Con la pandemia llegaron los picnics. Eran el único reducto de Verdad en el que podíamos vernos sin miedo. Nos llevaban de la mano a una ilusión campestre que nos era absolutamente ajena. Nunca antes habíamos respirado aire tan puro dentro de la ciudad. Crecían plantas en las grietas del asfalto; las enredaderas dejaban de precipitarse hacia arriba, huyendo del humo, y se desmayaban hacia abajo, acariciándonos la cabeza y los pies.

Nos juntábamos en corro, alejados unos de otros, mirándonos muertos de risa y, al mismo tiempo, al borde las lágrimas. Al principio nos esforzamos en manteles de cuadros vichy y pan hecho en casa, baba ganushes cuidadosamente vertidos en tápers de cierre hermético y caña de lomo acompañada de tabla de cortar y cuchillo rabón. Alguien descorchaba una botella. Brindábamos sin entrechocar nuestras copas, lo cual no es propiamente un brindis, ya que popularmente se dice que en el brindis el choque sonoro y la salpicadura en la que el vino cae de una copa a la otra son imprescindibles, puesto que es la forma de que el vino de uno caiga en la copa del otro la que nos da la certeza de que el otro no es un otro sino un amigo, y que en caso de haber vertido veneno en nuestra copa el trasvase de las gotas hará que no pueda beber de su propio vaso. Nos habían dicho que nadie debía ser salpicado por el vino, la saliva o las caricias del otro, porque en aquel momento cada uno de nosotros podía ser portador del virus caprichoso, veneno letal. Acompañaba el picnic, mientras caía la noche, la conversación reposada de los que están asustados ante la vida e intentan mantener la compostura a toda costa. Una alegría que, al ser controlada (la efusividad, dijeron en la tele, llevaba a la muerte), no era alegría sino sonrisa dócil. La alegría mansa no es alegría, si acaso un alivio, como cuando tienes un cólico nefrítico y te retuerces y de pronto te deja de doler un poco, solo un poco.
Un día, una amiga apareció de entre las sombras con una sandía gigante y un cuchillo, como una amazona fiera y hermosa. Ya hacía calor, y su escueto mono enterizo de color marrón quedaba completamente oculto tras la enorme sandía, haciéndola parecer desnuda, tribal, la aparición en un grabado de Blake asomando entre la hojarasca perenne del Retiro. Cuando hincó el cuchillo en la piel dragoniana de la fruta, pareció que lo hacía en su propio cuerpo. Brotó el jugo rojo, entraña dulce de un carácter que se había ido amargando a patadas de teletrabajo y soledad en un piso poco luminoso. Bebimos la sangre de fruta que nos salpicaba mientras ella seguía hincando el filo una y otra vez, con un afán que ya no era práctico ni tenía afán culinario, era sólo rabia.»No me he duchado ni me voy a duchar», escribió alguien después, tras el toque de queda, en el grupo de WhatsApp ODA AL PICNIC. Las contestaciones llegaron en un campanilleo de cascabeles atados a los tobillos del brujo de la tribu: «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». Dormimos con el pelo encachazado de azúcar rojo, intentando asir el recuerdo del edén. Seguro que Adán y Eva no se ducharon hasta meses después de haber abandonado el paraíso; había que mantener cada partícula de suciedad para tener una prueba compulsada de que Aquello había existido.
Más tarde, las formas empezaron a no importar. El mantel de cuadros vichy fue sustituido por un hule resistente, y más tarde por nada en absoluto; no hay nada que absorba el sudor animal mejor que la tierra. Una compraba en una charcutería un taco de lacón que devorábamos a mordiscos. Otra traía los restos de un cocido en un bote cristal que antes había sido de pepinillos. Un filete seco envuelto en papel de plata. Un día, un táper que contenía, en una esquinita, una tortilla francesa arrugada como una vieja tímida nos hizo revolcarnos de ternura y risa. Pero ese era el camino, y debíamos seguirlo: había que abandonar todo lo que el picnic tenía de impostura, olvidar la planificación, la presentación y la practicidad de los platos. El proceso ya no era culinario, ni siquiera amistoso, sino una transmutación del alma, y el propósito era acelerarla, precipitarnos en la búsqueda para llegar cuanto antes al final. ¿Cuál era el final? No lo sabíamos bien, pero pegábamos manotazos en esa oscuridad. No podíamos besarnos, pero podíamos cantarnos canciones dedicadas a dos metros de distancia. Brujería, de Caterina Valente. Celos, de Rebequita la Bonita. Una de Los Panchos. No podíamos tocarnos, pero podíamos desnudarnos y observar el cuerpo del otro. No podíamos toser cerca del otro, pero sí subirnos a las copas de los árboles. ¿Quién iba a impedirlo?
