Una noche despejada de verano: suave brisa, las estrellas resplandecen en el cielo. Hemos acampado, o estamos sentados al fresco en el porche de nuestra casa, quizás nos hemos desviado en coche por una carretera comarcal. El caso es que estamos allí, solos, disfrutando del momento, por un breve lapso de tiempo en paz con el universo. Pues seguro que viene un OVNI y lo jode.

Advertencia: cualquier artículo periodístico —sí, ya, este es uno de ellos, aunque lo de “periodístico” es un decir— que intente abordar el tema de los OVNIs —me opongo aquí a la nueva y espantosa denominación de “fenómenos aéreos no identificados” y su patillero acrónimo resultante, FANI— desde una perspectiva racional termina dándose de bruces contra el techo, duro e impenetrable, de la falta de datos concluyentes.
Afortunadamente, la perspectiva racional es un elemento que nunca ha sido muy del agrado de este alegre redactor, y quizás es por eso mismo que la dirección de esta bendita casa ha confiado en mí cuando tuvo la ocurrencia de encargarme un texto sobre tal cuestión. Bueno, confiar, ya me entendéis. El caso es que el tema ufológico y sus infinitos aledaños, desde una perspectiva antropológica, es una de mis (numerosas) obsesiones. Azul y pálido (Astiberri), mi primera novela gráfica —sí, soy dibujante de tebeos—, abordaba la cuestión de las abducciones pivotando sobre los verdaderos protagonistas de las mismas, los abducidos —si te interesa, está a la venta en tu librería favorita; sí, también soy librero—. Con esto, y concluyo ya esta especie de disclaimer tan del gusto de nuestro días, lo que quiero decir es que la única forma de acercarse a las luces que sobrevuelan nuestros cielos es mirando al suelo y escuchando a quien lo pisa. Así que una vez dicho esto, vámonos al campo.
Bien, empecemos por una perogrullada: los OVNIs no existen si nadie los ve. El fenómeno necesita de observadores, pese a todo lo elusivo que nos pueda parecer. No hay OVNI sin nadie que lo cuente. Por su propia naturaleza feérica, fantasmal, el OVNI se encuentra a gusto sobrevolando el campo (desierto), el bosque (encantado) o la montaña (mágica). La intención de sus tripulantes, si los hubiere, queda siempre envuelta en las brumas de la incógnita. Pero siempre los verá alguien, siempre habrá un testigo. En España, el primer relato en la prensa de avistamiento inexplicable en nuestro cielo data de 1826. Según contaba La Gaceta de Madrid el 14 de febrero de aquel año, un objeto en forma de “tinaja vuelta boca abajo” sobrevoló la manchega localidad de Campo de Criptana, con un “movimiento que en nada se asemejaba a una exhalación”. Este último punto resulta significativo, ya que a principios del siglo XIX el estudio de los meteoritos estaba en boga y la comunidad científica barajaba diferentes hipótesis acerca del origen de los mismos. El objeto observado en Campo de Criptana no era un meteorito común, puesto que avanzaba “despacio”.
Pero todavía quedaba más de un siglo para que el fenómeno OVNI explotara tal y como lo conocemos hoy día. La fecha es harto conocida para todos los aficionados a estos temas: el 24 de junio de 1947 el piloto Kenneth Arnold avistó nueve objetos brillantes durante un vuelo privado sobre el monte Rainier, cerca de Seattle, en un rumbo errático que Arnold definió a la prensa como el de “platillos que rebotaran en el agua”. Un error en la transcripción de las palabras de Arnold por parte del periodista Bill Bequette dio lugar al nacimiento de los “platillos volantes”. Y desde ese momento no cesaron de avistarse, fotografiarse, filmarse, reportarse y, por supuesto, contarse. En un contexto de posguerra, miedo atómico y avances aeronáuticos, los platillos volantes que Arnold nunca vio (más tarde aclararía que la forma de los objetos que avistó era parecida a la de un bumerán) empezaron a surcar los cielos de todo Estados Unidos y el resto del mundo. Y, por supuesto, también en España.

