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Fotografía
Laura C. Vela

Su nombre auténtico no lo recuerdo

«¿Pero cómo es que no sabes nada del Jaulero?». Sabina Urraca sigue el rastro de una historia que le contaron, y que a su vez le habían contado a quien se la contó, hasta un camping de Jaca en 1994. Un relato sobre lo que la narración oral deforma, conserva e inventa.

Su nombre auténtico no lo recuerdo

Una historia de narración oral entrecruzada

por Sabina Urraca

Fotografía antigua en blanco y negro de una familia posando en un camino entre árboles, montada sobre papel y cruzada por un hilo rojo.

Sería hermoso contar que esta historia me fue relatada al amor de la lumbre, sentada en una banqueta de mimbre, mi abuelo hablando con voz pausada, con las uñas sucias de tierra y el olor a estiércol perfumado viniendo a ráfagas desde una ventana que no cerraba bien. Pero estaría mintiendo. Es cierto que hubo, hace muchos años, un lugar así: Grañón, el último pueblo del Camino de Santiago en La Rioja. Pero mi abuelo y mi abuela lo abandonaron a los 12 años, siendo ya novios, para irse a servir a una ciudad más grande. El pueblo se convirtió, años después, en el lugar de veraneo familiar. En mi cabeza aparece una escena que quizás sea inexacta, pero que en cualquier caso resume la época y el fenómeno: los niños que abandonaron el pueblo casi descalzos vuelven a veranear en un Mercedes. Todo en esa imagen rezuma milagro económico español, ese devenir transformador que ahora nos resulta inaudito. Pero para entonces El Jaulero ya hacía años que había muerto.

¿Por qué cuento esto? Para ofrecer una cuerda de la que tirar, o al menos un fino hilo que sea la prueba palpable de que la narración oral no es hoguera y castañas, sino que puede mantenerse viva y encendida durante años y años, filtrándose en todo tipo de escenarios urbanos: en una conversación entre toses de porro; en un corro en la Plaza del 2 de Mayo de Madrid; en una charla íntima con un posible amante en la cocina de un piso de estudiantes, intentando engatusarlo con las historias de terror de mis antepasados. Cenando en el balcón durante los días de la pandemia, mirando casi enfadada a mi novio, buscando hacerle abrazar la columna más firme de mi imaginario del terror, pero buscando también, por medio de la historia compartida, hacerle parte de algo que siento como mi raíz:

-¿Pero cómo es que no sabes nada del Jaulero? ¿No te he hablado del Jaulero?

Y entonces comienzo a desenroscar mi historia, que es en realidad la historia que me contaron, y que es, a su vez, la historia que le contó mi abuelo a mi padre y que mi abuelo me contó a mí. Mientras la cuento, suenan sus voces dentro de mí:

– Su nombre auténtico no lo recuerdo. Ahora que pienso, creo que se llamaba Daniel. Pero todo el mundo lo llamaba El Jaulero.

En 1994, durante unas vacaciones, en un camping de Jaca, Huesca, mi padre aludió a Grañón, a la primera historia de miedo. Cenábamos bocadillos de queso y membrillo. Yo tenía 10 años. Cuando le dije que no sabía de quién me estaba hablando, me miró extrañado.

– ¿Pero cómo es que no sabes nada del Jaulero? ¿No te he hablado del Jaulero?

Parecía casi enfadado consigo mismo. Después empezó a hablar. Se abrió una puerta -un portón de cuadra de dos hojas que chirriaba- a ese pueblo que yo sólo había conocido en visitas fugaces y en recuerdos fabricados en los que veía a un niño -mi abuelo- vendiendo leña con un burro. Ahora, por obra y gracia de la voz de mi padre en la oscuridad del camping, yo entraba por esa puerta. Daba unos pasos. En la cuadra, un hombre vestido con un largo abrigo negro se giró a mirarme. Tenía la mirada oscura, el pelo entrecano revuelto. Los botones de su abrigo eran monedas de dos reales. La oscuridad del camping era la oscuridad de la cuadra. El ruido lejano de las tarteras, el zumbido de los grupos electrógenos y los grillos quedaron ocultos por la voz de mi padre.

Collage con una fotografía antigua de un grupo de personas, una mancha negra circular superpuesta y un hilo rojo enredado alrededor.