Peter Linebaugh, historiador que habló sobre el origen del 1 de mayo en Madrid, dijo hace muchos años que la primavera era época de renovación de los votos para con la tierra y la sociedad. Prueba de ello eran las llamadas jiras, reuniones campestres en los parques de la ciudad en las que las familias obreras cantaban, tocaban la guitarra, merendaban y se merendaban el mundo en conversaciones en las que la furia social era inevitable y terminaba brotando en forma de mítines bajo las arboledas. ¿Era nuestra parodia de vuelta a la naturaleza en forma de pies descalzos en el parque lo que provocaba pequeños mítines internos, la sangre de animal haciendo pum pum en las arterias del obrero enfurecido, aventando los agujeros de la nariz llenos de hollín? ¿Lloraban los obreros igual que llorábamos nosotros cuando daban las 10 de la noche y había que correr por las calles para llegar a tiempo a casa antes de que un policía nos interceptara?
Pero había referentes propios que nos estrechaban más fuerte que Peter Linebaugh. La adolescencia, cuando subir al monte devenía en botellones salvajes y, en el momento en que el ron cola y el whisky seven up dejaron de ser efectivos para huir de las responsabilidades que ya empezaban a imponerse, de las horas con el cuerpo inquieto enraizado en un pupitre, también en sesiones de “muerte súbita”.
Ponte en cuclillas, mira al suelo, coge y suelta aire en tramos cortos, jadea, jadea, jadea. Incorpórate. Entonces alguien te presionaba ambos lados del cuello para cortar el flujo sanguíneo. No era necesario apretar durante mucho rato: enseguida el cuerpo cedía, se aflojaba en los brazos de quien estuviera detrás. El que apretaba era el brujo; el que recogía, camillero. Ahora me toca a mí ser brujo. Nuestra inconsciencia llegaba hasta un límite, así que enseguida había que abofetear la cara del viajero astral desmayado, que volvía al mundo en shock, manteniendo apretado en los puños ese mundo vislumbrado durante segundos -que en el desmayo eran horas- y que se veía incapaz de relatar. Sólo le brillaban los ojos. Alguien alguna vez rompió a llorar nada más despertar: «Quiero volver allí y quedarme». Los pocos que pudieron traducir a palabras la impresión de ese mundo hablaban de hojarasca, ramas, el aire tibio de una selva en la que no existían la física, la química, la LOGSE, los padres con cara de «la has vuelto a cagar», ni siquiera la extrañeza y la repulsión al propio cuerpo cambiante. Nadie pudo alcanzar de nuevo la naturaleza mítica a la que llevaba la falta de oxígeno en el cerebro, ni siquiera mucho más adelante, a través de los psicotrópicos.
Dos años después ya estábamos convenientemente enganchados al carril asfaltado del existir. Empezó a haber algo en el presente o en el futuro que nos importaba, una fantasía que cumplir, la media de calificaciones de bachillerato, las notas de corte. Nos convertimos en malísimos salvajes que planificaban alquilar un apartamento en el sur de la isla tras la Selectividad. Como consecuencia, empezamos a narrarnos aquel apretar el cuello hasta desmayarse como un acto de inconsciencia. Nos lo reprochábamos a nosotros mismos de forma retroactiva. Negamos la selva (aunque todos, sin excepción, la recordábamos, y acudimos al recuerdo de la misma minutos antes del examen de Latín, las manos entrelazadas, los ojos cerrados, en mitad del pasillo menos transitado del instituto). Después salieron las notas y nos dispersamos por la vida real. Me niego a quitarme Facebook porque es el único lugar en el que puedo asomarme a los perfiles de aquellos que también privaron de segundos de oxígeno a su cerebro para ver la misma selva que yo, y ellos no se quitan Facebook porque yo me desoxigené para ver la misma selva que ellos. Ahora, con casi 40 años, azotados por la vida en cubículos cerrados, los picnics que ya no son picnics acarician suavemente la imagen de aquella selva. ¿Será muy malo apretarnos el cuello ahora, quitarle oxígeno a unos cerebros que ya empiezan a olvidar cosas, cerebros que buscan y buscan y buscan el móvil durante 10 minutos y resulta que lo tenían en la mano?
