Popularizados por un anuncio de TV o el algoritmo de una red social, cada vez son más los espacios naturales que han pasado de ser remotos y silenciosos a convertirse en parajes masificados, enfrentando el desarrollo económico y social de sus zonas a la destrucción medioambiental. La concienciación se atisba como el remedio, pero mientras llega las únicas opciones sobre la mesa son el control y las restricciones económicas. ¿Es deseable morir de éxito?

“Sin un hueco para sentarse”, “Un lugar espectacular, pero muy masificado”, “Fui hace unos años y fue increíble. He vuelto y no pude ni bañarme”, son algunas de las opiniones recogidas en el portal turístico Tripadvisor sobre el salto del Bierge, una poza en el río Alcanadre a dos kilómetros del pueblo prepirenaico de Bierge y a hora y media de Zaragoza. Por ella pasaron el pasado verano unos 15.000 bañistas, cifra muy alejada de los más de 1.500 turistas diarios que se podían llegar a registrar en la localidad antes de 2017, año en el que el Ayuntamiento de este pueblo de 230 habitantes decidió restringir los aforos.

Los primeros conflictos comenzaron en 2013, cuando los periódicos comarcales y regionales empezaron a recoger el malestar generado entre los vecinos por la música de los bañistas, el riesgo de incendios por pequeñas hogueras o los problemas de seguridad por los vehículos aparcados en la carretera. Pero fue la aparición en un anuncio internacional de Samsung en 2015 lo que marcó la explosión turística del área. La víspera del 15 de agosto de 2016 el consistorio llegó a contabilizar 28 autobuses llenos de excursionistas en un solo día. “Aquello fue la gota que colmó el vaso para que se tomara la decisión de limitar el aforo y cobrar entrada”, reconoce César Sánchez, alcalde de este municipio.
El de Bierge no es un caso aislado. El efecto llamada de las listas de medios de comunicación y portales con “los mejores lugares para bañarse”, y los algoritmos de las redes sociales concentran a los excursionistas en parajes que muchas veces no están preparados para tal aluvión de visitantes. Los efectos de la popularización no se quedan solo en las molestias vecinales: en la sierra Norte de Sevilla, en el Monumento Natural de las Cascadas del Huéznar, un joven falleció en 2015 tras saltar al agua en esta poza natural a pesar de que no se permite el baño desde hace más de una década; y este mismo año, también en la provincia de Sevilla, se registraron otros dos fallecidos en los Lagos del Serrano, donde igualmente está prohibido el baño. “No tenemos capacidad de controlar el espacio porque somos consistorios muy pequeños y con poco presupuesto, por lo que se violan las prohibiciones”, comenta Juan Carlos Navarro, alcalde de San Nicolás del Puerto.
5.000 canoas en un día

Los llamativos colores de las barcas, chalecos protectores y palas contrastan sobre el verde de los árboles de la ribera del río Sella, en Asturias. En algunos días de agosto, en un tramo del río de unos 14 kilómetros se pueden llegar a concentrar 5.000 piragüistas al día con apenas un par de metros de distancia entre sí. A pesar de que los turistas descienden con un recipiente para tirar la basura proporcionado por las compañías de turismo activo, en las paradas que realizan los descensos se acumulan decenas de bolsas de basura.
La Asociación de Empresarios Turísticos y Albergues de Asturias, ATAYA, lleva solicitando desde hace más de un lustro que se reduzca el número de embarcaciones. “Se pierde la esencia con la que nació la actividad. Ahora los turistas están más pendientes de no chocar con el de al lado que de observar el medio”, lamenta su vicepresidente Calo Soto. “Se encargó incluso un estudio a la Universidad de Oviedo que establecía que la opción menos perjudicial para las empresas era la declaración del río como zona saturada, algo que no gustó a algunos ayuntamientos por las connotaciones negativas de la palabra”. Los ayuntamientos de Parres, Ribadesella y Cangas de Onís, afectados por esta problemática, no han querido pronunciarse para este reportaje.

