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Si perdemos las estrellas

En 2015, el pueblo orensano de A Veiga se convirtió en el primer territorio de Galicia que consiguió la certificación de Destino Starlight, un avance más para proteger el territorio nocturno de la terriblemente normalizada contaminación lumínica. Si una boina de humo sobre una ciudad produce nuestro rechazo, ¿por qué hemos aceptado que nos hayan arrebatado las estrellas del cielo nocturno?

A Veigas de noche: las luces del pueblo brillan en el fondo del valle bajo un cielo despejado.

Son las ocho de la tarde y mientras Richi, con su chaleco con parches de la película Interestellar y de Rosalía (de Castro), reajusta y da lustre a las instalaciones del novísimo Centro Astronómico de Trevinca, Óscar maneja la cúpula del telescopio principal. En su atalaya cósmica, situada en el municipio orensano de A Veiga, Óscar Blanco y Ricardo Lago, Richi, son reyes, mecánicos y barrenderos. Entre tarea y tarea les pregunto por qué A Veiga es el lugar con el mejor cielo de Galicia. “En otras partes de Galicia lo que falla es el contraste entre la intensidad de la luz que emiten los objetos celestes y la oscuridad nocturna. En A Veiga existe un cielo con un 50% de noches despejadas –recordemos: es Galicia– y una nula contaminación lumínica”, responde Óscar.

Este último dato es la clave por la que los cerca de 900 habitantes del municipio forman parte del selecto 1% de población europea que goza de un cielo sin contaminación lumínica. Esta cifra apareció en 2016 en el artículo “The new World Atlas of artificial night sky brightness” (El nuevo Atlas Mundial del brillo artificial del cielo nocturno) de la revista Science Advances. En él también se revela que el 80% del planeta vive bajo cielos contaminados de luz: casi un 20% más que en el anterior estudio publicado en 2001.

Óscar Blanco, a la izquierda, y Ricardo Lago, responsables del Centro Astronómico de Trevinca, ante una gran fotografía de la superficie lunar.

Óscar y Richi son guías astronómicos y acuden A Veiga desde hace 20 años para huir de esa contaminación. A comienzos del milenio, este pueblo ubicado en el macizo glaciar de Trevinca, el punto más alto de Galicia, empezó a ser lugar de encuentro para muchos aficionados a la astronomía. Con el tiempo, la zona ganó popularidad y la idea de convertir A Veiga en destino Starlight —una certificación que acredita aquellos lugares con una excelente calidad de cielo— y construir un pequeño observatorio fue ganando fuerza. Cuando Óscar, fundador en 2002 de la Agrupación Astronómica Coruñesa Ío, le planteó la idea a Juan Anta, el alcalde de A Veiga, este se volcó de lleno con el proyecto. Desde ese momento, el consistorio comenzó a gestionar los trámites necesarios para conseguir una certificación Starlight que exigía, entre otros aspectos, la renovación completa del alumbrado urbano, la creación de infraestructuras relacionadas con el astroturismo (como la adecuación de los lugares de observación) y la formación de personal para la interpretación astronómica; esfuerzos que dieron fruto en 2015, cuando consiguió ser el primer Destino Starlight de Galicia. Tres años después de lograr la certificación (durante los cuales, Óscar y Richi ya llevaban a cabo actividades ligadas con el Destino Starlight), A Veiga dio el siguiente paso en su apuesta por el astroturismo al comenzar las obras de construcción del observatorio municipal, el cual se inauguró en noviembre de 2021.

Este movimiento, uno más de todos los que ha dado A Veiga para la protección de su territorio –donde se cuentan tres intentos abortados de instalación de parques eólicos–, supuso el reconocimiento de que la protección del entorno no solo abarca a los paisajes diurnos, sino también a los nocturnos. Los efectos de un cielo contaminado de luz van más allá de que los astrónomos no puedan ver las estrellas: están en juego la biodiversidad, nuestra salud e incluso nuestra conciencia de especie.

El des-astre de un cielo sin estrellas

Una de las cúpulas del observatorio de Trevinca al atardecer, vista desde el interior de otra cúpula abierta.