– Su nombre auténtico no lo recuerdo. Ahora que pienso, creo que se llamaba Daniel. Pero todo el mundo lo llamaba El Jaulero. No era nacido en Grañón, sino en un pueblo cercano: creo que Morales o Corporales, que son dos pueblitos muy pequeños, más cercanos a Santo Domingo de la Calzada, que llevan el nombre de las que la Iglesia llama “virtudes teologales”. El Jaulero estuvo en Cuba, quizás como emigrante o como soldado, pero después de unos años volvió a Grañón. Vivía con su hermana en una casa que estaba pegada a la de tus bisabuelos paternos. Más tarde la hermana se casó con uno de Morales. De ahí en adelante vivió solo.

La casa del Jaulero estuvo en lo que luego yo misma conocí como la trasera y el pajar de casa de la tía Paula, la hermana mayor de mi abuelo. Era una construcción de dos pisos. Al bajo se accedía desde la calle por una puerta de dos hojas de madera del tamaño suficiente para que entrara un carro con sus dos mulas. Desde allí se podía subir, a través de una larga escalera de mano que desaparecía gradualmente en la oscuridad, al pajar del piso superior. Ya arriba se cargaba la paja en un gran cesto de castaño, que una vez lleno se bajaba con cuerda y polea. Cada vez que mi padre y sus hermanos iban a veranear a Grañón, mi padre, atraído por el misterio del lugar, se acercaba solo, atravesando primero la cuadra oscura y la penumbra de la trasera, para luego atisbar allí donde la escalera y la soga se perdían en la oscuridad. Allí, en ese negror, terminaba el mundo real y comenzaba el de la imaginación. Aquello había sido la casa del Jaulero.

-¿Por qué lo llamaban Jaulero?

Eso le pregunté algunos días más tarde, de vuelta de las vacaciones en Huesca, a mi abuelo, sentado en camiseta interior en la cocina de su casa en San Sebastián. Fumaba un Ducados y expulsaba el humo blanco por la nariz. Le brillaban los ojos. Le gustaba hablar del pueblo que tuvo que abandonar tan pronto.

– Pues porque hacía jaulas -me respondió.

– ¿Tenía pájaros?

– Pájaros no tenía, no. Las tenía vacías en el establo, colgadas.

Me estremecí.

Fotografía en blanco y negro de un grupo de niños y dos mujeres posando ante unos arbustos.

Alguna vez, siendo ya mayor, en viajes con amigos o parejas, al pasar en coche cerca del pueblo, he insistido en desviarnos, llegar a la casa, parar. La fachada ofrece un aspecto no muy distinto del que imagino que debía tener en la época en la que El Jaulero retorcía mimbres para confeccionar sus jaulas. He husmeado todo lo posible, agobiada por la idea de irme de allí con las manos vacías, sin ninguna señal de que en algún momento existió. Y me he vuelto al coche con la sensación de que El Jaulero, al alejarme del tiempo y el lugar en el que existió, al morir mis abuelos, al no tener ya nadie ningún vínculo con Grañón, se va transformando poco a poco en un personaje de ficción que sólo existe en mi historia, repetida una y otra vez a amigos y conocidos.

Repaso mis apuntes: las notas tomadas de conversaciones con mi abuelo; los mails intercambiados con mi padre; las correcciones de mi tía sobre uno u otro dato; los intentos, todos en vano, de encontrar en foros de pueblos de La Rioja a alguien que lo hubiese conocido; y, ya en los últimos años, la carambola imposible: encontrar a alguien que hubiese conocido a alguien que lo hubiese conocido, porque los contemporáneos del Jaulero no viven ya.

En los últimos tiempos, la luz del Jaulero se reactiva. Alguien, por primera vez, responde a mi pregunta en un foro. «Mi padre vivió en Grañón hasta los 19 años y dice que se acuerda de ese hombre que dices. Lo que pasa es que está mayor y a veces le funciona la cabeza y a veces no y no sé cuándo es verdad lo que dice no sé si me entiendes». Le entiendo. Entiendo todo. Quiero hablar con su padre. Casiano, 95 años, vive en Haro en casa de su hijo. Como mi abuelo, emigró a un sitio más grande para medrar. Quedo un par de veces con el hijo con el propósito de hablar por teléfono con el padre, pero siempre surge alguna complicación: Casiano tiene un día malo, han tenido que llevarlo al médico porque le dolía la pierna otra vez. Finalmente me resigno y acepto que lo único que poseo es este cuento incompleto, del que tengo imágenes mentales claras, como si las hubiese visto en una película.

