Un hombre dormido en la silla de una peluquería de centro comercial, cuerpos que se abandonan en bancos y vagones. Sabina Urraca reúne apuntes sobre el sueño en el espacio público: quién puede permitirse dormir a la vista de todos y quién no.

A estas horas de la mañana, el centro comercial no está muy concurrido. Seremos unas doce personas repartidas en esta primera planta. Hay algo triste, avergonzado, en nuestro vagar: somos personas que no siguen el ritmo normal de la vida, el de despertar e ir a trabajar a una oficina; personas que, aunque puedan justificar su presencia allí, jurar con una mano sobre el régimen de autónomos que son ciudadanas de provecho, tienen -tenemos- la mirada huidiza del que ha hecho pellas, campana, se ha fugado del plan productivista. Y luego están los trabajadores del centro comercial, claro. Ellos están en sus puestos, intentando vendernos lo que sea. Una chica con uniforme de una marca de cosmética se me acerca y me ofrece probar un producto para las bolsas de los ojos. Me tenso. No voy mucho a este centro comercial. Cuando lo hago, es por urgencia, y porque está muy cerca de mi casa. Vengo siempre medio en pijama, con el plumas más feo, sin peinar, a comprar cosas ineludibles (bragas justo antes de un viaje, helado para una cena con amigas improvisada esa misma noche; en un arrebato de desesperación, unos calcetines que no se vayan arremangando a medida que camino). En este tiempo de suspensión, que cuenta como tiempo dentro del hogar, no me gusta mucho que me hablen, que alguien pueda verme, comunicarse conmigo, dar cuenta de mi existencia. Quiero decirle a esta chica que me ofrece una muestra de sérum para las ojeras, algo así como: “Ni me mires. Imagínate que estoy durmiendo”. Pero sólo niego con la cabeza sonriente, le doy las gracias, ocultando mi irritación por tener que estar alerta, ofreciendo resistencia, o, en su defecto, un rostro sin ojeras que no dé lugar a ese ofrecimiento cosmético.
Al dar la vuelta a la esquina, lo veo. Está sentado en la silla de la peluquería, con la capa plástica de Llongueras ocultándole el cuerpo. Es un hombre de unos cincuenta años, de cuerpo fornido y bronceado color teja. Tiene la cabeza embadurnada en tinte blanco y está profundamente dormido, la barbilla tocando el pecho. El rostro abotargado podría ser el de un anciano, pero, si se observa más atentamente, emana la dulzura de un animal indefenso. Por un momento, pienso si estará desmayado, desvanecido, o incluso muerto. Pero el movimiento de sus hombros, bajo la capita de peluquería, indica la respiración de un sueño plácido. Lo grabo con disimulo. No me gustaría nada que alguien me viese y pensase que en mi afán de registrar el momento hay burla. Es absolutamente lo contrario. Ver a alguien que duerme es como mirar a un bebé. No sabe que existe. No sabe nada. Por supuesto, la actitud natural, humana-animal de presa, es que el observador, ante ese bebé indefenso, crezca y se vuelva, por comparación, más adulto. Superior. Peligroso. Juzga el ojo despierto posado sobre el cuerpo inconsciente. Quien se duerme en contra de su voluntad ha perdido en este juego de la productividad. Vivimos en un mundo feroz que nos obliga estar siempre en tensión. Cuando se alaban nuestros logros, lo que se premia es el nivel de alerta.
Pero esta idea no se limita a lo productivo, sino que se extiende e impregna otras zonas, como una mancha de aceite apestoso. Lo estético, por ejemplo. Cuando dormimos, no podemos controlar estar guapos, aparentes. Y el abandono, históricamente, se relaciona con la fealdad. ¿Es entonces la belleza una tensión perpetua? No del todo, o no tan fácil. El asunto es más perverso. Podríamos decir que lo que se considera belleza física es una tensión que no debe notarse demasiado, una rigidez sobre la que se imposta una relajación. En el momento en que la tensión oculta tras la belleza asoma sus patitas, lo hermoso parece desmoronarse. Pensemos en esas famosas demasiado operadas, ese triple filo que corta por todas partes: deben mantenerse hermosas, pero sin que se perciba el esfuerzo que han hecho. ¿Cómo un ser humano que habita un mundo con estas varas de medir esquizofrénicas podría dejar caer la cabeza, recostarse en un banco, internarse en el subconsciente onírico, mientras decenas de desconocidos pasan junto a él? Recuerdo con un respingo a una amiga de la juventud que era incapaz de dormir acompañada. Ligaba con gente, se la llevaba a casa. Después de follar fingía dormir. La idea de abandonar su cuerpo, aflojar la tensión de la seducción frente a una persona recién seducida, le parecía pavorosa. En el momento en el que la relación se afianzaba y al fin era capaz de dormir frente al otro, su propio enamoramiento se desmoronaba.