En su relato Anochecer, Isaac Asimov cuenta la historia de Lagash, un planeta ubicado en un sistema solar múltiple donde no existe la noche salvo durante los breves minutos de un eclipse que tiene lugar cada 2.050 años. Con cada nuevo eclipse, la sociedad humana enloquece de pánico ante la aparición de la oscuridad y la visión de las estrellas, lo cual culmina en un colapso cíclico de la civilización.

17 de enero de 1994. Son las 4:30:55 AM y durante los siguientes 15 segundos un terremoto de 6,7 grados Richter va a zarandear la ciudad de Los Ángeles, inutilizando su tendido eléctrico y sumiéndola en la penumbra. Tras el seísmo, los servicios de emergencia notifican numerosas llamadas de pánico que describen cómo una gran nube blanca –una nube tóxica, dicen– ha cubierto el cielo. Estaban viendo la Vía Láctea y recreando sin saberlo el relato de Asimov, viviendo el pánico de una humanidad que ya no reconoce la noche.

La nebulosa de Orión M42, con nubes de gas rosadas y azules alrededor de un cúmulo de estrellas, captada por el telescopio del Observatorio Astronómico de Trevinca.

No juzguemos a los angelinos a la ligera. Desde el siglo XIX se va instaurando en las ciudades un nuevo concepto de urbanismo en el que la luz artificial se concibe como un símbolo del progreso. A partir de ese momento, muchas poblaciones del planeta se obsesionaron por crear su propia personalidad nocturna y el paisaje sintético comenzó a engullir al natural. Desde entonces, hemos ido interiorizando la luz artificial como la única forma de paisaje nocturno, y con ello, el des-astre: la pérdida de las estrellas.

La salud de nuestro planeta y su biodiversidad son las principales víctimas silenciosas de este tipo de contaminación. En su artículo “La gestión de la contaminación lumínica y su impacto sobre la biodiversidad”, los biólogos Jordi Domingo, Joaquín Baixeiras y Guillermo Fernández explican que casi toda la vida animal, sobre todo la invertebrada, desarrolla la mayor parte de su actividad de noche, y cuando introducimos fuentes de luz artificial se generan interferencias que pueden llegar a ser letales. Es el habitual caso de los insectos que sufren el llamado “vuelo a la luz”: el hiperestímulo de la luz artificial, tras sacarlos de su hábitat, los atrae y atrapa hasta morir depredados, achicharrados o extenuados. Las aves también se ven afectadas, como es el caso de los petreles en Tenerife que, tras criar a sus pollos, los dejan solos en el nido para que ellos mismos vuelen mar adentro; sin embargo, el alumbrado público los desvía de su trayectoria hasta acabar en tierra, desorientados y en alto riesgo de depredación. Un caso similar al de las tortugas marinas que, tras eclosionar de sus huevos, en vez de encaminarse al océano invierten su recorrido y se dirigen a la luz de las ciudades.

La nebulosa Cabeza de Caballo B33, recortada en oscuro sobre una nube de gas roja, junto a la nebulosa de la Llama.

Los humanos tampoco nos libramos de sus efectos. Nuestra actividad biológica está regulada por el sistema circadiano, cuyo “marcapasos” está ubicado en el hipotálamo y se sincroniza a través de señales ambientales como la alternancia de la luz diurna y la oscuridad nocturna, el estímulo más importante de todos. Este sistema transmite señales a todos los órganos y tejidos a través de la melatonina, una hormona de secreción nocturna con múltiples funciones vinculadas al sistema inmunológico. Si durante el período de oscuridad se recibe un pulso de luz (por ejemplo, con el abuso de luz artificial durante la noche), la secreción se inhibe. Este hecho altera el ritmo circadiano, lo cual está relacionado con enfermedades cardiovasculares o el riesgo de padecer determinados tipos de cáncer, tal y como explican los miembros del laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Murcia en el artículo “¿Puede la luz afectar a nuestra salud?”. Como a las polillas atraídas por la luz, a nosotros también nos puede acabar “quemando” la luz nocturna.