En una ocasión, siendo mi abuelo pequeño, su madre lo envió con un recado a casa del Jaulero. Caía la tarde. En aquellos tiempos, el pueblo sería muy silencioso. Imagino la voz de mi abuelo que, saliendo de su casa a la calle, se acercaba a la puerta del Jaulero y le llamaba:

– ¡Don Daniel! ¡Don Daniel!

Como nadie le respondía y la puerta estaba abierta, mi abuelo, picado por una curiosidad inconsciente, fue entrando sigilosamente hasta que llegó a la cuadra. Un leve resplandor de velas dibujaba un círculo de luz cálida, de pesebre, alrededor del Jaulero, que estaba arrodillado en el suelo de la cuadra haciendo aspavientos.

– ¿Pero qué hacía? -preguntaba yo, con las manos apretadas, sudorosas, el pulso acelerado.

– Rezaba como los moros -respondía mi abuelo, y daba una honda calada a su Ducados – Adorando a las vacas.

Fotografía pequeña en blanco y negro de una mujer sentada, pegada sobre una página en blanco por la que serpentea un hilo rojo.

El Jaulero recitaba una extraña letanía de la que mi abuelo no entendió una palabra. Al ver al niño se sobresaltó, pegó un grito. Mi abuelo salió corriendo. Muchos años más tarde, estando en Cuba, en casa de un babalao que pretendía curarme un misterioso mal, el hombre me hizo arrodillarme y repetir unas palabras, inclinándome hacia adelante y hacia atrás, frente a la efigie de la diosa yoruba Ochún. Imaginé al Jaulero, que en el momento de emigrar era aún muy joven: un mozo de pueblo fascinado por ese mundo caribeño enloquecedor, internándose en los ritos religiosos sincréticos que mezclaban deidades cristianas y africanas. En el pueblo se rumoreaba que El Jaulero sabía hacer curaciones, que tenía remedios para las enfermedades que había aprendido durante sus años en Cuba, pero nadie se puso nunca en sus manos, como si fuese mayor el temor a lo extraño que la ambición de sanar.

Un año hubo en Grañón una terrible epidemia de tiña. Las autoridades llegaron al pueblo y congregaron a todos los habitantes en la plaza con el fin de someterlos a tratamiento a todos sin excepción, fumigándolos con un producto. El Jaulero no se presentó. Mi abuela, la más pequeña de 12 hermanos, observó atónita, sin separarse del lado de su familia, cómo los alguaciles entraban en casa del Jaulero y lo llevaban hasta la plaza en volandas, a la fuerza. Lo desnudaron entre forcejeos. Él se resistía sin violencia, mudo, con el cuerpo tenso. Fue en ese momento cuando mi abuela, sin poder dejar de observar la escena, se dio cuenta de que los botones del abrigo del Jaulero estaban hechos de monedas de dos reales, que tenían un agujero en el centro.

La imagen mental de ese abrigo, del cuerpo del Jaulero siendo sometido contra su voluntad, siempre me llevaban a sentir una inmensa pena por él. Las monedas de dos reales a modo de botones no hacían más que acrecentar mi lástima: un hombre raro, solo, observado por todos, incomprendido y perdido en una magia aprendida en un lugar al que nunca volvería. Una magia que quizás quisiera abandonar, dejar atrás para integrarse de la forma menos dolorosa posible con el ambiente, pero que no lo soltaba.

Sin embargo, a veces me hablaron de él como de un vecino corriente. Era huraño, era solitario, se sabían cosas de él y se cuchicheaban, pero las relaciones cotidianas entre El Jaulero y mis bisabuelos eran las habituales entre vecinos. No había, en el trato cara a cara, ninguna señal de incomodidad o misterio, lo que, teniendo en cuenta todo lo que se ha contado de él, es algo que no he terminado de entender nunca muy bien.

– Hablábamos con él, lo normal. Era… pues un vecino más -decía mi abuelo, encendiéndose otro Ducados- Pero ya sabes.

– ¿El qué? -a mí me enervaban, me aterraban, me encantaban esas pausas.

Mi abuelo expulsaba el humo blanco lentamente. Las volutas se arremolinaban, ocultando parte de su rostro, que poco a poco iba reapareciendo.

– El Jaulero, a veces, se transformaba en gato.

