De toda la explosión de vida que me abofeteó este enero en mi primera visita a las Canarias, las muestras que más me impactaron, entre laurisilvas y bosques de pino canario, fueron un pequeño liquen azul adosado a una piedrecita volcánica en las Minas de San José del Teide, donde la NASA entrena a sus sondas por su parecido con Marte, y un draguito que crecía en el tubo de ventilación de la cocina de un restaurante. En las islas de la eterna primavera, florecer es la ley.
Se habla mucho de la fragilidad de la vida, de cómo en un instante, en un despiste al cruzar una calle, en un resfriado mal curado, se puede quebrar toda una existencia. Pero los frágiles somos los seres vivos, no la vida. La vida es implacable. La vida es una exminera leonesa a la que expulsaron de los Ángeles del Infierno por mal comportamiento, con un tatuaje en el cuello que pone “para que llore mi madre que llore la tuya”, y en el muslo la cara de Bambino (es una romántica).
La primavera nos recuerda que la vida es explosión, contagio, obsesión ciega por seguir expandiéndose en su esplendor geométrico. Trillones de ensayos de prueba y error sucediendo cada segundo, en cada bacteria, cada hongo, cada virus, cada célula desde hace 4.500 millones de años. Algunas ideas aciertan, como los cangrejos, otras pifian, como los alérgicos al queso, pero son siempre distintas, inauditas, locas. Mil caballos desbocados con el morro en llamas abriendo nuevos caminos en el bosque, pisoteando lo conocido, lo establecido, lo previsible.
Decía el antropólogo David Graeber que el objetivo del neoliberalismo es, ante todo, llevarnos a la desesperación para que creamos que no hay alternativa posible. Normal que los capitalofascistas odien la vida: su visión es la de un mundo estanco, estático, dedicado al único proceso de quemarlo todo y acumular sus cenizas en unos pocos bolsillos, el rostro de un rider de Glovo aplastado por la rueda de un Tesla ardiendo, para siempre.
La guerra presente contra el tecnofascismo es la guerra contra la antivida; por eso, la manera de participar en ella es emular a la evolución e inundar el mundo con posibilidades. Nuestro rol debe ser parir ideas deslumbrantes, absurdas, imposibles, crear con nuestras acciones la sopa primigenia de la que surjan un colibrí, una amanita, una secuoya. Plantar semillas de extrañas flores que crezcan en los respiraderos, en las tejas, en las grietas de la nada bajo la que ellos quieren enterrar la inteligencia, la creatividad, la compasión, el amor a la vida y a su canción infinita.
Guillermo.
Es oscuro el invierno de 2024, no solo en la calle. Flota en el aire una negrura que se cuela por las costillas y consume la esperanza al contacto con el corazón. Nos hemos acostumbrado a vivir con el desencanto al cuello, y celebramos como victorias tristes que las cosas no salgan tan mal como podrían. La ilusión por el futuro ni está, ni se la espera.
La mente se desorienta en ese ciclo de noches, pantallas y ansiedad que en el invierno de 2024 llamamos “días”. Está complicado diferenciar entre vigilia y sueño, pero yo tengo un truco: si miras al móvil y ves a una persona gritando en una camilla, todavía enganchado al suero intravenoso, mientras se quema vivo en el hospital de un campo de refugiados, entonces es que estás despierto. La realidad es la pesadilla que ves con los ojos abiertos.
Decía David Graeber: “Todos los días nos levantamos y hacemos un mundo juntos; pero ¿quién de nosotros, si tuviera libertad absoluta, decidiría hacer un mundo como este?”. Ni tú ni yo hemos decidido que sea así, pero tampoco hemos decidido lo contrario. Atados a la noria por la rutina y la cobardía, seguimos dando vueltas bailando el único paso que conocemos, alimentando con cada giro las tragaderas sin fondo de un culto a la codicia y la nada que lo engullirá todo, hasta las estrellas.
No se ven estrellas en el cielo de este invierno.
El mundo también fue oscuro hace 66 millones de años, cuando el polvo y la ceniza levantados por el impacto del meteorito Chicxulub ocultaron el sol y provocaron una noche que duró años. El invierno de siglos que siguió extinguió al 75% de las especies, incluidos los dinosaurios, incapaces de encontrar alimento suficiente para sus gigantescos cuerpos. Sobrevivieron los pequeños insectos, los mamíferos arracimados en sus madrigueras, de los dinosaurios solo las aves, que habían ahuecado sus huesos y desarrollado plumas para poder volar.
Guillermo.
Leo lo que el historiador Eric Hobsbawm escribió sobre cómo se organizaban los obreros de comienzos del s.XIX:
“Y comunidades, como la de los tejedores de lino escoceses con […] su biblioteca de artesanos, su caja de ahorros, su instituto mecánico, su club y biblioteca científicos, su academia de dibujo […] sus escuelas infantiles, su sociedad de floricultores, su revista literaria […] El sentimiento de clase, la combatividad, el odio y el desprecio al opresor pertenecían a su vida tanto como los husos en que los hombres tejían. Nada debían a los ricos, excepto sus jornales. Todo lo demás que poseían era su propia creación colectiva”.
Y pienso con pena que no recuerdo la última vez que me invitaron a una sociedad de floricultura.
En el camino de las mejoras laborales hemos dejado atrás la capacidad de autoorganizarnos y la idea de vivir, no solo para mí, sino para nosotros. La división de la jornada en 8 horas para trabajar, 8 para dormir, 8 para disfrutar oculta un ardid: no contempla tiempo para los demás. El neoliberalismo imperante desfigura la naturaleza social y colaborativa de la especie humana, pintándonos como meras entidades individuales lanzadas al mundo a competir, y nos lo hemos creído. Hemos pasado de ser una red de hongos conectados que intercambian recursos y conocimientos para el crecimiento común, a plantas aisladas en nuestras macetas de alquiler. Una vida en la que solo cabe uno es una vida pequeña.
El desprecio explícito a los poderosos es otra bonita tradición que se ha perdido. A los ricos del s.XXI ya no les basta con poseer los medios de producción, ni siquiera con controlar los precios de la vivienda o los alimentos para llevarnos a su soñado neofeudalismo; ahora, además, demandan que les agradezcamos el desmantelamiento de lo público. Aquellos obreros decimonónicos morían antes de los treinta, pero al menos no tenían que oír en boca de los herederos del fascismo la palabra “meritocracia”. Creo que compensa.