La inconsciencia del paisaje nocturno

Lo primero que hacen Óscar y Richi durante sus visitas guiadas es dar a los asistentes un puñetazo de efecto perspectiva —ese cambio cognitivo que se produce al tomar conciencia de nuestra presencia en el universo—. Para ello, utilizan un gran mosaico formado por nueve fotos cuadradas con imágenes del universo. Se trata de las primeras fotos que fueron tomadas desde el observatorio de Trevinca y en ellas se muestran objetos celestes como la galaxia de Andrómeda, muy similar a la Vía Láctea por su forma espiral y cuya luz tarda en llegar hasta nosotros 2,5 millones de años. Este es el gancho mediante el cual, según explica Óscar, “tratamos de vincular la enorme magnitud del universo con nosotros mismos: los elementos químicos que componen las estrellas son los mismos que forman nuestro organismo”.

La nebulosa Roseta, un anillo de gas rojo con un cúmulo de estrellas en el centro.

El efecto perspectiva fue descrito por los astronautas cuando por primera vez los humanos observaron la Tierra desde el espacio. El primero en acuñar este término de forma oficial fue el escritor Frank White en su libro The overview effect, donde se sirve de entrevistas a varios astronautas para explicar cómo ese cambio de perspectiva resulta fundamental para modificar nuestra percepción sobre la forma de habitar el planeta. Edgar Mitchell, miembro de la misión Apolo 14 y la sexta persona en pisar la Luna, dijo en una entrevista en 1974 que, al observar el planeta desde el espacio, se desarrolla “una conciencia global instantánea, una intensa insatisfacción con el estado del mundo y una compulsión por hacer algo al respecto”. Ser conscientes de que la Tierra es una nave espacial con una cantidad finita de recursos y a la cual llegamos sin manual de usuario, tal y como reflexiona el ingeniero R. Buckminster Fuller en su libro Manual Operativo de la nave espacial Tierra. Sin embargo, no hace falta subir a una aeronave para sentir ese efecto perspectiva: la mera observación del cielo nocturno puede ser suficiente para resetear nuestro ego, hacernos comprender la anecdótica posición que ocupamos en el universo y darnos cuenta del alcance de nuestras acciones. Pero para ello, debemos ser capaces de observar los astros.

La astrofísica Susana Malón, experta en contaminación lumínica y auditora de la Fundación Starlight, es una de las personas que más sabe sobre cómo devolverle al cielo nocturno su protagonismo. Para Malón, el gran problema de la contaminación lumínica es el desconocimiento que existe sobre ella. Cuando se realiza un cambio de alumbrado, por ejemplo, muchas veces no se tienen en cuenta sus aspectos contaminantes, lo que da lugar a zonas sobreiluminadas con luminarias antiguas o mal diseñadas.

El exterior del observatorio de Trevinca de noche, con la Vía Láctea cruzando el cielo sobre el edificio.

El cielo de los pueblos y espacios naturales, a pesar de su relativo aislamiento, no se libra de esa amenaza. “Está comprobado que el brillo del fondo del cielo puede proceder de fuentes de luz a centenares de kilómetros debido a los efectos físicos de esparcimiento de la luz en la atmósfera”, explica Malón. Por ello, la experta ve necesario un replanteamiento del actual sistema de clasificación de zonas de protección contra la contaminación lumínica establecido por el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio en 2008. Según esta clasificación, la zona con la máxima protección frente a la luz artificial (E1) incluye observatorios astronómicos de categoría internacional, parques nacionales, espacios de interés natural y áreas de protección especial (Red Natura 2000, Zonas de Especial Protección para las Aves…). Por su parte, en la zona E4 se incluyen áreas de luminosidad alta, como núcleos urbanos con alta densidad de edificación. Estas zonas E4 son las que, según explica Malón, deberían ser reguladas de forma más restrictiva en lo que respecta a las características de las luminarias y los parámetros lumínicos debido a ese alcance de larga distancia de la contaminación luminosa. Un ejemplo de esto es el Destino Starlight del Montsant (zona E1), ubicado en la provincia de Tarragona, donde los municipios que más contaminan lumínicamente su cielo, Reus y Tarragona, pertenecen a la zona E4.