Primer plano en blanco y negro de una mano abierta sobre un fondo de puntos, dentro de un marco dorado.

Aún se me eriza la piel de todo el cuerpo mientras transcribo estas palabras.

En las Fiestas de Gracias, las fiestas más importantes de Grañón, en las que se da gracias por la cosecha recién recogida, se hacía un baile en la plaza del pueblo. Los mayores se retiraban temprano y quedaban solo los jóvenes. Mis bisabuelos hacía rato que se habían ido a la cama, y mi abuelo José y su hermana Paula siguieron un rato más en el baile. Ella, siendo mujer, tenía la obligación de volver antes. La imagino pequeña, con sus mejillas arreboladas, avanzando a pasos cortos y rápidos con su vestido de los domingos. Veo el pueblo sumido en la oscuridad. Quizás no hubiera ni luces de alumbrado entonces. Si las había, las bombillas serían una especie de faros en medio de la noche, puntos de referencia a los que dirigirse a través de una oscuridad casi sólida. La Paula entró en la casa sigilosa, cuidándose de no despertar a los padres. Al subir los últimos escalones que llevaban al piso alto, donde estaban las habitaciones y la cocina, oyó un ruido, algo removiéndose. Se detuvo en un escalón y, temerosa, preguntó:

– Madre, ¿es usted?

En el preciso momento en que alcanzaba el último escalón, un gato negro se ceñía veloz a la puerta y marchaba escaleras abajo. La Paula se quedó helada al ver el tamaño descomunal de aquel gato, que se detuvo a medio tramo y desde allí se la quedó contemplando.

– ¿Pero qué gato es este tan grande, que nunca lo había visto antes? -susurró para sí.

Entonces, sin dejar de mirar al gato, que parecía ahora posar sus ojos en algo que estaba a sus espaldas, oyó un ruido en el interior del comedor, un chasquido de algo que se rompía, y, ya por puro agarrarse a algo, volvió a preguntar.

-¿Madre?

El gato descomunal miraba hacia la alacena del salón. De uno en uno, los platos de la vajilla familiar iban cayendo de sus estantes haciéndose añicos contra el suelo. La Paula, paralizada, sólo alcanzaba a repetir «ay, madre, madre, madre, madre…» con cada plato que se rompía, hasta que la vajilla completa quedó destrozada. Muchos años después, un día de visita en Grañón, observé, junto a la vajilla normal y moderna de la tía Paula, dos platos más toscos de pesada loza. En algún momento habían estado rotos y alguien los había reconstruido. Se veían las grietas atravesando la superficie. La conversación en la sala era tan terrenal y la tía Paula estaba tan sonriente que no me atreví a preguntar si eran aquellos los platos que había roto el gran gato negro. No sé si ella sabía que yo conocía la historia. Nunca se la escuché contar. Sí que escuché, en cambio, contar a mi padre cómo la contaba la tía Paula. Dice que lo hacía firme y seria, con una rigidez en el rostro que dejaba bien clara su intención de no dejarse influir por actitud ni comentarios escépticos. Su historia era inamovible, indiscutible. Cuando terminaba de narrarla nadie se atrevía a añadir ni una palabra. Se quedaba callada con la cara arrebolada.

Fotografía en blanco y negro de un grupo de personas bajo un árbol, con las ramas del árbol superpuestas en color.

El Jaulero tenía tierras, pero no las trabajaba él mismo. Esto era corriente para las personas que no tenían familia o que estaban imposibilitadas para trabajar. En estos casos, las labores de arado, siembra y cosecha se les encomendaban a algún vecino que tuviera muchas manos en casa, y menos tierras que bocas, a cambio de la mitad de la cosecha. Algún año fue precisamente la familia de mi abuela la que le hizo al Jaulero la siega y la trilla. Tenían 12 hijos y apenas poseían tierras propias. Por eso trabajaban a jornal o a medias para quien lo necesitara. Lo normal era que El Jaulero asistiera al desarrollo de las tareas del día, controlando que todo se hiciese a su gusto y que no se le engañase.