Dice Hobsbawm que el trabajador de aquella época tenía tres posibilidades: esforzarse en hacerse burgués, desmoralizarse o rebelarse; elijo la tres. Echando una mirada alrededor, siento que se ha quedado buen otoño para desempolvar “la combatividad y el odio” y volver a juntarnos para construir un mundo de bibliotecas, siestas y floricultura. Una creación colectiva dedicada a la improductividad que no les deba nada a ellos. Un rugido de mil gargantas que hable de una vida tan rica que Ellos no la puedan comprar.
Guillermo
Llega el verano y desempacamos nuestras ansias de vivir, la lista de planes a tachar, el hedonismo y la sensualidad que teníamos enfrascados desde hace un año. La vida es eso que pasa mientras llega el próximo solsticio. Pero esa expectación es a la vez la tragedia con la que carga la estación más deseada: las ganas con las que la abrazamos se mezclan con la ansiedad de no cumplir las expectativas depositadas, y a su vez la intensidad con la que nos deslumbra deja en tinieblas al resto de semanas. La lógica compartimentada de nuestro tiempo demanda al estío grandiosidad, épica, una aventura iluminadora que nos permita sobrellevar la anhedonia del siguiente año. Nos hemos convencidos de que los días solo importan si están marcados en rojo.
Ante esta escalada de vivencias, me pregunto si es posible otro enfoque. Más allá de la meteorología, ¿dónde reside el alma del verano? Por un lado, es la única época del año donde somos dueños absolutos de nuestro tiempo y no tenemos que pedir permiso a los accionistas para existir. Nos despertemos a la hora que sea, no hay necesidad de mirar el reloj o el almanaque: ya sean las 3 de la mañana de un martes o la siesta tras la romería, en tus legañas mandas tú.
La segunda característica es el papel protagonista que cobra nuestro cuerpo, reservado los otros meses al metabolismo basal. Pero en verano se desquita y se torna en artista de la pista: es el tiempo de enseñarlo, mojarlo, quemarlo, exprimirlo, sobarlo, montarlo. La mente se limita a calcular las propinas mientras músculos, huesos y vísceras se encargan de lo importante: saltar un arroyo, seguir una conga, balancearse en la hamaca.
Así que, ser amos de nuestras horas y usar nuestro cuerpo: ¿podemos repartir estas exigencias con el resto del año? Para lo primero, solo necesitamos retirar el velo con el que distinguimos entre meses buenos y malos, y hacer lo que nos calienta el corazón marque lo que marque el calendario. Ni siquiera necesitamos días o semanas de liberación para vivir cada momento como un atardecer de julio: ¿cuánto dura un beso, un “sí”, una estrella fugaz que señalamos a la vez? La eternidad nos rodea todo el rato a un parpadeo de distancia.
Y para lo segundo, basta con recordar que la misma máquina que segrega tus sensaciones estivales es la que te acompaña a todas partes: siempre que estés con tu cuerpo, estarás en fiestas. Así que gasta este verano como te plazca, y destierra la angustia por hacer de él una obra de arte que expíe el resto del año. Quema las ganas almacenadas, pero no pares ahí. El 1 de septiembre coge las hojas del calendario, arrúgalas, prepara la hoguera. Captura el instante entre el pulgar y el corazón, y chasquea los dedos: ahí tienes la chispa. Haz que cada segundo del año arda como un sol de julio.
La primavera está hecha para iniciar cosas, como por ejemplo revistas. El cumpleaños de Salvaje es el 3 de abril porque ese día de 2019 arranqué su crowdfunding, presentándola al mundo. Elegí esa fecha para que el lanzamiento del primer número coincidiese con el fin de la campaña de financiación, pero sobre todo porque el 3 de abril es el cumpleaños de Teresa, mi madre, y me parecía que tenía todo el sentido empezar algo donde volcaba tanta ilusión el día que nació quien me la había transmitido a mí. A veces las coincidencias hay que buscarlas.
La ilusión no da de comer, pero es lo que nos permite respirar. Salvaje es una de esas creaciones que nacen de las meras ganas de hacerlas, y que ya luego justificas con que si la sociedad busca plim o el modelo de negocio del periodismo plom. A este tipo de inspiraciones salvajes (oh) hay que dejarlas merodear y olisquear libres, sin cargarlas de realismo ni cercarlas con pragmatismo, como los ciervos y jabalíes que paseaban por las plazas de los pueblos durante los primeros días del confinamiento. Como la naturaleza, las mejores ideas, las más libres, solo necesitan que nos metamos en casa y las dejemos en paz para hacerse con el lugar.
Cinco años y 20 números después, Salvaje sigue siendo la mejor excusa que he tenido en mi vida para conspirar, para proyectar, para aprender, para intentar. No me gusta el lugar hacia donde se dirige el mundo, pero tengo una revista y cientos de lectores con los que plantar cara; creo que es un gran punto de partida para algo, para todo. Y aunque a veces el ruido de las facturas y las rutinas alejan la ilusión de la plaza, a poco que callen reaparece para añadir a la Lista De Tareas Para Las Que Nunca Hay Tiempo un nuevo formato, una nueva firma, un proyecto loco ultrasecreto que no tiene mucho que ver con Salvaje pero en realidad es lo más Salvaje que podríamos hacer. Y vuelvo a respirar.
Ya es primavera. Es tiempo de recordar las cosas que hemos amado, y soñar con otras que amaremos aún más.
Cuelgo el teléfono y lo noto: es un pequeño agujero en el corazón, un pedazo de Nada, hielo negro pegado al ventrículo. De repente el mundo es incorrecto, algo se ha roto, no deberíamos continuar. ¿Cómo es posible que él ya no esté, pero yo todavía escuche su risa?
Salgo a la plaza con Jack. Es de noche y el frío del aire en la cara alivia el del interior. No siento tristeza, solo esa grieta de incomprensión en el pecho. Él era muy amigo de mis muy amigos, lo que nos hacía muy amigos en segundo grado. Si yo siento este vértigo, ¿de qué tamaño es su abismo?
Las nubes pasan rápido sobre la luna llena, he visto esta escena tantas veces pero siempre es nueva. Este frío me conecta con todos los Guillermos del pasado que en algún momento han salido a mirar a la luna una noche de invierno, intentando desentrañar el misterio de todo esto. Ellos habían vivido menos, pero a veces tengo la sensación, la sombra de un recuerdo, de que sabían algo que yo he olvidado.
Queda mucha noche por delante para salir de este invierno. Nos queda juntarnos, meter el hocico en el cuello del otro, compartir nuestro calor como la camada de mamíferos abandonados que somos. Al menos tendremos tu fuego para guiarnos.
A Hemato.
Aquí va una opinión controvertida: creo sinceramente que las lluvias de estrellas son la hostia. La visión de las centellas rasgando fulgurantes el velo nocturno, dioses y ángeles cayendo desde sus estancias celestes envueltos en llamas, es un recordatorio de que, en lo que respecta al sentido del espectáculo, no hay quien le tosa a la Naturaleza. Lo siento, Spielberg.
