cualquier parte. Si se pueden extender un par de pareos y hacer sombra con algún elemento, lugares hasta ahora no contemplados —prados, claros, piedras y arena, laderas no muy inclinadas, parques más o menos frondosos, un camino— se convierten en comedores aceptables. La experiencia implica duda: ¿estará igual de accesible que el año pasado? ¿Hará demasiado calor? Abracemos esa incertidumbre. Dejémonos llevar por los senderos, disfrutando de un paisaje que se embellece con la idea de la comida que vendrá. Lleguemos hasta el rincón más bonito, ese que se ha puesto sus mejores flores y sombras para esperarnos. También la no exclusividad es una realidad. Siempre existe la posibilidad de que esas no-mesas hacia las que nos dirigimos ya estén ocupadas y que, bien tengamos que encontrar otro sitio, bien nos veamos obligados a compartir paisaje. El comedor es un lugar seguro en el que controlamos quién se sienta a la mesa, pero tampoco está de más exponernos de vez en cuando a la oportunidad de hablar con alguien nuevo. Todo empieza con una sonrisa amable al grupo de al lado. Quién sabe, tal vez hasta se dé la oportunidad de intercambiar algún táper. O mejor aún, acabar en partida de cartas.

Comer fuera de casa conlleva no poder volver a ella. Para cuando alguien exclama ”¡las servilletas!” ya es demasiado tarde. Buscamos lo espontáneo, pero es imposible dejar todo en manos de la improvisación, por lo que la cesta debe estar completa y satisfacer a todos aquellos que van a nutrirse de ella. Toca ponerse a comer. Ha quedado claro que este último paso me parece el menos relevante de todos. Cuando elegimos hacer una comida fuera de casa estamos renunciando a cierta calidad y comodidad en pos de la experiencia. Por delante van el paisaje, el juego, la compañía y el intercambio, la incertidumbre y la diversión. Si después de todo eso el sándwich se nos ha quedado un poco chuchurrío… ¡qué más da! De todos modos, si en algo puedo contribuir a esta experiencia bucólico-pastoril es a que sea un poco más deliciosa, así que a continuación os dejo algunas recetas para vuestro piquiniqui.

Tres propuestas para un piquiniqui glorioso

Antes de ponernos manos a la obra, hay dos elementos a tener en cuenta: el factor transporte y la temperatura-tiempo, porque queremos que los alimentos lleguen a su destino enteros —o lo más enteros posible— y en condiciones apetecibles. La primera variable se soluciona aplicando el sentido común: recipientes resistentes, sin apilarlos en exceso y poniendo especial cuidado en los líquidos, en la fruta y en cualquier elemento que se pueda chafar. En la segunda variable es en la que más solemos cojear: a quien se le ocurrió por primera vez llevar ensaladilla rusa a un piquiniqui no estaba en su mejor día. Es preferible optar por alimentos que no tengan mayonesas o salsas que puedan deteriorarse a lo largo del día, y si podemos llevar una nevera con algunos hielos para mantener refrigeradas bebidas y preparaciones, mejor. Y aunque hacer sándwiches es algo muy apañado, todavía lo es más llevarse el pan y por otro lado el relleno de los bocadillos; de esta manera queda garantizado un bocado crujiente y jugoso, sin quedar blandurrio ni húmedo.

Ensalada agridulce de pepino con cacahuetes

Tras una larga caminata al sol sorteando maleza con el fin de encontrar el mejor sitio donde plantar la nevera, apetece algo fresquito. Una pequeña recompensa que emocione a las papilas y abra apetito. Las cremas frías —correctamente almacenadas en botellas de vidrio y en la zona refrigerada de la bolsa— o las ensaladas son una buena opción. Para que no se queden mustias a lo largo de la mañana, es recomendable llevar la vinagreta en un tarrito aparte y mezclarla justo antes de comer.

Una persona tumbada en la hierba junto a un plato con un trozo de pizza sobre el mantel de cuadros, con una bicicleta roja al fondo.