En esas se encontraban los hermanos mayores de mi abuela, Paco y Emilio, haciendo el descanso de media mañana y almorzando junto con el resto de trabajadores y El Jaulero. [Mi padre me pide por favor que, además de pan de hogaza y un poco de vino, les conceda unos cascos de chorizo, en esta historia en la que cada transmisión lleva, inevitablemente, un plus de ficción propia]. Paco, el primogénito, era en aquella época un mozo serio y duro que no se arredraba ante nada. Así que cuando la conversación de los tres hombres derivó hacia temas de historias de miedo, él reaccionó con la suficiencia que era de esperar: sin ceder un ápice, envalentonándose ante las consideraciones que le hacía El Jaulero, que le decía que en esos asuntos era mejor no poner la mano en el fuego. Cuando finalizó la jornada, una más de aquellas de sol a sol, marcharon cada uno a sus casas respectivas.

Al día siguiente, al borde del campo, la reunión de segadores se desarrollaba en total silencio. Se veía que Paco y Pedro estaban mohínos, con aire cansado, ojerosos.

– Qué callado te veo, Paco, parece como si no hubieras descansado bien esta noche. ¿Te ha pasado algo? -le preguntó El Jaulero.

Paco no respondía nada, con los ojos fijos en el trabajo y el ceño fruncido. Y casi lo mismo fue al día siguiente. El Jaulero, mirándole más de frente y con tono algo más retador, aunque Paco rehuía totalmente su mirada, le espetó:

– ¿A que era grande el gato?

Paco, enfurecido por su propio miedo, tomó la hoz en la mano y se internó en el campo. Se inclinó y siguió segando. Al rato, El Jaulero se levantó y, con media sonrisa en la boca, tomó el camino que llevaba al pueblo.

Todos los trabajadores se agolparon en torno a Pedro, más charlatán que su hermano, curiosos por conocer lo ocurrido. Mientras Paco continuaba segando, Pedro les contó cómo fueron despertados del primer sueño de la noche por un gato enorme de mirada desafiante que se había colado en la habitación que compartían. Como no había forma de ahuyentarlo, el sueño les volvió a vencer. Pero el gato se encaramó de un salto a los pies de la cama de Paco. Fue una noche de fatigas y continuos sobresaltos. Hicieron todos los intentos para desembarazarse del animal, pero era en vano: les esquivaba continuamente saltando de una cama a otra.

Fotografía en blanco y negro del torso desnudo de una persona, rodeada por un hilo rojo.

Esa misma noche, el gato negro volvió a colarse en la habitación. Paco, desesperado ante la idea de otra noche más sin dormir, cogió la badila de remover el brasero y le atizó al gato en la cabeza. El animal se escabulló rápidamente por un hueco de la ventana.

El trabajo de la jornada siguiente se desarrolló sin que El Jaulero hiciera acto de presencia. Al otro día volvió a aparecer. Llevaba una venda que le envolvía la cabeza. Y estaba callado, callado, mientras Paco inclinaba una sonrisa socarrona hacia la mies que iba segando.

Vuelvo a ponerme en contacto con el hijo de Casiano. Finalmente, cuando ya pensaba que era imposible, concertamos una cita telefónica. Cuando su hijo le pasa el móvil, me tiembla la voz. Casiano se queda en blanco un par de veces, balbucea. Insiste en saber quién soy, y se lo repito una y otra vez. Pienso que los motes del pueblo pulsarán alguna extraña tecla en su cerebro y se abrirá el portón de su cuadra. Un portón tras el que, quizás, entre muchas otras personas, esté El Jaulero.

– Soy la nieta de José Urraca, El Mañito, y de Pilar Velasco, de los Calibre.

– Sí, yo los conocí.

En ese momento creo que el portón está a punto de abrirse. Quizás en ese preciso instante, Casiano, en su recuerdo, siega junto a Paco y Pedro ojerosos y los mira con curiosidad pensando en qué pudo suceder la noche anterior. Pero no. Su hijo toma el teléfono y lo disculpa. Su padre no está muy bien. Sí, sí, por supuesto que lo entiendo. Me deshago en agradecimientos. Cuelgo, y cuando cuelgo sé que es bastante probable que esté colgando a la última posibilidad de hablar con alguien que conoció al Jaulero.

Sin embargo, la historia del Jaulero sigue viva. A veces, las personas a las que les hablo de él aportan un pedazo de historia, una cábala que une dos trozos y resignifica el cuento. Como aquel amante de la cocina, en mi época compartiendo piso con amigos, hace tantos años. Perdimos la química surgida aquella noche al calor de la historia del Jaulero, que le fascinó. Pero un año más tarde, en un Orgullo Gay en el que yo trabajaba de camarera en una plaza de Madrid, nos encontramos de nuevo. En el fragor de la fiesta, mientras yo servía copas, él se acodó en una esquina de la barra metálica y me habló a gritos.