Más allá de la exhibición visual, me fascina también la perfecta puntualidad con la que año tras año llegan en las mismas fechas. Esta regularidad nos recuerda que en realidad no son las estrellas las que caen sobre nosotros, sino que es nuestro planeta el que cada 365 días atraviesa las mismas nubes de fragmentos estelares y nos los estampamos, como insectos contra un parabrisas. O como cuando nos montábamos en el tiovivo y en cada vuelta saludábamos a nuestros padres para recordarles nuestra existencia, como si pudiese haber otro motivo para estar ahí plantados.
A veces, mientras espero el siguiente fogonazo, me da por cambiar el punto de vista e imagino cómo verá la nube de meteoros nuestro encuentro anual. Si igual que nosotros miramos hacia arriba, ellos reconocerán a los que se asoman todos los años, y distinguirán a los que miran por primera vez. Y si notarán las ausencias, si buscarán entre las caras a esa mujer que siempre sale en agosto a contemplar las lágrimas de San Lorenzo, las primeras veces de la mano de su marido, las últimas con su nieto, y qué pensarán cuando un día no la encuentren.
Y así es como convierto un espectáculo flamígero en una bajona gótica. Suenan Los Cure.
Es curioso que la contemplación de la naturaleza nos aboque a algunos a la melancolía, cuando ella es radicalmente antinostálgica: por cada hueco que se abre en ella, 100.000 almas nuevas corren, nadan, reptan para llenarlo sin un segundo que perder. Pero así somos, animales que gastan demasiada vida pensando en la muerte. Ante esa pesadez, enfrentados al vértigo de la ausencia de nuestros seres queridos y las dudas sobre nuestro legado cuando los ausentes seamos nosotros, solo cabe entregarse a la filosofía: el que tenga miedo a morir, que no nazca.
Guillermo.
Es lógico que bailar sea parte inseparable de la naturaleza humana: al fin y al cabo llevamos un metrónomo en el pecho. Uno que en la estación de los festivales, las serenatas y las verbenas trabaja más que nunca, y que a veces incluso produce su propia música para los que saben escuchar. ¿Nunca la has oído? Yo lo hice hace unos días, tras levantarme con un esguince de hombro provocado por la heroica proeza de dormir con el brazo debajo de la almohada.
48 horas de dolor y mal humor por no poder echarle la culpa a nadie (mi mecanismo de superación favorito) después, acudí al fisioterapeuta. En apenas una sesión, este mago no solo eliminó la lesión sino que hizo desaparecer una molestia de baja intensidad que arrastraba desde hacía meses. Esa misma tarde, mientras paseaba al perro, todavía sorprendido por la capacidad recuperada, mi cuerpo decidió celebrarlo poniéndose a bailar al son de una música que mis oídos no escuchaban, pero que por los movimientos de las extremidades debía ser la de un musical de Bollywood. Así, entre sorprendido y maravillado, contemplaba a mi cuerpo entregarse a su propia coreografía celebratoria, mientras desde la atalaya de la mente me preguntaba si ese fogonazo de consciencia que hemos acordado en llamar “yo” es tan solo un pasajero de algo mucho más importante.
Desde ese día mi plan para el verano ha quedado definido: en lo que duren el calor y la luz seguiré los pasos de baile que dicte mi cuerpo, con y sin música. ¿Una ermita derruida en lo alto de un monte atrae nuestra mirada? Allá iremos. ¿La sombra de un acantilado invita a una siesta tras el baño? A mimir. ¿El perro nos reta a quitarle el palo? Trae aquí, bicho. ¿Por qué no, qué plan mejor puede haber? El cuerpo sabe cosas para las que la mente no tiene palabras, y vista la mierda con la que alimentamos nuestros cerebros, quizás lo más sabio sea hacer caso a nuestros huesos.
En un mundo en el que la toxicidad de las ideas cada vez nos roba más tiempo, energía y vida, todavía podemos silenciar el ruido y recurrir a las piernas para correr, trepar, girar: en nuestros músculos contrayéndose hay más verdad que en todos los programas electorales. Llevamos con nosotros un remanso de claridad y verdad que nadie nos puede arrebatar. Regalémonos la canción de nuestros cuerpos mientras todavía late el metrónomo.
Guillermo.
La hipótesis del mono colocado (stoned monkey en inglés) propone que el gran salto cognitivo humano que se produjo entre 2 millones y 300.000 años atrás fue impulsado por el consumo de setas alucinógenas. Según esta idea, nuestros antepasados, al seguir el rastro de sus presas por la sabana africana, se encontrarían creciendo en sus heces el hongo Psilocybe cubensis, famoso por sus efectos psicoactivos, y si algo une a los homínidos de cualquier época es no dejar pasar una seta. El consecuente subidón sensorial habría potenciado el pensamiento abstracto y la empatía, lo que habría abierto la puerta al lenguaje avanzado y la cooperación, la herramienta más poderosa de la familia Homo.
Esta indemostrable hipótesis convive con otras como la del mono asesino, que vemos representada en la primera escena de 2001: Una odisea en el espacio y que achaca ese salto evolutivo al descubrimiento de la capacidad de matar. Personalmente, creo que el término “mono colocado” tiene mucho más gancho, y además me parece infinitamente más creíble. ¿Has visto alguna vez a un humano o humana desnudos? Ni rastro de caparazón, ni garras retráctiles, ni pico afilado, ni siquiera unas tristes púas; no es precisamente el aspecto de una máquina de matar.
Piel, pelo, ojos, labios. Algunas de las partes más frágiles de nuestro cuerpo están en el exterior, más pendientes de percibirlo que de protegernos de él. ¿Y si cazar y matar fuesen tareas secundarias, tediosa burocracia necesaria para la supervivencia? ¿Y si la verdadera misión de nuestro cuerpo no fuese luchar y protegerse, sino sentir el mundo y abrirse a él, aspirarlo, lamerlo, besarlo?
¿Qué animal trenza pétalos en su cabello para atraer a sus semejantes?
Me temo que a veces somos demasiado severos con el animal humano, yo el primero. Nos pedimos una dureza ante los demás y ante nosotros mismos para la que quizás no estemos tan preparados como nos han hecho creer. Es primavera y la naturaleza se abre ante nosotros; es tiempo de imitarla, dejar caer la coraza y celebrar nuestra blandura. Como dijo Sabina Urraca al ver la portada de este número, “es como alguien ahogándose en flores de forma voluntaria”. Pues eso: rindámonos. Es la hora de desnudarse y sucumbir ante las flores.
