¿Necesitas resolver un problema? Date un paseo.

No necesitas un cerebro si no te vas a mover. Para que te hagas una idea, el neurocientífico Shane O’Mara comienza su libro In Praise Of Walking hablando de las ascidias. Estos animales marinos tienen un pequeño cerebro en la etapa larvaria, cuando nadan buscando alimento. Al hacerse mayores, quedan fijas en las rocas y lo pierden.
El cerebro nos ha servido a los animales para buscar alimento, orientarnos, huir de los depredadores y comunicarnos con los demás. Si nos hubiésemos quedado quietos, pegados a una roca, no lo habríamos necesitado, por mucho que ahora nos quedemos quietos muy a menudo, pegados al sofá.
Una de las mejores formas que tenemos de ejercitar este órgano es, precisamente, usando los pies y caminando. Andar al menos 30 minutos cuatro o cinco veces a la semana “proporciona cambios positivos significativos, pequeños, pero acumulados en la salud de los pulmones, el corazón y, especialmente, el cerebro”, escribe O’Mara.
Algunos de los beneficios de caminar son comunes a todo ejercicio físico: el corazón late más deprisa, llevando más sangre y oxígeno a todo nuestro cuerpo, incluido el cerebro. Mejora nuestra memoria y nuestra atención, además de nuestro estado de ánimo. Y ejercitarnos de forma periódica, aunque sea suave, contribuye a generar y fortalecer conexiones entre las neuronas.
De hecho, con solo ponernos de pie hay cambios inmediatos en la presión sanguínea y la actividad cerebral. Además de en la salud de nuestra espalda: los habituales (y modernos) dolores lumbares están relacionados con todas las horas que pasamos sentados, según apunta Daniel Lieberman en La historia del cuerpo humano.
Todo lo que hace el cerebro cuando parece que no hace nada
Pero caminar tiene sus propias ventajas, aparte de que solo es necesario calzado cómodo y algo de suelo para no caer al vacío.
De entrada, no requiere esfuerzo y concentración, al ser “una forma de ociosidad activa”, escribe O’Mara, por lo que nuestra atención puede distraerse. Estas ensoñaciones no son inútiles: nos ayudan a resolver problemas y a prepararnos para cualquier tarea mental. Como escribir un texto sobre las ventajas de caminar, por ejemplo.
El cerebro tiene dos modos básicos de trabajo: el activo, ejecutivo, que es el que usamos para resolver tareas en las que estamos metidos; y el “por defecto”, que se ocupa de las ensoñaciones, las divagaciones y la memoria autobiográfica. Este es el que se activa cuando creemos que no pensamos en nada, pero en realidad es una parte fundamental de nuestra actividad cerebral porque nos ayuda a pensar de forma creativa, integrando y combinando información.
Caminar “es una de esas oportunidades en las que pueden surgir asociaciones extrañas, pero creativas, de diferentes partes de las redes semánticas del cerebro que procesan la memoria y el significado”. Así, la divagación es una forma de “pensamiento divergente”, ya que nos permite alejarnos de las soluciones convencionales.
Hay muchísimos ejemplos de personas que pensaban con las piernas: por citar algunos paseadores clásicos, Immanuel Kant, Jean-Jacques Rousseau, Friedrich Nietzsche, Bertrand Russell, Henry David Thoreau, Charles Darwin, Charles Dickens, Nikola Tesla, Virginia Woolf y Søren Kierkegaard, quien escribió que “mis pensamientos más fecundos los he tenido mientras caminaba, y jamás he encontrado un pensamiento demasiado pesado que el caminar no pudiera ahuyentar”.
Además, claro, de Aristóteles, fundador de la escuela peripatética, llamada así porque daba clases en movimiento. Los paseos le ayudaban a pensar, pero probablemente dificultaban a sus alumnos la tarea de ir tomando notas.