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“Me dejé dormir allá por las cuatro de la mañana”, decía mi abuela canaria. En mis islas no se dice únicamente “me dormí”. El juego va más allá, entra en juego el componente de la voluntad. “A ver si la niña se deja dormir de una vez”, decía mi tío con mi prima Andrea, bebé jaquecoso, tecloso (así se dice en las islas) berreando en brazos. Dejarse dormir, permitirse ese salto al otro lado, nos indica el componente voluntarioso del letargo. Por eso el dormir en público supone un plus de valentía, de —si me apuran— confianza en una misma y el mundo. Siesta en público, fruto maduro de un cansancio cosechado sin fin: la cabeza cae sobre el pecho como una uva dulce, tibia. La gente mira de reojo, ríe. Parece que hay algo de abandono indigno, de despiste supremo, de loser, en aflojar las facultades mentales hasta embarrancarse sueño abajo. ¿Pero qué puede haber de malo en despachurrarse públicamente, dejar que fluya ese sirope tan humano que es el dormir? Despiertos podemos impostar. Pero dormidos somos sólo nosotros. O, yendo un poco más allá: sólo dormidos somos verdaderamente nosotros. Y, sin embargo, cuánta violencia alrededor del que ha caído en esa debilidad en público. Alguien dormido, en un campamento, era el blanco perfecto de la burla, del embadurne en espuma de afeitar o chocolate. Una vez me contaron que a una chica, en unas colonias, le afeitaron las cejas mientras dormía y se las pintaron más arriba con un rotulador permanente. Su única falla había sido la indefensión. Dormirse la primera, perder la compostura. Despertar con esa expresión ridícula, de perpetua sorpresa, pintada en el rostro, fue su castigo por poner un poco de confianza en este mundo cruel. Un mundo que agota pero no deja descansar.
Cuando viví en Ciudad de México, la calle estaba repleta de gente derrengada, curvada, enroscada de sueño en un banco de la calle, esperando el bus, dentro del bus, en la silla de una tienda. Las personas se dormían en los bares, en los restaurantes, pero no por el declive de la peda de pulque. Qué va. A veces se pedían un café y justo entonces, con el rugido de la máquina indicando que el elixir despabilador estaba casi a punto, se quebraban de sueño. Recuerdo un hombre de camisa celeste y americana negra, sentado en un macetón de cemento con flores secas, a la salida de un colegio. Hora punta, aullido de enjambre infantil. ¿Habría ido a buscar a sus hijos? La masa de criaturas pasaba a su lado, el bullicio casi se lo comía, pero él seguía soñando. Eran, sobre todo, hombres. Señores de frente sudorosa, camiseta desgastada. Eran, sobre todo, pobres. Limpiabotas, peseros, vendedores de tacos. Con una cierta edad, pero también jóvenes reventados de intentar la vida que, en mitad de una conversación, se iban apagando. Personas sobrevenidas por el sueño en medio de una tarea, como en un cuento de hadas en el que una maldición hubiese asolado al pueblo. Dormir en la calle estaba claramente asociado al trabajo pesado e infinito, a rascarle al mundo cada moneda y, aun así, seguir siendo pobre. O a la falta de casa, de espacio donde resguardarse. Los borrachos y los vagabundos han sido, históricamente, los durmientes de las calles. Un amigo que trabajó durante años en la Campaña de Frío de Madrid, recolectando personas sin hogar de las calles para salvarlas de una posible congelación, me contaba que a veces los sin techo se resistían a ser reclutados, llevados al centro, duchados, alimentados. Enganchados a una libertad temeraria, dolorosa, no escogida, pero libertad al fin y al cabo, la idea de ese civismo humanitario, pero con cierto tinte autoritario, les provocaba una repulsión instantánea. Preferían seguir durmiendo entre cartones, aunque el frío pudiese dejarlos más que dormidos. Dicen que la muerte por congelación es suave: te vas quedando dormida, desapareces.