Guillermo.
Cuando visito cuevas prehistóricas (una sorprendente nueva afición vacacional que me ha traído la mediana edad), además de admirar las estalactitas y pinturas rupestres, me gusta fantasear con cómo pasarían el invierno en ellas nuestros antepasados. Refugiados durante meses de un mundo frío y oscuro, me los imagino alrededor del fuego viajando con la mente a los verdes prados de la primavera, o mirándose hacia el interior para intentar descifrarse y conocerse, esa actividad en la que nuestra neurótica especie no tiene rival. Buenas rayadas de cabeza se tenían que comer los cromagnones.
100.000 años después ya no vivimos en cuevas, pero llegado el frío seguimos aislándonos del exterior para asomarnos a las ventanas del interior; no hay fantasía literata que no incluya una cabaña, una máquina de escribir y una pila de leña infinita. Yo no soy escritor, pero a veces (como cuando me enfrento a estas cartas) tengo que mirar hacia dentro para extraer cosas afuera, y la idea ascética de darle temporalmente la espalda al mundo para volver a él más rico me resulta inspiradora. Imagino un mini Guillermo moviéndose en la oscuridad entre la cabeza y el pecho, alimentando con ideas una pequeña hoguera a la altura del corazón, intentando ver entre las llamas un nuevo futuro para la revista, para la vida, para la revolución.
Una de las razones por las que monté Salvaje es porque estaba soberanamente aburrido de la manera en la que se contaban los pueblos y la naturaleza, y quería crear un espacio donde poder sorprenderme con voces inéditas. Por eso ahora me entusiasma que, cabalgando la misma ola de renovación en la que nosotros nos montamos hace tres años, cada vez aparezcan más visiones y acentos que reflejan la inagotable variedad del campo; en este número encontrarás unos cuantos ejemplos de ellas.
Pero siguen siendo pocas, y hay demasiado por hacer. Hay que reinventar el trabajo, el tiempo, la comida y la tierra en una carrera contrarreloj, y no podemos delegar en los Espíritus Creativos la tarea de salvarlo todo. Necesitamos nuevas voces artísticas, sí, pero también nuevos fontaneros, pescaderas, maestros, abogadas, agronomistas y mediocentros que repiensen todos los ámbitos de la realidad; necesitamos que tú, tu prima y el del bombo os encerréis en la cueva y salgáis de ella con una idea ardiente.
¿Qué os dicen las llamas, Casandras y Prometeos? ¿Qué visión nos traéis? ¿Con qué regalo para el mundo emergeréis esta primavera?
Guillermo.
En 2009, tras pasar un año sabático en México, mi amiga Isa decidió aplicar sus conocimientos de diseño a su propia vida. De ese ejercicio salió con un plan de acción para la siguiente década cuyos objetivos incluían aprender a hablar francés, tocar la guitarra, y montar un lugar de encuentro en el que se hablase de diseño y su amigo Bowie pusiera las copas. Hoy en día, el francés y la guitarra siguen pendientes, pero el espacio lleva una década existiendo bajo el nombre de La Nave Nodriza, es la mejor escuela de diseño del mundo, y en ella Bowie, entre muchas otras cosas, pone unos Nespressos estupendos.
Más o menos por la misma época, mi amigo Clemente anotó en su móvil cómo quería verse en 10 años: viviendo del periodismo y en un casa en el campo (entre paréntesis: “parecida a la de la abuela”). Esta anécdota nos la contaba Clemente, que en este tiempo ha fundado la maravillosa revista Ballena Blanca y ahora trabaja en El País, mientras comíamos en su nueva casa, no una parecida a la de su abuela, sino la mismísima casa familiar que ahora ha pasado a sus manos. Nada como saber exactamente lo que quieres.
Dice Juan Luis Arsuaga que “el futuro no se predice, el futuro se construye”.Y aunque en los últimos años los acontecimientos cósmicos nos hayan hecho sentir como espuma a la merced de la marea, y el porvenir se vislumbre cada vez más ominoso e inamovible, historias como las de Isa y Clemente son la prueba de que todavía tenemos manos y corazones poderosos para moldear nuestras vidas.
El otoño es una época de pausa y de siembra, de reflexión y reinicio, en la que actuamos ahora para recoger adelante. Un tiempo idóneo para imaginar nuevos escenarios en los que habitar en unos años. El futuro está ahí, maleable y lleno de posibilidades, así que puestos a trabajar, ¿por qué no hacerlo por un futuro en el que nos guste vivir? Voy más allá: ¿por qué hacerlo solos? Como canta la banda punk La URSS (siempre es el punk, amigas):
Más allá del futuro
Hay un nuevo mundo
Creeré si tú crees conmigo
Nuestra fe será el camino
Yo, personalmente, me apunto a creer contigo.
Guillermo
Cuando me preguntan si me ha merecido la pena cambiar la seguridad de una nómina por la incertidumbre de mi propio proyecto, escondo cualquier atisbo de duda y contesto que sí, poniendo como ventajas la libertad creativa, la ausencia de estructuras anquilosadas, la satisfacción de colaborar con mis personas favoritas. Motivos muy profesionales que proyectan la imagen de un Creyente del Nuevo Trabajo, cuando en realidad el verdadero tesoro que he encontrado como autónomo es poder salir al parque con mi perro un martes a las 11 de la mañana sin darle explicaciones a nadie. La conquista del paseo.
Esas salidas me obligan a dejar de mirar la pantalla del ordenador, mover las piernas, segregar un poco de vitamina D; cualquier médico de cabecera asentiría satisfecho ante este proyecto de jubilado. Pero lo que de verdad me motiva es ver a Jack, mi perro, pasar de ser un trapo adormilado que me hace chantaje emocional desde debajo del sofá a convertirse en un agente del caos en cuanto pisamos la calle. Observarle oler cada esquina, perseguir cada palo, lanzarse a cada fuente que nos cruzamos con el entusiasmómetro a todo gas me llena el pecho de alegría, pero también hace que me cuestione: ¿hay algún momento de mi vida en el que yo esté tan absolutamente dedicado al aquí y ahora?
Lo más parecido que encuentro está en el momento del recreo de los lejanos años del colegio. Esa media hora de liberación era un oasis de presencia en medio de la neblina rutinaria de las clases; recuerdo más juegos de escondite que lecciones de lengua. En el recreo, entregado en mente y cuerpo a pillar, no ser pillado o convertirme en el héroe del día con una salvadora patada a la botella, por mí y por todos mis compañeros pero por mí primero, me transformaba en movimiento y reacción y la vida se sentía real. El perro Jack y el niño Guillermo, hermanados por la acción pura.