No son solo anécdotas y experiencias personales: en su libro Wired to Create, el neurocientífico Scott Barry Kaufman y la periodista Carolyn Gregoire apuntan que hay estudios que muestran que caminar, sobre todo en la naturaleza, ayuda a solucionar problemas creativos al activar la red neuronal por defecto, la que se activa cuando parece que no estamos pensamos en “nada”. Andar reduce además la frustración y el estrés, y mejora nuestro ánimo y nuestra capacidad de concentración.
Mejor al aire libre
O’Mara incluso sugiere que caminar es mejor que ir al gimnasio. Hemos evolucionado para mantener una actividad física moderada a lo largo del día: buscar alimento, por ejemplo, era algo que nos llevaba varias horas y que no consistía solo en acercarse en coche al súper.
Dar caminatas ayuda a que mantengamos una actividad física moderada durante más tiempo, mientras que ir al gimnasio o correr durante una hora puede llevarnos, comprensiblemente, a descansar el resto del día y a que la actividad global sea menor de lo que creemos. Además, también es más fácil caminar cada día que ir al gimnasio más de dos veces por semana.
El neurocientífico recomienda especialmente los paseos en la naturaleza. Menciona la “teoría de la restauración de la atención”, que apunta a que un ambiente natural tiene consecuencias positivas en nuestro bienestar.
Un estudio con más de 4.000 participantes en el Reino Unido recogió estos efectos, que se apreciaban sobre todo en la costa, seguida del interior rural. Aunque, como aclara O’Mara, “muchos parques de ciudades tenían un efecto tan positivo como los espacios abiertos en el campo”.
Una de las razones que explicarían esta preferencia de nuestros cerebros por la naturaleza sería la mayor estimulación en los ambientes urbanos, lo que captaría más nuestra atención directa. Por ejemplo, hemos de estar atentos para no tropezar con alguien o para que no nos atropelle un autobús, pero no tanto para no tropezar con un árbol (no suelen moverse) o para que no nos coma un oso (son menos frecuentes incluso que el autobús que va a casa de mi madre). De nuevo, podemos relajarnos y soñar despiertos con más facilidad.
Eso no quita que normalmente prefiramos no ya el autobús, sino el coche. Ir andando a los sitios es cada vez más raro. Como dice Rebecca Solnit en su Wanderlust, caminar ha dejado “de ser parte del continuo de la experiencia” y ahora es “algo que se escoge conscientemente”.
Es decir, hemos convertido caminar en una tarea más a la que nos obligamos, a menudo con apps en el móvil que cuentan nuestros pasos y nos imponen mínimos diarios. Por suerte, es algo fácil, agradable y encima parece que nos hace más listos. Lo suficiente como para tener cada vez más claro que no es casualidad que a todos nos lleguen las piernas justo hasta el suelo.
Caminar nos ha hecho humanos
Caminar sobre dos piernas es una de esas cosas que nos diferencia de los animales, como el lenguaje, llevar pañuelos y quejarse de que no hay nada bueno en Netflix.
El bipedalismo no nos hizo especialmente rápidos: Daniel Lieberman apunta en su The Story of the Human Body que ni siquiera podemos correr más rápido que una ardilla. También nos hace menos estables y más lentos a la hora de girar mientras corremos.
Aun así, tiene sus ventajas. Por ejemplo, nos permitía correr detrás de cuadrúpedos en la llamada “caza de persistencia”. Ellos se alejaban a la carrera, pero necesitaban consumir más calorías y no eliminaban el calor de forma tan eficiente como nosotros, por lo que acababan tumbados en el suelo, resoplando, hasta que nosotros llegábamos y nos preparábamos la cena.
Caminar erguidos sobre dos piernas también nos ha permitido acarrear comida, comer mientras caminamos sin atragantarnos y llevar a niños en brazos. Y, sobre todo, caminar sobre terreno difícil, lo que nos ha ayudado a estar presente en los cinco continentes. “Podemos recorrer el doble de distancia consumiendo la mitad de calorías que un chimpancé”, apunta O’Mara en In Praise Of Walking. En consecuencia somos “la especie animal más dispersa”. En sentido geográfico, no mental (aunque probablemente también).
Chúpate esa, ardilla.