El astroturismo como herramienta de protección

En 2022, un habitante de París tendría que “viajar 900 kilómetros hasta la provincia de Cuenca para encontrar grandes territorios donde el cenit no se vea afectado por la contaminación lumínica”. Este dato, extraído del artículo mencionado al principio del reportaje, nos muestra una curiosa paradoja: España, pese a ser según estudios recientes uno de los países con más contaminación lumínica de Europa, es a la vez uno de los últimos que aún conserva ventanas libres hacia el universo.

Nuestro país es de hecho pionero en el desarrollo del astroturismo, a raíz de la Conferencia Starlight celebrada en La Palma en el año 2007. En esta conferencia se aprobó la Declaración en Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a la Luz de las Estrellas, donde se reconocía la noche estrellada como parte integrante del paisaje y un derecho para las generaciones presentes y futuras. Antonia Varela, directora de la Fundación Starlight, explica que tras la conferencia dicha fundación creó un sistema de certificaciones con el fin de acreditar aquellos espacios con una excelente calidad de cielo que requerían de protección, lo que a su vez serviría como impulso a la economía y la dinamización de esos lugares.

Aunque no existen cifras absolutas sobre el astroturismo, Varela cita ejemplos como el del Parc Astronomic del Montsec ubicado en el municipio de Àger, Lleida, de menos de 600 habitantes, el cual generó un impacto económico de 2,5 millones de euros anuales, tal y como informaron en rueda de prensa los responsables del parque en enero de 2019. Más allá de las cifras, el astroturismo es también un motor de transformación de aquellas zonas que, precisamente por estar menos pobladas y más aisladas, conservan cielos más claros, como el pueblo palentino de Becerril de Campos, que convirtió las ruinas de una iglesia románica en un museo de astronomía a cielo abierto. En la localidad turolense de Villar del Salz, la vecina y astrofísica Merche Urquiza impulsó para el pueblo la obtención del certificado de Paraje Starlight (certificación destinada a territorios que quieren cualificar la calidad del cielo pero sin la intención de desarrollar una actividad astronómica inmediata) en homenaje a su abuela, que solía sentarse a observar las estrellas durante sus noches. Historias y ejemplos de cómo las estrellas tienen la capacidad de reunirnos con nuestro pasado.

“Lo más importante de un telescopio no es magnificar los objetos, sino concentrar su luz”, explica Óscar. No aumentar su tamaño aparente, sino potenciar su cualidad más valiosa. Eso es precisamente lo que ha hecho el municipio de A Veiga desde 2015: potenciar la calidad de su entorno. Desde esa fecha y en paralelo al impulso del astroturismo a través de la certificación Starlight, el concello ha ido desarrollando diferentes medidas que inciden en el territorio como la recuperación y comercialización del cultivo de faba loba (una variedad autóctona de alubia que ya cuenta con 24 productores) o el programa público “Revivenda Rural” de rehabilitación de casas abandonadas para facilitar un alquiler barato a nuevos emprendedores (a finales de 2021 ya contaba con 17 casas habitadas). Todo este conjunto de acciones que priorizan al territorio y a sus habitantes parece que también se han visto reflejadas en las estadísticas demográficas: en 2021, A Veiga consiguió aumentar su población (29 habitantes respecto a 2020) por primera vez en varias décadas, algo insólito en la provincia de Ourense, una de las más despobladas de España.

Respecto a la puesta en marcha del centro astronómico, tal y como explica Óscar, este hecho “ha supuesto un gran impulso” para la actividad turística, ya que en mayo de 2022 el observatorio había “recibido cerca de 3.500 visitantes desde su inauguración y la previsión es que, a final de año, sean entre 8.000 y 10.000”. En lo que respecta a los emprendimientos ligados con el cielo nocturno, el propio Óscar junto a su socio Pablo Canedo, con quien fundó la empresa Trevinca Skies, comenzó en 2020 un proyecto de granja de telescopios para el alquiler remoto de puestos de observación, el cual ya cuenta con 20 unidades que esperan ampliar a 36 en 2023.

Mientras en A Veiga vuelven a disfrutar de su firmamento, el 80% del planeta que vive bajo cielos contaminados de luz debe plantearse si merece la pena recuperar las estrellas, o si como habitantes del Lagash de Asimov renunciará a ellas hasta que caigan en un olvido sideral.