Arranca el verano y la publicidad nos vende todo lo relacionado con las vacaciones con palabras como “escapada” o “paréntesis”, un periodo excepcional antes de volver a la “vida real”. Pero es justo al revés: el tiempo libre no es una huida, sino un regreso a nuestro estado natural. Comer con los amigos, subir una montaña, dormir la siesta, follar, sudar, leer un libro, sumergirte en el agua y flotar a la deriva durante 15 segundos. ¿Hay algo más real que tener un cuerpo y usarlo para darnos gusto? ¿Y hay un patio mejor donde jugar que la naturaleza?
Mientras esperamos pacientes a la abolición definitiva del trabajo y que la vida se convierta en un recreo interminable, te conmino a que vayas ensayando esa vida futura con estas vacaciones. Vívelas como si el timbre del patio se hubiese roto, como si el universo entero fuese un palo volando en el aire y tú corriendo detrás de él. Vive el verano como lo haría un perro; vívelo como el animal que eres.
Guillermo.
A Joe Strummer, cantante del mítico grupo punk The Clash, no le gustaba la música. Lo dijo en una entrevista a comienzos de los ochenta, cuando para muchos eran la banda de rock más grande del mundo. “La música no es lo importante”, explicaba Joe. “Lo que importa es cuánto espíritu le pones, cuánta inteligencia le pones. ¿Significa algo? ¿Comunicará algo a otras personas? Porque todo lo que estamos haciendo, en realidad, es intentar comunicar algo. A veces no sabemos qué es, a veces sí. Pero comunicar. Y eso no tiene nada que ver con un acorde en Re menor.”
Cuando las escuché, las palabras de Joe llegaron a mi cerebro como un rayo de sol entre las nubes. “¡Esto! ¡Esto es Salvaje! ¡Esto es lo que hacemos!”, pensé. Qué más dan los acordes, qué más dan el papel y la tinta. Somos una revista, sí, pero podríamos ser un podcast o una cuenta de TikTok. Lo importante es que queremos contar algo, y queremos hacerlo con inteligencia y corazón. Tuvo que venir alguien de hace 40 años para poner en palabras mis pensamientos. Los Clash y Salvaje, unidos por algo más que el carisma de sus líderes.
El vídeo de la entrevista me saltó en Instagram porque su algoritmo “sabe” que desde hace meses he vuelto a escuchar a los Clash y grupos similares. Intento tener una dieta musical variada y huir de la nostalgia, pero antes o después acabo inevitablemente volviendo al punk. A pesar de tener el doble de la edad apropiada, ningún otro estilo me toca así el alma. Cantantes enfadados, letras enfadadas, música enfadada. La sencillez de esta fórmula me ata al momento presente y despeja el resto de ruidos de mi cabeza.
Por eso creo que no hay mejor banda sonora para nuestra época que el punk. En un tiempo de informaciones subjetivas elegidas personalmente para ti por La Máquina, de gobiernos que hablan con marionetas y azucarillos a sus ciudadanos, de neozares y nacionalseñoritos sembrando posverdades sobre la Historia y la realidad, no necesitamos más fact checking ni libros blancos de la desinformación, más ruido sobre ruido sobre ruido… Lo que necesitamos son canciones de dos minutos que digan “no” muchas veces. No, no decís la verdad. No, no somos como vosotros. No, el emperador no está vestido.
Aprovechando la llegada de la primavera y sus arrebatos extáticos, quiero invitarte a que pongas más punk en tu vida. Menos respeto, más rabia, menos pasado, más diversión, menos sociedad, más amistad. Recuerda que la cosa no va de música, va de contar algo con muchas ganas. Esta revista, con sus volcanes y sus menas y sus climabares y sus paganos, es lo que nosotros queríamos contar. Y a ti, ¿qué es lo que te quema por dentro, qué es lo que quieres gritar para que todo el mundo escuche?
Guillermo.
Mirando las noticias o la publicidad, parece que las llamadas a combatir los grandes retos que afronta la humanidad (ya sabéis, lo de no extinguirnos y tal) operan a dos niveles extremos: o se dirigen al individuo, pidiéndonos a todos y cada uno de nosotros una actitud aún más consciente, o apelan a los estados, reclamándoles que, por una vez, pongan su inmenso poder al servicio del bien común.
Es fácil que una persona pierda la esperanza ante estas dos opciones funestas: o echarse literalmente el planeta sobre sus espaldas y esperar que con su cambio a bolsas de basura compostables se pueda revertir todo el CO2 emitido desde la Revolución Industrial; o colocarse tras una pancarta y poner velas para que quienes se sientan en los consejos de ministros (o de administración, que para el caso es lo mismo) elijan dejar de destruir la vida frente a continuar haciéndolo. Ecoansiedad e impotencia, o frustración y desencanto: elige tu propia tortura.
Esta visión que reduce la estructura social a sus extremos, por un lado algo minúsculo que no tiene poder, por otro lado algo tan enorme que resulta inaccesible, aparte de ser muy conveniente para los partidarios del status quo, ignora los infinitos tipos de cooperación que pueden darse entre medias. Más allá de nuestros roles de consumidores y votantes individuales, seguimos teniendo la posibilidad de agruparnos y sumar fuerzas, aunque a veces parezca que a alguien no le interesa que nos acordemos de ello.
Que se lo digan a la gente de ASCEL, una pequeña asociación con apenas 340 socios, responsable de impulsar la ley por la que la caza del lobo queda prohibida en todo el país. ¿Quién le hubiese dicho a Félix Rodríguez de la Fuente, cuando lanzó su El hombre y la tierra en un momento en el que apenas quedaban 200 lobos en todo el país, que 50 años después un puñado de entusiastas cambiaría para siempre la historia del Canis lupus en España?
Hay que seguir contando las historias de los pequeños grupos, y recordar que, a pesar de lo que cuenten los adalides del individualismo desde las escuelas de negocios, la estrategia más exitosa del Homo sapiens no es la competencia sino la colaboración. Por eso, os invito a que en 2022 hagamos un esfuerzo por unirnos. En grupos, gremios, asociaciones, clubes, orfeones, empresas, sindicatos, piaras. A través de acuerdos, pactos, contratos, alianzas, convenios, trueques. Que 2022 sea el año en el que redescubramos que, entre la soledad del yo y la distancia del ellos, estamos nosotros.
Guillermo.
Seguro que muchos de vosotros sentís como yo que el año tiene dos comienzos, el de enero y el de septiembre; y si me hacéis elegir, casi os diría que el arranque escolar me parece más iniciático que el del calendario. También en la naturaleza se refleja esa faceta, y lo viejo desaparece para replegarse en forma de semilla y arrancar de nuevo el ciclo.