Lava y corta un par de pepinos. Si tienen muchas semillas puedes retirarlas. Pica también media cebolleta en juliana —tiras muy finas—, mézclala con el pepino y coloca todo en un recipiente hermético. Elige uno amplio del que luego todas las personas podáis comer pinchando con un tenedor. Ahora vas a preparar la vinagreta. Mezcla en un tarro 2 cucharadas de salsa de soja, 1 cucharada de azúcar moreno, 2 dientes de ajo rallados y un trozo de jengibre, también rallado, 3 o 4 cucharadas de vinagre de arroz y 2 de aceite de sésamo. Si no tienes vinagre de arroz, utiliza de manzana. También puedes sustituir el aceite de sésamo por uno de oliva virgen extra. A mí me gusta ponerle, además, una cucharadita de copos de cayena o chiles frescos picados si tengo por casa. El picante me encanta, pero entiendo que no es para todos los públicos. Empaqueta el recipiente con el pepino, la vinagreta en un tarro y un paquete de cacahuetes fritos o tostados con sal. A la hora de comer vierte el aliño, mezcla bien agitando enérgicamente el recipiente y termina añadiendo los cacahuetes. ¡Buen provecho!

Tarta salada de calabacín, queso y cherrys asados

Otra manera de facilitar el reparto de comida es llevar algo que se divida en fracciones, sea fácil de coger con la mano y comer con una servilleta. Empanadas, tortillas —siempre defenderé las tortillas poco cuajadas, pero en este caso prefiero traicionar a mi propio criterio y pedir que se cocinen un poco más, no queremos huevo sin cuajar a altas temperaturas durante mucho rato—, quiches o tartas saladas. Todas ellas se pueden cortar en casa y disponer en recipientes herméticos rígidos para que lleguen perfectas cuando entre el hambre.

Varias manos cogen fresas y chocolate de una bandeja de aluminio apoyada en el mantel de cuadros.

Aunque puedes comprar una masa de hojaldre o brisa, siempre recomendaré prepararla en casa. En un bol coloca 210 gramos de harina y un poco de sal. Corta 110 gramos de mantequilla muy fría en dados y añádela a la harina. Con las yemas de los dedos ve apretando la mantequilla con la harina para desmenuzarla. Tiene que quedar una textura arenosa con grumos. Añade la yema de huevo y el agua y amasa con la mano. Cuando puedas hacer una bola, aprieta bien la masa y envuélvela en papel film. No hace falta que quede 100% homogénea, es normal si hay partes más homogéneas que otras. Guarda en la nevera durante al menos una hora.

Precalienta el horno a 180º C. Saca la masa de la nevera y extiéndela sobre un papel de horno enharinando un poco la superficie y el rodillo. Haz una plancha de medio centímetro de grosor y colócala sobre un molde previamente untado con mantequilla. Recorta los bordes que sobresalen, pincha la base con un tenedor por toda la superficie y cubre con un círculo de papel de horno y garbanzos secos encima. Hornea durante 30 minutos. Mete a la vez en el horno unos tomates cherrys con aceite de oliva virgen extra, sal, pimienta negra y algunas hierbas, como romero o tomillo y cocinalos durante unos 20 minutos.

Saltea un calabacín cortado pequeño junto a unos ajetes tiernos y corta daditos de cualquier queso de tu elección. Mezcla 4 huevos, 240 gramos de nata, sal y pimienta, añade el sofrito e incorpora el queso en dados. Mezcla bien y rellena la masa cuando salga del horno. Coloca también los cherrys por encima. Hornea otros 25 minutos más y deja enfriar fuera del horno antes de desmoldarla y racionarla.

Chocolate y frutos rojos, anarquía cuando llega el postre

Este texto iba de trascender los límites de la mesa, abrazar la anarquía en lo que respecta a modales y prejuicios. Y qué mejor manera de hacerlo que con un postre, uno de esos que solo puedes (no) preparar cuando es verano y comes fuera de casa. Para elaborarlo hace falta tiempo, pero no el que suelen requerir las recetas habituales. Es necesaria una caminata, el sol en la espalda y que se te hagan las cinco de la tarde recostada en la toalla. Es entonces cuando puedes sacar la tableta de chocolate que tenías guardada en la mochila, abrir el envoltorio por completo y empezar a untar frutos rojos —que habrás guardado en un recipiente rígido junto a los hielos de la nevera— en ese chocolate fundido maravilloso.

**En mi casa se ha utilizado la palabra piquiniqui para referirse al pic nic desde que yo tengo conciencia. Mis padres –jóvenes y todavía novios– viajaban mucho por Francia y de alguna broma interna leyendo la escritura francófona pique-nique, se quedó piquiniqui.*