-Pensé una cosa. Se me ocurrió una cosa- Iba muy borracho, arrastraba las palabras- ¿Y si construía las jaulas porque estaba ensayando?

Lo miré con ojos interrogantes mientras echaba hielos en cuatro vasos de tubo.

– ¿Quién? ¿Qué dices?

Estaba agotada, y también un poco sorprendida de la súbita reaparición de ese chico que, no está de más decirlo, era errático y taciturno.

– Hacía una jaula tras otra porque estaba ensayando para una jaula definitiva. Una jaula para encerrarse a sí mismo.

Entonces entendí a lo que se refería y, mientras seguía atendiendo la sed y los caprichos de la gente de fiesta, hilé de golpe toda la historia en mi cabeza. Ya era ficción, ¿pero qué importaba? ¿No estaban hechas acaso de retazos de verdad y ficción todas las historias de la cultura popular? ¿No era la narración oral un hermosísimo teléfono roto? Mientras echaba más hielos en unos minis de litro, lo compuse todo: El Jaulero, habiéndose entregado a ritos sincréticos y alcanzado ciertos poderes durante sus años en Cuba, no podía deshacerse de ellos así como así al volver a España, a Grañón, aunque en ocasiones lo deseara. A veces, es cierto, los usaba como divertimento para asustar a sus convecinos, pero la fuerza de su extraña magia cada vez le pesaba más. Y sabía que en algún momento sería insostenible. Podía protegerse a sí mismo de las habladurías del pueblo. Pero sólo una gran jaula que él mismo fuese incapaz de abrir desde dentro podría proteger al pueblo del propio Jaulero.

Un día, el gato dejó de aparecer tan a menudo. Cuando se lo veía, estaba debilitado, con el lomo pelado, huidizo. Lo contaba mi bisabuela Crescencia con su cara escueta toda perfil, como un pájaro flaco y poderoso, bien erguida en la silla, y reafirmando cuanto decía golpeando con los nudillos de la mano en la superficie de la mesa camilla. La gente empezó a extrañarse de que hiciera ya unos días que no se sabía nada del Jaulero. Las vecinas se preguntaban unas a otras si sabían dónde podía parar. Se acercaron a llamar a su puerta, pero nadie les respondió, solo el silencio. Cuando al atardecer los hombres volvieron del campo decidieron que era preciso entrar a la casa por si, viviendo solo como vivía, le hubiera ocurrido algo y necesitara ayuda. Mi bisabuelo y otros dos hombres entraron a la casa lentamente, con el corazón encogido. Nunca nadie había estado allí. A pesar de que El Jaulero era hombre de posibles, casi no había muebles: una silla, un jergón en el piso de arriba, unos trapos tirados. Un plato de leche en el suelo.

Encontraron su cuerpo de figura descompuesta en una esquina del salón. Tenía los ojos abiertos y miraba fijamente a un punto del techo. Estaba ya muerto, y no de hace un momento. Aquí mi bisabuela se detenía para barrer a la concurrencia con una mirada. Golpeaba rítmicamente la mesa con los nudillos, acompañando sus palabras:

– Cuando Don Román, el médico, le hizo la autopsia…

Mayores y niños se removían igual que se agita una pista de baile cuando llega la parte de la canción que se saben, que emociona. Mi bisabuela miraba al vacío.

– Yo no lo vi. A mí me lo contaron. Yo no lo vi. Pero Don Román dice que, cuando le abrieron el pecho, en lugar de corazón, El Jaulero tenía solamente un hilo.

Esta es la historia tal y como me la contaron, tal y como la vivieron, la recordaron y la imaginaron los que la vivieron y a los que les fue contada. Está viva. Sólo hay que esperar al momento exacto, a las personas exactas, y decir:

– ¿Pero no os he hablado del Jaulero? ¿Cómo es que no sabéis nada del Jaulero?

Este texto es producto de la colaboración de varias personas: los recuerdos narrados por mi padre, Josetxo Urraca Velasco; las notas tomadas hace años en conversaciones nocturnas con mi abuelo, José Urraca Oruezábal; las correcciones de mi tía Mariasun Urraca Velasco; y la labor documental fotográfica de mi tío, Javier Urraca Velasco.