Este año, después de tantos meses reprimiendo energías, el aire vibra con un electrizante potencial de creación: hay ganas de hacer cosas. Por esto me imaginaba que ese espíritu otoñal de página en blanco sería aún más poderoso que otros años, y que sería un buen momento para arrancar de una vez a construir ese futuro a largo plazo que llevamos demorando demasiado tiempo. Sin embargo, algo no ha salido como debiera. Es difícil pensar en construir un futuro más verde, justo y alegre cuando las tarifas de la luz baten récords por la dependencia a los combustibles fósiles, y de fondo arden Ávila y Sierra Bermeja, explotan volcanes y la ONU emite su enésimo informe avisando de que ya vamos tarde para evitar el desastre climático. Esto no parece el comienzo de nada, sino lo contrario.
Una encuesta reciente, la mayor realizada hasta el momento sobre cambio climático y ansiedad, dice que seis de cada 10 jóvenes de entre 16 y 25 años están muy o extremadamente preocupados por el cambio climático; cuatro de cada 10 dudan si tener hijos en un mundo que se muere. La película Hijos de los hombres haciéndose realidad. Desde hace unas décadas, diría que desde el estreno de Matrix, el género entero de ciencia ficción es casi sinónimo de distopía posapocalíptica. Sagas como Star Trek, donde la sociedad humana ha dejado atrás sus diferencias y se dedica a la exploración aventurera del universo pertenecen a otro tiempo. Desde Mad Max a WALL-E, parece que los guionistas son incapaces de imaginar historias que transcurran en una sociedad que no haya colapsado. No les puedo culpar: al fin al cabo es ciencia ficción, no fantasía.
Esa muerte de la imaginación, esa incapacidad de siquiera plantear modelos diferentes, es en mi opinión lo más valioso que el turbocapitalismo en el que vivimos nos ha robado. Nos han quitado el sueño de una sociedad unida en la persecución de la felicidad y el bien común, y nos lo han cambiado por una doble con queso a domicilio. Por eso creo que es lo primero que debemos recuperar. Necesitamos ideas nuevas, sorprendentes, osadas, que nos hagan pensar “es imposible, pero… ¿y si funciona?”. Sin alternativas, sin la posibilidad de hacer una enmienda a la totalidad y arrancar desde cero, acabaremos dando vueltas sobre las mismas ideas que ya todos sabemos que no dan más de sí. Como esperar fruto de un árbol seco en vez de plantar nuevas semillas.
Guillermo.
Hace años, cuando salía del aula donde acababa de hacer el último examen del curso, sentía una enorme envidia de mis compañeros. No porque lo hubiesen hecho mejor que yo, sino por su capacidad para expulsar la tensión de las últimas semanas en una larga exhalación de alivio, “uuuuuffffff ”, y entrar inmediatamente en modo vacaciones. Yo no podía. Mi mente, en vez de soltarse como un muelle, se portaba como un músculo contracturado, y todavía necesitaba unos días para, poco a poco, recuperar su forma natural. Después de 48 horas de sueño, entonces sí, estaba listo para el verano.
Esto sucedía tras cuatro semanas de estudio y cuando apenas acababa de entrar en la veintena. Ahora, con el doble de edad y tras un año y pico con un puño de 20 kilos pellizcándome constantemente el estómago, es posible que necesite algo más que una cura de sueño para sentir algo parecido a la calma. Creo que no soy el único. Incluso con la vacunación avanzando como un tren sin frenos, muchos no nos creemos que esto se vaya a acabar. El pequeño mamífero peludo que vive en nuestro cerebro ha recibido muchos palos y de momento prefiere, si se lo permiten, hacerse un ovillo en el rincón más alejado.
Pero, aunque nos cueste, hay que creer. Debemos ser optimistas, no pensar en el futuro ni en lo que hemos pasado, e imponernos un estricto régimen de disfrutar del aquí y ahora. Es nuestra obligación. Se lo debemos a los enfermos, a los fallecidos y a los que nos han cuidado. A esa cosa triste del año pasado que quisimos llamar verano, a los paseos por el bosque y las siestas en el jardín que no nos pegamos. A toda la serotonina y oxitocina no derramada. Al mamífero apaleado. Y, un poco, nos lo debemos a nosotros mismos.
En el momento en que escribo esta carta, acaban de anunciar que en unos días podremos quitarnos la mascarilla al aire libre. La idea de algo tan sencillo me produce mareos de libertad. Volver a ver caras desconocidas. Sentir cómo el viento seca las lágrimas sobre nuestras mejillas. Y poder lanzar sin barreras un largo suspiro que expulse un año y medio de mierda y haga hueco en nuestro interior a un poco de felicidad. Uuuuuffffff.
El verano ya está aquí, y el sol en su zénit alumbra los rincones más oscuros. Celebremos el triunfo de la luz, de la razón, de la bondad. Es nuestro deber. Si
no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará?
Guillermo.
La primera semana de enero llegó a mis redes un tuit viral. Bajo la frase “Mi energía para el 2021” se veían dos viñetas de un manga japonés: en la primera, un funcionario de aduanas revisaba un pasaporte y preguntaba a su propietaria “¿Negocios o placer?”; en la segunda, la joven viajera contestaba “Pelear”. Las 135 mil personas que le dimos un “Me gusta” entendimos perfectamente la energía a la que se refería el autor. 2021 es un puño apretado.
Un año conviviendo con la pandemia y ya nadie espera salir mejor de ella: con salir, incluso un poco peores, nos basta. Obedecer como buenos ciudadanos ha servido para que nos sustituyan el canto de los pájaros por el ruido de los coches; para que todavía no podamos respirar sin mascarilla pero el aire ya esté contaminado de nuevo; para que sigamos asfixiados por el trabajo pero no podamos alegrarnos con los amigos; para que ya nadie aplauda en los balcones pero los sanitarios sigan contando muertos. La energía de este 2021 es que en algún momento alguien, algo, nos ha robado la cartera, y ahora alguien, algo, debería pagar por ello.
Solo hace falta capturar alguna conversación al vuelo para darse cuenta de que nos hemos convertido en ollas express andantes. No seré yo quien te critique si explotas contra el señor que se te cuela en la carnicería, pero quizás hayaotras opciones. Este número va de gente que en un momento dado se plantó y usó su presión para decir “no”. No a la ciudad, no a la injusticia, no a seguir el mismo camino. No a resignarse. No a la realidad.
Quedan todavía largos, muy largos meses de arrastrarnos a través de esto, pero la primavera ya está aquí, y a pesar del enfado y la frustración es difícil resistirse a su invitación de luz e insensatez. ¿Quién sabe? Quizás sí que podamos salir mejores. Con una mezcla de rabia y alegría, con los puños apretados y un “no” listo en los labios.
