Artículos>Guía
Ilustración
Emma de la Fuente

Cómo empinar el codo

En el corazón de cualquier bacanal rural —donde el barro se pisa con orgullo, la verbena marca el ritmo y las botas de vino envejecen con elegancia— aparece una figura de vidrio que convoca al ritual: el porrón. No es solo un utensilio para beber, sino un símbolo compartido, una pieza de diseño cargada de intención y, sobre todo, un manifiesto líquido que celebra el acto de beber en comunidad. ¡Qué no falten en tus mesas veraniegas el vino, un porrón y buena compañía!

El verdadero motivo del porrón

Ilustración de estilo cómic dividida en viñetas sobre fondos de colores vivos, en las que una persona bebe a chorro de un porrón en distintas posturas.

Beber a gallete —también llamado a gargallo— es un acto de entrega, de confianza y de torpeza poética. Los romanos ya lo hacían para honrar a Baco, y hoy, siglos después, nosotros lo recuperamos para celebrar la misma ebriedad comunitaria, aunque menos mitológica y más costumbrista. Porque beber sin tocar, dejando caer el vino desde el aire hasta la garganta, es un arte que ha sobrevivido gracias a la liturgia rural.

El porrón —ese híbrido entre botella y cuerno de vidrio— representa la evolución estética y funcional del viejo ritón griego. Joan Amades, destacado etnólogo y folclorista, ya lo dejó escrito allá por el 1938 en su libro El porró, igual que los estudiosos contemporáneos de este objeto como Josep Maria Rovira Valls, autor de El Porró: de Poblet a Nova York (Cossetània) y Salvador García-Arbós en su recién publicado Història Galàctica del Porró (Vipob) recogen que se trata del primer sistema pulcro y salubre de beber: la arqueología informa de que ya se bebía a gargallo desde muchísimo antes de la existencia del porrón. Sin embargo, es intrigante cómo el acto de empinar el codo a distancia ha perseverado como costumbre en Cataluña y no en otras zonas como en Nápoles, que en su Museo Arqueológico Nacional conserva un fresco Herculano del siglo I de un hombre bebiendo a gargallo con un ritón en alto.

El ejemplar de porrón más antiguo conservado —del siglo XV— descansa en el Monasterio de Poblet (Tarragona) aunque en su día sirviera para aliviar gargantas enfermas, no para provocar la fiebre del vino. Según Rovira Valls, fueron casi 300 años de vacío entre esta fecha y la proliferación de los porrones de vidrio del siglo XVII, que se socializaron a partir del auge de los vidrieros catalanes establecidos en Barcelona, Perpiñán, Mataró y más tarde en Mallorca y Valencia.

Desde el viejo Reino de Aragón —cuna vitivinícola donde las viñas se trenzan con historia— hasta cualquier casa con alma de fiesta, el porrón ha sabido viajar y ha sido artista invitado en muchas sobremesas. Picasso lo veneraba por su carga erótica; Dalí por su sinuosidad; y Josep Pla, el payés universal, escribía en 1949 en Viaje a pie cómo lo primero que hacían los pescadores catalanes al llegar a puerto era pedir a gritos un porrón de vino. Se pasaba de mano en mano y se bebía de él cuanto se quería, sin importar de quién fuera o quién invitara al sorbo. Según Pla, el porrón formaba parte de “una manera de ser generosa y alegre” que ya hace 70 años se estaba perdiendo en favor de una sociedad quizás más fina, sí, pero también más individualista mediante la copa.

Dime de qué porrón bebes y te diré de dónde eres

El porrón no es único. Como el acento o el pan de cada comarca, su forma y vidrio varían. Hay porrones de cuello recto —como el clásico catalán o el mallorquín de colores vivos— y porrones curvados, más canónicos, los del padrí que heredan los ahijados sobreviviendo entre generaciones como un secreto a voces. Está el porrón valenciano, redondeado como una aceitera, y el del Rosellón, rectilíneo y austero. Está la porrona, descomunal recipiente de vidrio con color verde o marrón, que requiere bíceps, paciencia y espíritu olímpico. Incluso hay versiones modernas con cámara para hielo o adaptaciones de laboratorio, porque la ciencia también quiere beber a chorro. El caïm o carlí es como se conoce a la cualidad de un porrón por emanar poco y fino. Y sí, también existe el Porrón Pompero, ese gadget* diseñado por Hèctor Serrano que es un envase o tapón que se fija a la botella con dos salidas, una de fina para beber a gargallo y la otra de cuello más grueso ideal para decantar el vino.