Y, yendo aún más atrás, el picnic que empieza a ser excusa para lo salvaje nos trae el potencial asalvajador de los campamentos de infancia. Ahí late una historia lejana. ¿Es cierta o me la he inventado? Carraspeo de cerebro. El recuerdo brotando: me la contó un compañero en un campamento scout (¿hay una vivencia de lo salvaje más forzada que el precepto scout, niños a los que se les empuja a ser exploradores ingleses de perfectas maneras y blusa impoluta, niños aprendiendo la naturaleza en frases memorizadas?). Nos habían castigado por hablar durante la noche. Nos habían sacado de la tienda de campaña agarrándonos con furia por el lugar donde se sacude a los cachorros cuando se portan mal. Nos habían puesto a cada uno en un árbol, la felpa ligera del pijama de entretiempo contra la corteza rugosa. Metí los brazos dentro de la camiseta del pijama y las mangas quedaron colgando, vacías y laxas, como mostrando mi impotencia ante el sistema. Y entonces el niño del árbol de al lado comenzó a hablar. Iba arrastrando las palabras. De La Habana, de La Habana viene un barco cargadito de ira. Habló de un niño castigado en un campamento scout. Habló de una niña castigada en un campamento scout. Contó cómo abandonaron sus árboles de castigo y se internaron en el bosque para no volver. Después vinieron referencias paradisíacas, edén sin manzanas, culebras inofensivas. Ellos dos siendo libres, despojándose de la camisa azul, el pañuelito al cuello, la gorra. Fuck you, insignia Mowgli, símbolo de todo lo contrario de lo que debería ser un niño salvaje. Cuando estábamos a punto de echar a correr y no volver a ver más ni a nuestros padres ni a entrar a salas de profesores llenas de humo para que nos retiraran un castigo, la monitora llegó y nos reintegró en el mundo que habíamos estado a punto de abandonar.
Ahora, inmersa en un picnic en el que empieza a sobrarnos la ropa y el humus del Mercadona es tomado directamente del envase, hincando la lengua, me doy cuenta de que aquella historia era una salida a la humillación que suponía la domesticación de los animalillos salvajes, y que ahora, corriendo desnudos entre los arbustos podados por el servicio de jardinería, estamos haciendo lo mismo. Pienso en ese niño ya adulto -tenía tres pecas, un pequeño mechón blanco de nacimiento en la parte posterior del cráneo- teletrabajando en un piso sin luz y no puedo menos que entonar lo que años atrás cantamos juntos en el autobús que nos devolvía al asfalto y a la vida real:
Ani kuni shaaua ni
ua ua ua nika ua ua ua
Ani kuni shaaua ni
ea la uni
mi si ni
ANI KUNI
ANI KUNI
ANI KUNI
Mis compañeros de picnic se la saben, vosotros os la sabéis, así que nuestras voces se elevan a coro por encima de las copas de los árboles. Es de noche y los guardas del parque no nos encontrarán.
Pronto nos dimos cuenta de que los picnics iban más allá de la ilusión del viaje a la campiña: no nos liberaban de las correas de la pandemia, sino de algo que nos tenía atrapados desde hace más tiempo: la urbanidad, el civismo, las ataduras, las ropas. La pandemia había llegado para civilizarnos cuando ya parecía imposible cumplir más normas; para angustiarnos cuando ya practicábamos la autolesión de la exigencia de productividad y los experimentos alimentarios («Ahora voy a dejar todos los hidratos», había dicho alguien, y no habíamos sabido quién era porque con mascarilla todos éramos ventrílocuos); para individualizarnos aún más de lo que ya estábamos en los metros cuadrados de nuestros cuerpos, de nuestros pisos y de nuestras cuentas de Instagram.