Guillermo.
Hace muchos siglos, las personas a las que les tocó vivir antes que a nosotros vieron que en esta época del año la noche era más larga que el día, pero que a partir de un momento concreto las horas de luz empezaban de nuevo a alargarse. Nuestra cultura abuela, la romana, fechó ese momento el 21 de diciembre y decidió celebrarlo en la festividad del Dies Natalis Solis Invicti, el Cumpleaños del Sol Invicto.
Hay algo reconfortante en la idea de celebrar el cumpleaños del Sol. No porque a él le haga más o menos ilusión, ni porque signifique que somos unos organismos agradecidos, sino porque es un recordatorio anual de lo inevitable. La bola de plasma ardiente que a millones de kilómetros de distancia calienta la superficie de este trozo de barro siempre vencerá a la noche, estemos sanos o en pandemia, estemos en paz o guerreando, estemos nosotros sobre el planeta o no. Ayuda a poner las cosas en perspectiva.
El Sol hace algo más por nosotros en esta época: nos regala un año nuevo. Es un regalo previsible, arbitrario y totalmente mágico: independientemente de la carga con la que llegamos a Nochevieja, a la mañana siguiente estrenamos un libro nuevo de 365 páginas, todas en blanco.
En el número de verano, cuando empezábamos a salir de la Primera Ola (¿recordáis cuando las Olas no estaban numeradas?), me preguntaba en una carta como esta si el 2020 nos serviría al menos para aprender algo. Este libro nuevo de 2021 es un buen sitio para repasar la lección. Al escribirlo veremos si hemos aprendido a usar mejor nuestro tiempo, a confiar más en la ciencia y menos en los charlatanes, a salir más al monte, a querer más a nuestro perro. O si no hemos prestado atención y repetimos el 2020, todo un bestseller.
En nuestras manos, en tus manos, está la pluma. Solo tú puedes rellenar tu libro. Y puedes escribir en él lo que te dé la gana, incluso las ideas que ahora mismo te parecen más locas e inalcanzables. ¿Quién hubiese imaginado un 2020? Y sobre todo, ¿qué más da? Al fin y al cabo, dentro de un año el Sol volverá a vencer a la noche.
Guillermo.
En un año lleno de muerte y oscuridad, agradezco que al fin haya llegado el otoño. Había algo antinatural en leer el conteo de los miles de fallecidos en una terraza bajo un cielo luminoso. Prefiero que el derrumbe interior esté en sintonía con la decadencia exterior. Coherencia.
Nadie podrá decir que no lo hemos intentado. Afectados, asustados, anulados por la enfermedad, llevamos lo que dura un embarazo apretando las tripas, aferrándonos al más mínimo asidero de esperanza para continuar, para vivir. Quisimos creer que todo saldría bien, quisimos creer que eso era un verano, hasta hemos querido creer que en alguna parte, en algún cajón, había un plan. Hemos querido creer hasta exprimir la última gota de ansiedad.
En cualquier otro momento, si a la protocolaria pregunta “¿cómo estás?” alguien me hubiese contestado “mal”, me habría preocupado. Ahora no. Ese “estoy mal” es un alivio, una señal de normalidad, un lugar de encuentro. En el décimo mes de 2020 tú estás mal, yo estoy mal, el mundo está mal.
Hace tiempo que se acabaron los aplausos a heroicos desconocidos y se descolgaron los carteles del “Todo va a salir bien”. Nada ha salido bien. Tras el trueno de la primavera pasó el verano más breve de nuestras vidas, y ahora estamos aquí. Afuera llueve, la luz se ha ido, las hojas caen, los campos se desnudan. Y el frío que sentimos por dentro no lo quita ninguna chimenea.
Cada año, durante los meses más oscuros, la vida se rinde. La decadencia cubre la naturaleza y lo vivo se refugia para rearmarse y coger fuerzas con el humus de lo muerto. Bien, que así sea. Nos han vencido. Estemos mal. Nos hemos ganado ese privilegio. Y que ese plan que buscábamos sea el del otoño: morir, parar, resurgir.
Guillermo.
Salimos de una primavera perdida a un verano improvisado. Cualquier plan estival ha saltado por los aires. Será un verano montado sobre la marcha, cercano, de volver la vista a lo próximo y mirar como si fuese nuevo todo lo que dábamos por sentado. Sobre el papel, no suena mal.
Volvemos al exterior como pequeños mamíferos tras la caída del meteorito, todavía inseguros de las reglas de este nuevo mundo. Es tiempo para reflexionar sobre lo que hemos perdido y sobre lo que, momentáneamente, recuperamos. Un virus ha derribado el sentimiento de invulnerabilidad y de estar fuera de la historia -los terremotos, las guerras, los tsunamis siempre le pasaban a los demás- en el que nos habíamos instalado, y nos ha recordado que nunca hemos dejado de estar sujetos al azar, a la enfermedad, a la muerte. A la naturaleza.
Mi tienda de plantas de confianza me dice que han vendido más que nunca: en cuanto reabrió, la gente se abalanzó a por algo verde, vivo y bello. El #4 de Salvaje, con su portada floral, agotó su tirada. Miles de trabajadores se cuestionan las horas perdidas en el desplazamiento diario a su oficina. En el replanteamiento forzoso de nuestra prioridades, parece que el tiempo, el espacio y la vida han escalado a lo alto de la pirámide. Valores de campo, absolutos, eternos, que La Máquina había escondido tras el ruido y la prisa. Quizás tres meses de confinamiento han servido para cambiar lo que le pedimos a la vida, o quizás sea solo un espejismo.
Este número de Salvaje se alegra de volver al monte, al mar, a la plaza, pero lo hace cojeando. Hemos sufrido mucho por haber olvidado dónde reside lo verdaderamente importante; este verano comprobaremos si hemos aprendido algo de todo este dolor.
Guillermo.
Nunca había visto el cielo de Madrid tan azul. Durante los diez días que estuve enfermo no me paré a mirarlo ni uno; mi cuerpo estaba encerrado sobre sí mismo, sin más interés que freír un virus a base de fiebre. Pero ahora que ya estoy recuperado agradezco cada rayo de sol que cae sobre esta bendita terraza y me fascina que Madrid, la gran metrópoli, tenga este azul de meseta. Que es donde está. A veces se nos olvida lo que somos por debajo de todas las capas que nos ponemos encima.