Si piensas como George Orwell preferirás el tinto para el porrón, pues en su libro Homenaje a Cataluña dejaba claro que este utensilio le resultaba un orinal cuando se llena de vino blanco. Aunque el tinto suave sea el compañero tradicional —ideal por su estructura amable y su baja acidez—, el porrón también se presta al juego con blancos afrutados, claretes risueños e incluso con cava o ancestrales. Los espumosos, si se vierten con maestría, explotan en la boca como fuegos artificiales que anuncian el verano. ¿La clave? Que el líquido caiga directo sobre la lengua y que la temperatura sea la del instante.

Ergonomía del bebercio

Beber en porrón requiere técnica y fe para saborear el vino y respirar al mismo tiempo; los pasos a seguir, sencillos:

  1. La postura es vital: cuello estirado, barbilla al frente, coronilla hacia atrás, hombros relajados.
  2. La posición de la boca aclara el nivel de ruralidad del bebedor: la parte izquierda del labio inferior queda ligeramente descolgada lo que ayuda a adelantar la mandíbula y facilita la puerta de entrada al vino.
  3. Se agarra el porrón y se levanta a la altura de nuestros labios, a una distancia prudencial que asegure el tiro sin tocar el porrón con la boca, más adelante se puede agrandar la distancia mientras se bebe, poco a poco. O, para los confiados, se comienza directamente a una distancia de dos palmos de nuestra cabeza.
  4. Hay que apuntar con decisión, sin miedo. Es importante no mover la cabeza, es el brazo el que asciende para inclinar el porrón y en todo caso la muñeca puede inclinarse ligeramente para dejar caer el chorro de vino (todo dependerá de lo lleno que esté el porrón).
  5. La boca, recordamos que con el labio inferior izquierdo bajado, traga y sigue el hilo sin tocar el vidrio. Quien logra mantener seco el pecho es digno de admiración. Quien se mancha, está en el camino del aprendizaje.
  6. Es momento de separar el porrón y lucir chorro, a más distancia el trago es más largo y admirable. Los verdaderos expertos no se conforman con lo básico. Levantan el porrón alto, muy alto, y lo inclinan con precisión quirúrgica. El vino vuela. Si no hay manchas, hay ovación.
  7. Con un ligero movimiento de brazo, cambiaremos la inclinación del porrón para que el líquido deje de chorrear y así volver a la posición inicial para comprobar en qué nivelestamos.

Y si el nivel pro ya no emociona, toca el desafío mayor: dos porrones, uno en cada mano, apuntando a la misma boca. Funambulismo etílico solo recomendado para quienes ya hayan aprobado el máster de beber sin pestañear. Los más osados practican el cruce de porrones, estilo novios, bebiendo entrelazados a gallete. Una escena tan surrealista que Dalí habría firmado el cuadro con una sonrisa torcida.

Porrón, arte y política del trago

Beber en porrón no es solo una práctica folclórica, es una declaración política: del nosotros frente al yo, de la rusticidad frente a la sofisticación insípida, del vidrio frente al plástico. En tiempos donde el individualismo es religión y la copa de vino se llena en silencio, el porrón sigue pasando de mano en mano. Es generoso, democrático, antiséptico. Una metáfora líquida de lo que aún nos queda de tribu.

Así que la próxima vez que vayas a una fiesta, no olvides tu porrón. Aprieta el cuello, estira la barbilla y deja que el vino, ese viejo cómplice, trace su hilo sobre tu lengua. Porque en ese gesto simple y ancestral se esconde todavía la alegría de estar juntos.