Y entonces pienso en ellas. En todas esas mujeres en Ciudad de México que NO vi dormir. En las mujeres que muy pocas veces he visto rendirse en público, caer en el abrazo desmadejado de Morfeo. ¿Acaso no estaban también agotadas, vapuleadas, con el cerebro torcido de resistir el embate de una sociedad imposible? Si antes quedó clara la cuestión de la clase atravesando la cuestión, aquí es donde el sueño en la calle queda acuchillado y bien rajado por el medio, abriendo una brecha de género profunda. Hurga en la memoria, cuenta con los dedos: ¿cuántas veces has visto a un hombre dormido en el metro? ¿Y a una mujer? Creo que no hace falta que desarrolle la explicación al fenómeno, pero, por si acaso, diré palabras sueltas: peligro, violencia contra las mujeres, violencia sexual. Jamás, o muy pocas veces, nos verás caer en la inconsciencia en este mundo al que intentamos mantener firme, comportadito, apuntalándolo con la tensión de nuestro propio cuerpo. Si lo pienso con detenimiento, vuelvo a sentir un respingo de miedo, de comprensión hacia aquella amiga que no dormía en compañía de sus ligues. Recuerdo mi juventud festiva y enloquecida: ¿cuántas de aquellas personas con las que compartí cama tras un sexo borracho y anestesiado podrían haberse llevado mi portátil hp recalentado, mis 50 euros guardados en una lata de juanolas? ¿Alguna de ellas podría haberme matado? Un cuerpo dormido, a lo que más se parece, además de a un bebé, es a un cuerpo muerto.
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La única vez que he vuelto a ver a gente durmiendo en algo que podría considerarse espacio público es en la playa. Gente de vacaciones. Es aquí donde el privilegio y la pobreza se dan la manita. No, tampoco te pases. Sólo el meñique. No tiene nada que ver el dormir del relax que el del agotamiento supremo. No hay más que observar los globos oculares agitándose bajo los párpados. Cómo se estremecen en el cuerpo apaleado por el cansancio. Cuántas veces, en mi barrio, me he detenido ante un cuerpo —un cuerpo de hombre, de hombre despojado de toda fortuna, de hombre borracho— cruzado en la calle y le he puesto un dedo debajo de la nariz, he observado con precaución si su pecho se elevaba. Al menos tres. Una de las veces era un borracho dormido al sol. Intenté despertarlo, pero no había manera. Hacía mucho calor. Fui al bazar de enfrente a comprar una botella de agua. Dormido, agarró el agua con fuerza. Lo abaniqué. Al despertar, lo primero que hizo fue mirar la botella y preguntarme con terror: “¿La he robado?”.
Cito de una revista del corazón del año 2008: “Los últimos nueve días han sido para Terele Pávez los peores de su vida. Aquellas imágenes en las que se la veía sentada en la calle, durmiendo encima de unos cartones, han pasado factura a la actriz, a la que no le quedó más remedio que ofrecer ayer una rueda de prensa para aclarar una situación tan polémica”. En las imágenes, Terele compartía un cartón de vino con un señor de aspecto desaliñado y después se recostaba al sol. Frente a los medios apareció bruja, soberbia y digna como era, con toda la fuerza del hacer lo que te da la gana pintada en el ceño crujido. Dijo: “No soy una alcohólica ni una indigente. Bebo cuando tengo que beber, cuando me apetece, como hace todo el mundo, y vivo en mi casa. Las imágenes que se vieron en televisión tan solo muestran a una persona que se sentía cansada y que se durmió mientras dialogaba con su amigo Manolito, que sí que vive en la calle. Nada más”. Me estremece esa sociedad paleta, absurda, encarcelada en sí misma, que ve la relajación de las formas como un acto de perdición. La violencia de no poder parar, detenerse hasta llegar al sueño, en la calle, cala como la muerte por congelación: lentamente, sin hacer demasiado daño. El espacio público, en el futuro, será únicamente un lugar por el que pasar como una centella, rumbo a un lugar de productividad, o bien el sitio en el que gastar el dinero fruto de esa productividad.
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En Estados Unidos hay por todas partes grandes carteles que indican “NO LOITERING”. No merodear, no holgazanear, no deambular. En la ciudad de 80.000 habitantes del Midwest en la que viví durante un año, había cada día centenares de denuncias ciudadanas declarando haber visto a alguien merodeando “con actitud sospechosa”. Las denuncias podían consultarse a tiempo real en el perfil de twitter de la policía de Iowa City. El miedo de unos podía, según ellos, suponer la protección para otros. Traducción: la paranoia de unos alimentaba la paranoia de todos. “Hay un hombre dormido en la esquina de mi calle”, decía la denuncia de una ejemplar ciudadana. Indicaba la dirección. Fui a verlo antes de que el sheriff hiciese acto de presencia. Respiraba profundamente. De vez en cuando alzaba las cejas, sonreía levemente. Me atrevo a decir que soñaba con ciervos saltando una verja.