Cambió el viento. Llegó el verdadero calor. Ya no se hablaba de oposiciones a enseñanza media y bibliotecas, sino que, cuando oscurecía lo suficiente, procreábamos entre los árboles. Creíamos que nuestros sistemas reproductivos no responderían del todo, envejecidos de más por la ansiosa promiscuidad del capitalismo y por la compresión pélvica de tantas horas frente al teclado, pero, de todas formas, la precaución se había esfumado, el musgo de las rocas la había absorbido. La extrema civilización a la que nos habían llevado nos había chamuscado los cables, y ahora sólo podíamos coger los restos y hacer una trenza carbonizada. El parque, ese bosque urbanizado, era el territorio en el que revertíamos nuestra domesticación, actuando como nuestros ancestros animales.
Y de pronto, en los últimos segundos del toque de queda, alguien formulaba una ridiculez que todos sentíamos muy adentro: «Quiero vivir aquí». Lo decía con ojos húmedos, las pestañas pegoteadas de llorar de risa, manos y boca implorando un poco más, un poco más, señor agente, como si el parque fuese la selva y la selva toda fuese un cumpleaños a los ocho o los nueve, cuando se le empieza a coger el gusto a la fiesta, y una, borracha de sugus diluidos en Fanta, arañaba el brazo de su madre, arrastraba los pies: «Mamá, un ratito, solo un ratito más». Era eso, sí: en los meses de claustro, yoga y Zoom habíamos desaprendido la diversión colectiva, la brisa en el rostro, los juegos del lenguaje en directo, y ahora éramos ochoañeros que abrían mucho los ojitos ante una golosina nueva. Dame más azúcar de colores, más. Suélteme el brazo, señor agente.
Una noche, entre árboles oscuros, vimos algo que espejeaba: un lago pequeño y negro nunca visto en el Buen Retiro. Pensábamos que sólo existía ese rectángulo central con barcas y borrachos ahogados en el fondo. Pero no: ese agua más pura, rodeada de rocas que creaban la ilusión de un lago natural, estaba ahí, invitándonos. Nos santiguamos como abuelas porque no conocíamos otra manera de encomendarnos a un dios. Lago, tráganos y sálvanos. Juro que caminé sobre los cuerpos de otros que ya se habían entregado a él. Sentí los miembros que descansaban con el alma muy lejos de allí. En el último paso antes de entregarme por completo, alguien pisó cristales rotos de botella. Al contrario que el ámbar de Parque Jurásico, que era el elemento clave para revivir la civilización dinosáurica, el cristal ambarino de Mahou que hirió el pie de mi amiga nos devolvió eso que se llama cordura, quizás porque es precisamente como una cuerda que nos arrastra de nuevo a la urbanidad, a las buenas maneras, a la ropa puesta, al cada uno a su casa a ducharse y olvidar, al parque como reducto de campo controlado, todo lo contrario a una selva.
Ahora estoy lejos, en un bosque real de Aquitania. La ciudad era inhabitable, aunque algunos permanecieron allí, y mandan a veces al grupo de WhatsApp ODA AL PICNIC fotos de picnics reconstruidos. Volvió, por necesidad de cordura, de agarrarse a algo, el mantel con cuadros de vichy. Las sonrisas son forzadas, llenas de miedo. Las mascarillas cuelgan al fondo, en las ramas de un árbol, como si fueran sus frutos. Beso en la pantalla el rostro de cada amigo asustado. Yo también tengo miedo. En mi bosque de ahora, bosque galgo salvaje, añoro el pinar domesticado, mi parquecito de ciudad perrito faldero de pronto enloquecido que se revuelca y huye. Es más sorprendente que un can de mesa camilla y andar pausado se precipite de pronto a la jungla que lo haga un perro fiero con músculos a prueba de tarántulas. Por eso ahora, en el bosque real que me acoge, me desnudo, trepo un poco a un árbol, me acomodo en una rama, aúllo hacia el horizonte un grito que es de dolor y recuerdo. A lo lejos, muy lejos, mi parque me escucha. Cierro los ojos. Puedo verlo. A lo lejos, muy lejos, hay un mantel de cuadros. A lo lejos, muy lejos, hay un táper abierto, una tortilla de patatas que palpita con mi grito, que se retuerce, se comba, trepa por los límites del táper, repta sin que nadie la vea hasta internarse entre los arbustos.