Me acuerdo de otro cielo castellano que conozco muy bien, el de mi pueblo adoptivo en Soria. Hay mucho cielo en mi pueblo. El mejor sitio para apreciarlo es el camino que pasa junto al cementerio, donde los cultivos de trigo y el azul celeste se reparten a medias el paisaje. A los lados del camino, cuando llega el calor, salen florecitas silvestres, muy parecidas a las que llevamos en la portada. Son pequeñas, brillantes, de tallo duro y a menudo con pinchos. No están para tonterías, pero no dejan de ser bonitas como solo pueden serlo las flores silvestres. Hace unos días vi en fotos que había nevado en el pueblo, así que el camino todavía estará sin decoración. Las flores estarán esperando, agazapadas, a que llegue el calor para salir y llamar a los bichos. Lo que llevan haciendo cada primavera, sin saltarse ni una, desde hace millones de años.
A la terraza llega de fondo el sonido del telediario. El confinamiento se alarga varias semanas más. Es un fastidio, pero no importa. Nosotros estaremos
esperando, agazapados y preparados, a que llegue la primavera para florecer. Es lo que hacemos los animales. Es lo que hace la vida.
Guillermo.
En Madrid, a 6 de abril de 2020, día 23 de confinamiento.
El pasado verano, en una de nuestras frecuentes visitas al pueblo vecino de Sarnago, a unos pocos kilómetros de donde vivíamos en las Tierras Altas de Soria, nos encontramos la inusual imagen de una tienda de campaña plantada en la era que hace las veces de aparcamiento. Cuando preguntamos a quién pertenecía, nos contestaron que era “de los franceses de la exposición”. ¿Cómo? ¿Franceses? ¿Una exposición? ¿En Sarnago?
Minutos más tarde, Hervé, Anaïs y Marine, “los franceses”, nos explicaban cómo habían decidido atravesar España en busca de “lo deshabitado”, y cómo de ese viaje habían nacido las fotos y pinturas que ahora exponían en la Casa del Maestro de Sarnago. Mi pareja, que tiene mucho mejor ojo que yo para la fotografía, me chivó que el trabajo de Anaïs era “perfecto”.
Mientras les escuchábamos me entró una especie de vértigo. Si en una comarca como la nuestra, de la zona cero de la España Vacía, había una exposición de ese nivel artístico, ¿qué estaría ocurriendo en la comarca de al lado? ¿O en la provincia contigua? ¿O en otras comunidades? ¿Cómo enterarnos? ¿Cómo contar todas las exposiciones y proyectos y empresas e historias que están sucediendo en los pueblos de España, esos que supuestamente están muertos pero que a poco que te arrimes ves que bullen de vida?
Decimos muy a menudo que el campo está lleno de historias que solo necesitan alguien que las cuente, y esta anécdota de Sarnago es solo un ejemplo. Salvaje es un intento por contar algunas de ellas, pero hay tal abundancia que nosotros solos no nos bastamos. Por eso os necesitamos, y queremos que este 2020 sea el año de tejer red, de ponernos en contacto con todos vosotros y aprender de todo lo que tenéis que aportar. El primer paso para ello es llegar a mucha más gente, y por eso vamos a embarcarnos en proyectos más allá del papel, como un pódcast que preparamos para Podium Podcast, en un formato que nos encanta porque nos permitirá reflejar la riqueza de nuestra tradición oral.
Mientras tanto, os esperamos en hola@revistasalvaje.com, para que sigáis contándonos historias que alimenten ese vértigo.
Guillermo.
¡Hola!
Han pasado algo más de cuatro meses desde la última vez que os escribimos, algo singular en una revista trimestral. Lamentamos el retraso, pero tras el frenesí que supusieron el crowdfunding y el lanzamiento del primer número, nos hemos querido dar un poco más de tiempo para, a la vez que establecíamos las bases de un proyecto de largo recorrido, elaborar un #2 que estuviese a la altura del #1, como mínimo.
También hemos tenido que aprender a gestionar nuestro pequeño éxito, algo que no estaba entre nuestros planes. Vuestras palabras de ánimo han sido apabullantes y la acogida que le disteis al primer Salvaje, con tirada agotada incluida, nos pilló totalmente por sorpresa.
Así que, con esa presión del difícil segundo disco, nos hemos esforzado en elaborar una revista con lo que más os gustó de la primera (el diseño, las ilustraciones, los enfoques) y que a la vez recoja vuestros comentarios y críticas (más problemática rural, más literatura, ¡y por supuesto la letra más grande!).
Y aquí está. Desde este lado del papel creemos que hemos conseguido un número del que podemos estar tan orgullosos como del primero, si no más. Todavía nos falta lo más importante, escuchar vuestra opinión (escríbenos a hola@revistasalvaje.com), pero por encima de todo estamos muy felices de haber conocido a nuevos fotógrafos, ilustradores y autores, algunos de ellos surgidos directamente de esa red de corresponsales salvajes a la que os invitamos hace unos meses.
Esa riqueza y variedad de talento confirma la tesis principal y razón de ser de Salvaje: que el campo español está muy vivo, y está lleno de lugares, historias y gentes interesantes. Ojalá os lo podamos seguir confirmando por muchos, muchos trimestres más.
Mariu, Luis y Guillermo.
¡Hola!
Tienes en tus manos el primer número de Salvaje, una revista en la que llevamos trabajando más de un año, y que gracias a ti se ha hecho realidad.
Es muy probable que seas una de las más de mil personas que nos ha ayudado a nacer, aportando al crowdfunding que lanzamos en abril. Si es así, muchísimas gracias, no lo olvidaremos. Y si has llegado a nosotros ojeando revistas en una librería o a través de nuestra web revistasalvaje.com, también te estamos muy agradecidos. Los primeros salvajes sois valientes por apoyar una publicación tan joven. No teníamos ni idea de cómo iba a resultar la aventura, y vuestro apoyo ha desbordado nuestras previsiones más optimistas.
Esperamos de corazón que os guste este número. Nos hemos esforzado en buscar los mejores escritores, ilustradores y fotógrafos para contar historias interesantes, emocionantes, verdaderas y con olor a hierba. Algunas de esas historias son optimistas, otras no, pero todas están lejos de la resignación asociada tradicionalmente al medio rural y natural español del que estamos enamorados. El campo tiene futuro y tú estás ayudando a escribirlo.
Te invitamos a alejar el móvil, buscar un buen árbol en el que sentarte a su sombra y leer este primer Salvaje con calma. Después, cuéntanos qué te ha parecido en hola@revistasalvaje.com. Apenas acabamos de emprender el vuelo, y queremos oír tu opinión para mejorar y llegar más alto.
Gus, Andrea, Delia y mamá: esto es tan vuestro como nuestro. Y a los demás: gracias, y bienvenidos al campo. Bienvenidos a vuestra casa. Bienvenidos a Salvaje.
Mariu, Luis y Guillermo