En ese año viviendo en el Midwest, los carteles antiholganza, antipaseo sin finalidad, me llenaban de furia y desesperanza. El loitering fue el leitmotiv de mi adolescencia y me gustaría que fuera el de mi vejez. Ahora, en la etapa de mi vida en la que se me indica que debo consumirme de pura productividad desenfrenada, rasco como sea ese loitering, lo disfruto siempre que puedo. En Estados Unidos, el espacio público estaba planificado como lugar por el que pasar raudo, en medio de ese ataque epiléptico de productividad, de contar calorías gastadas, kilómetros recorridos y horas de trabajo. Y como Estados Unidos es la cuna del horror que nos va alcanzando a velocidad tsunami, me gustaría agarrar fuerte estas preguntas: ¿dónde queda la holganza, el lento caminar del que está viviendo en el mundo y no haciendo uso de él para producir algo? ¿No se supone que este es nuestro mundo? ¿Por qué me va pareciendo, cada vez más, que lo tenemos alquilado y que cada mes somos menos capaces de pagar la renta y, por lo tanto, menos merecedores de posar el culo en su suelo, caminar diez veces por la misma esquina, mirando el cielo, repantingarnos en cualquier banco? Eso, eso le pido al mundo: que sea un lugar donde repantingarse.
Porque se me ocurre que un mundo en el que se pudiera dormir en público, en la calle, indicaría una sociedad mejor en muchos sentidos. Esa tranquilidad sería indicativa, en primer lugar, de un mundo sin guerras, sin violencias que puedan acribillar el cuerpo inconsciente que descansa. Una sociedad sin las desigualdades sociales que nos hacen susceptibles de ser robados o robar (según en qué lugar de la escala de pobreza nos encontremos), sin una discriminación racial que haga peligrar la vida de una persona racializada que descansa en un banco. Una cultura sin unos mandatos estéticos que exijan la tensión perpetua, la coquetería desgastante, un lugar sin un mandato de trabajo desmedido que se escandalice ante la dulce improductividad de la siesta al sol.
Siempre pienso que los perros más felices son los de los borrachos y los vagabundos. El paseo para caca y pis no es un intermedio en la productividad del humano, sino una larga jornada de vagar lentamente por las calles. Son ellos, los perros de los desheredados de la vida, los pocos animales que van sueltos a día de hoy, los que saben cruzar solos la calle, cuidándose de los coches. Los perros con paciencia y saber estar. Y me pregunto si los demás, los que jamás nos quedaríamos dormidos en la calle de puro abandono, los de los perros asustadizos e infantilizados, estaremos haciendo las cosas bien. Por si acaso, intento practicar con mi perra todo el loitering del que soy capaz. Así nuestras impaciencias se van domando, se difuminan. Nuestro mayor logro es quedarnos dormidas, juntas, en el parque. Lo hice con consciencia absoluta, lo pensé, lo apunté en mi cabeza: “Para dormir, primero tienes que fingir que duermes. Todos somos actores cada día, un rato antes de dormir. Si duermes en un banco, en la calle, en un parque, si decides de forma conscientes dormirte en el parque, la interpretación debe ser aún más forzada. Hay gente alrededor que te estará viendo actuar”. Pero me empeñé y lo hice. Mi perra se me adelantó un poco; sentí su cabecita posándose en mi tripa como un plomo pequeño. Al despertar tenía un mensaje de Instagram de un desconocido. Decía que se había leído algún libro mío, que me seguía por redes y que me había reconocido por la perra. Que le había hecho mucha gracia verme inconsciente —así lo dijo: inconsciente— debajo de un árbol. Y luego las palabras fulminantes: “Vaya resaca debe llevar esta, he pensado”. Lo bloqueé instantáneamente.
Siesta en público, fruto maduro de un cansancio cosechado sin fin: la cabeza cae sobre el pecho como una uva dulce, tibia. La gente mira de reojo, ríe, señala ese abandono indigno, de despiste supremo, de loser. ¿Pero qué puede haber de malo en despachurrarse públicamente, dejar que fluya ese sirope tan humano que es el dormir? Sólo un mundo en el que se pueda dormir en público será un lugar en el que todos estemos a salvo.
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Mi madre y yo tenemos una de esas relaciones tirantes de las madres e hijas que siguen luchando por llevarse bien. El nuestro es un pulso que nos mantiene listas y vivas. Pero dormimos muy bien juntas. Su ronquido suave, como el de un perro joven felizmente cansado, me lleva a una siesta primigenia, de útero casi. Un día, hace años, nos sentamos en un banco. Llevábamos todo el día caminando por Barcelona, en un viaje madre-hija que se complicaba por minutos. Yo también tenía sueño, el cansancio de intentar conseguir que todo fuese perfecto, que fuésemos otras. Vi sus ojos cerrarse, la cabeza caer muy suavemente sobre el pecho. Fueron sólo unos segundos, pero, suspendida en ese sueño fugaz, mi madre susurró una visión del otro lado:
Una ciruela
en la nieve
A día de hoy, sigue siendo mi poema favorito.
