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Texto y fotos
Marta Goro

Diario de una bombera forestal

El año pasado comencé a trabajar de bombera forestal. Todavía no sé explicar del todo cómo terminé en esta profesión. Se juntaron varias cosas: amigos que llevaban años en las campañas y pensaron que podría interesarme; mi propio vínculo con lo rural y con la tierra; y la certeza de que aquel verano no tendría grandes planes, así que, de paso, combatiría una soledad que ya veía venir.

La idea de llevarme mi cámara no ocurrió hasta el primer día de campaña. Mis proyectos fotográficos siempre han nacido de lo mismo: capturar instantes de lo que me rodea para entenderlo, habitarlo, transitarlo con conciencia. Así que con esta finalidad preparé mi Konica, varios carretes Kodak Gold 200 y los metí en una pequeña mochila que me acompañó durante todo el verano.

La vida cotidiana en la base de Torremocha/16.69, en la Sierra Norte de Madrid, me resultaba fascinante porque llegaba sin ideas previas de lo que significaba ser bombera forestal. Desayunos en la cocina —nuestro lugar de encuentro—, cambio de ropa y rumbo a las prácticas: tendido de mangueras, líneas de defensa, marchas con el sol abrasador, simulacros imaginando cómo se comportaría el fuego, bifurcaciones rápidas para contener un segundo foco.

La vuelta a la base para comer, a veces cocinando juntos, celebrando cumpleaños o simplemente porque era domingo. Después: siesta, lectura, aburrimiento, estudiar… o mirar el móvil, esperando a que pasara el tiempo.

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A las cinco, ruta por el área de primera intervención: paisajes infinitos desde la ventanilla del camión. Muchas veces con merienda: mi verano tuvo sabor a sandía. Al caer la tarde, deporte: un bádminton sin ganadores, donde siempre se imponía la risa. Y, al final, tras 10 horas, la ducha y el regreso a casa. Todo acompañado del ruido constante de las emisoras:

“Clave 6 en base.”
“Clave 2 al incendio de El Molar.”
“Atalaya observa una columna de humo en Torrelaguna.”

“16.69. Póngase en clave 2 al incendio de Loeches” y la rutina se rompió. Mi primer incendio fue intenso en todos los sentidos. Estaba nerviosa pero segura a partes iguales. En el trayecto, con las sirenas a todo volumen y mientras nos poníamos el EPI, yo además me ocupé de cambiar el carrete para tener las 36 tomas listas. Al llegar apagamos un pequeño foco en un pasto. En la breve espera a nuevas órdenes un compañero de la brigada y yo vimos movimiento entre unos arbustos. Me acerqué corriendo y vi la imagen que ni quise ni pude fotografiar: un perro agonizando, con el pelo quemado y apenas capaz de respirar. Sus ojos no se distinguían por la hinchazón de la cara. Sin dejar de llorar lo acompañé durante media hora hasta que llegó la veterinaria del municipio. Aún recuerdo cómo le repetía que estaba con él, que no iba a morir solo. Y el olor… eso ojalá algún día se borre de mi memoria.

Con el corazón removido, regresé al frente. Tocaba atacar el incendio por el flanco izquierdo. Me recompuse, hice mi parte. Horas subiendo mangueras por una loma, empalmando líneas mientras los hidroaviones FOCA y los helicópteros nos sobrevolaban descargando agua a pocos metros. Un caos organizado de color amarillo. En los descansos —y solo entonces— pude hacer algunas fotos. La cámara y la manguera no caben juntas en las manos. Esa es la dualidad de ser bombera forestal y fotógrafa.

Así transcurrió mi primera campaña, y decidí repetir.

Hoy, en agosto de 2025 y a un mes de terminar, todo se siente distinto. No solo porque yo ya no soy la misma, también porque la rutina que el año pasado me fascinaba ahora la vivo con otros ojos. Mi mirada es más madura, menos romántica.

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Este verano también ha estado atravesado por una lucha que antes apenas intuía. Ser bombera forestal no es solo enfrentarse al fuego: es convivir con una precariedad que se arrastra desde hace demasiado tiempo. Los salarios son ridículos para el riesgo que asumimos. Las lesiones derivadas del esfuerzo constante rara vez se reconocen —en mi caso, una tendinitis que apareció en el primer mes y todavía arrastro—. El convenio lleva obsoleto desde 2008. Muchas bases están en condiciones que rozan lo indigno. Y casi la mitad de la plantilla es eventual: cuando llega septiembre, deben buscarse la vida como si estos meses no contaran. La Comunidad de Madrid externaliza el servicio y solo se acuerdan de nosotros cuando la sirena suena y el monte arde. Después, silencio.

El monte ha ardido demasiadas veces: mucho sudor, rostros ennegrecidos, humo en la garganta. Cientos de arañas huyendo sin rumbo sobre el pasto quemado, una polilla aturdida girando en círculos al amanecer, la luz vacilante del fuego recortando sombras en la oscuridad. Agua, barro, cansancio acumulado.

En estos dos años de rutas, tierra y cenizas he intentado comprender el monte, y lo que he visto es abandono. Ya no hay ganado pastando; las zarzas y los cardos se adueñan de lo que antes era campo abierto. Es el relevo generacional que no llega, las restricciones absurdas a lo rural, el vaciamiento de pueblos que solo se llenan en verano como lugares de recreo.

Ser bombera forestal me enfrentó a miedos y límites, y me devolvió a una versión de mí capaz de sostenerse y resistir. Mis fotografías son un pequeño testimonio de esa resistencia: del monte, de la profesión y de lo que merece ser cuidado y observado, incluso cuando todo parece arder.