El mismo año del incidente en el Monte Rainier, dos estraperlistas de las Hurdes se encontraron con lo imposible. Cargados con su mercancía, recorrían los montes hurdanos cuando una luz cegadora iluminó el cielo y bajó a tierra como una exhalación. A continuación, la algarabía: un estruendo de sonidos y voces que terminó por envolverlos. Paralizados, los dos hombres vieron cómo se materializaba ante sus ojos una figura imponente de más de dos metros y medio, resplandeciente y sin cabeza, que se dirigía hacia ellos con paso firme. ¿Qué otra cosa hacer sino rezar? Dicho y hecho, los desafortunados contrabandistas se encomendaron a los santos, se santiguaron y que fuera lo que Dios quisiera. Afortunadamente, el visitante, ante tamaña demostración de fe, se dio la vuelta y desapareció sin más. Imaginamos que era muy consciente de estar visitando la España más profunda de 1947.
Hipótesis platillista
Vayamos ahora a la provincia de Albacete, en la pedanía de El Pardal. En el camino que va desde Casas de Lázaro a la finca de La Quéjola se suele aparecer una extraña luz, con querencia especial a hacerlo en noche de difuntos (no sabe nada, la luz), casi a ras de suelo, provocando el pánico entre quienes se la encuentran: pastores, campesinos y hasta agentes de la Guardia Civil que la han ametrallado. Una vieja leyenda que encuentra en el siglo XX una explicación plausible: las luces son OVNIs. Aquí topamos con la denominada “hipótesis platillista”: un OVNI es un objeto tripulado, físico, real. Proveniente del espacio, comandado por extraterrestres avanzados o seres procedentes de otra dimensión cuyos fines son inescrutables por nuestro conocimiento, pero que por alguna u otra razón están relacionados con darse un garbeo por el campo, hacerse con los productos locales sin pasar por caja y atemorizar a sus pobladores.
También viajar desde tan lejos para eso, dirás, lector. Pues así son los designios de los OVNIs. A lo mejor vienen a por melones. Vayamos al año 1971, a El Lunarejo, un melonar sevillano. Según relata Juan Rodríguez, el guarda de la finca, el 12 de septiembre de aquel año, a eso de las siete de la tarde, una nave de aspecto imponente bajó del cielo y aterrizó frente a sus narices. Pero no solo eso: del artefacto bajó una cuadrilla de seres diminutos y uniformados que se disponían a hacer sabe Dios qué con los melones. Rodríguez, como buen guarda, apuntó con su escopeta a los visitantes, que respondieron a su vez lanzándole un haz de luz despedido por una suerte de linternas con las que iban armados. Según el testigo, la luz le provocó un fuerte dolor de cabeza, y echó a correr despavorido, perseguido por la tripulación, hasta que llegó a Aznalcóllar, el pueblo más cercano. Una vez allí, ni rastro de la nave ni de los pequeños aficionados a los melones sevillanos.
¿Y qué tal si lo que buscan es un programa de intercambio de idiomas? En 1984, en Audikana, un pueblito de Álava, una luz se posó sobre el caserío de una familia que pasaba allí el fin de semana. El padre de familia, indignado, se dirigió a la luz en euskera con un desafiante “zatoz hona!” —”ven aquí”, en castellano, aunque no sabemos si añadió alguna alusión genital—, a lo que la luz respondió dirigiéndose hacia el valiente euskaldún. Asustada, la madre suplicó “ez, mesedez” (“no, por favor”), lo que sirvió para que la luz se alejara y terminara volatilizándose en el horizonte.
Son muchos más los casos, prolongados en el tiempo, que reportan visitas y avistamientos tan rocambolescos como estos botones de muestra. Y aunque catalogarlos aquí no es nuestra misión, sí vienen como anillo al dedo para concluir con la tesis principal de estas líneas. Si el rural es un territorio fértil para que afloren todo tipo de leyendas, también lo es para que los OVNIs pueblen el folklore local. Cada momento tiene su propia mitología. Haciendo mías las palabras de Jacques Vallée, uno de los más prestigiosos —ojo, no es un oxímoron— ufólogos, el mismo mecanismo que antaño hacía que los bosques estuvieran plagados de duendes y hadas hace que ahora lo estén de OVNIs, alienígenas y seres ultradimensionales. Para quien esto firma, este no es más que otro aliciente para vivir en el campo, al menos hasta la próxima abducción.