La pérdida del atractivo turístico que conlleva la masificación puede ser llamativa, pero no es su consecuencia más grave. La degradación del medio natural puede llegar a destruir de manera permanente los valores ecológicos que en un primer momento atrajeron a los visitantes. La Coordinadora Ecoloxista d’Asturies lleva más de 10 años denunciando la situación, que califican de insostenible: “Nosotros solo tenemos capacidad para reclamar a las administraciones que se regule el aforo y se rebaje la presión turística. Pero vemos que se siguen sin tomar medidas”, critica su portavoz, Fructuoso Pontigo. “Los ecosistemas de los ríos son muy delicados. Estamos hablando de un río en el que en unos pocos kilómetros, sobre todo desde Arriondas a Ribadesella, hay mucha presión”. Un estudio elaborado por el biólogo Domingo Baeza y la ambientóloga Laura Vaquero alerta de que la alta afluencia de turistas afecta a la puesta de huevos de salmones, entre la que se ha registrado un mortalidad acumulada del 95%. En el tramo final, en Toraño, se produce una pérdida de la vegetación de ribera de hábitat prioritario del 73%.
Para Pontigo, el principal inconveniente a la hora de abordar el problema es económico: “Es una actividad que genera mucha repercusión económica en la zona y por ello hay personas que prefieren mirar hacia otro lado”. Según un estudio elaborado por la Asociación de Empresarios de Turismo Activo, ETAPA, las canoas del Sella generan 350 empleos en Asturias Oriental. Otros sectores económicos también piden mayor regulación. Antón Caldevilla, presidente de la Sociedad de Pescadores El Esmerillón, explica que “para nosotros sería positivo que regularan el número de canoas porque compartimos el mismo espacio. Cuando ellos bajan por el río nosotros no podemos pescar”.

La degradación de los ecosistemas fluviales no se limita a los ríos asturianos: según el estudio “Ciencia Libera: análisis de la contaminación difusa en los espacios naturales”, elaborado por el CSIC y SEO Birdlife, el 74% de las muestras de agua tomadas en 140 espacios naturales de interior en España contenían cafeína procedente de excreciones humanas, lo que indica una alta presencia antrópica. Las afecciones derivadas son múltiples: pesca ilegal de renacuajos, ruido, rotura de piedras, perros que persiguen al ganado o a la fauna salvaje, repelentes de mosquitos o cremas solares que contaminan el agua… “Cuando una persona accede a un río, sus pisadas aplastan los insectos acuáticos que hay debajo de las piedras y que son la base alimenticia de infinidad de redes tróficas de peces o pájaros”, explica Núria Valls, bióloga y miembro de la Asociación de Defensa del Estudio de la Fauna y Flora Autóctona, ADEFFA. “Hay que tratar la naturaleza como si fuera tu casa. El río no es un parque acuático, para eso hay otros espacios. La pérdida de biodiversidad no se mide con dinero, pero si lo fuera, las pérdidas económicas serían brutales”.
Poner puertas (de pago) al campo
La capacidad de carga de un ecosistema define el número máximo de personas que el medio puede soportar en un período determinado teniendo en cuenta el impacto sobre el agua, los suelos, la vegetación, la fauna y el patrimonio edificado. Son los gobiernos autonómicos los que determinan este límite a través de estudios que se suelen encargar a universidades o a entidades públicas, como la Sociedad Aragonesa de Gestión Ambiental en el caso de Bierge. Actualmente, ante la falta de una legislación estatal que aborde la masificación en los espacios naturales, cada administración elabora su propia normativa dentro de sus competencias. La mayoría establece como medidas disuasorias la prohibición del baño, la limitación de plazas de aparcamiento o el cobro de entrada.

Tras la explosión de popularidad del verano anterior, el ayuntamiento de Bierge limita desde 2017 el aforo en los meses de verano a 220 bañistas y 30 barranquistas al día mediante el cobro de tres euros, que se pueden abonar también a través de sistema online de reservas, usado el pasado año por el 40% de los bañistas. Pero no siempre es suficiente: Víctor Español, el alguacil de Bierge, cuenta que algunos visitantes llegaron a romper el candado de la valla para colarse en este espacio al encontrarlo cerrado.
El dinero recaudado, unos 60.000 euros por temporada, se destina al mantenimiento de la zona y la contratación de tres personas para el cobro de entradas y la vigilancia en la zona. “Son medidas que al principio no son muy bien recibidas, pero es una buena forma de que el espacio no se degrade”, reconoce el alcalde. Así lo corroboran visitantes como Alberto Rodrigo, llegado desde Zaragoza para pasar la tarde: “Lo veo bien. También pagamos por otros bienes que podría pensarse que son de todos, como el agua”. Mientras, los vecinos de Bierge, que utilizaban el salto como zona de baño desde los años 50, lo han terminado sustituyendo por la piscina municipal. Enrique y Juan, dos octogenarios de la localidad, recuerdan que “cuando éramos jóvenes íbamos a pescar. Desde que empezó a venir tanto turismo, los vecinos ya no bajan. Antes de que se cobrara entrada la fila de coches aparcados en la carretera llegaba desde el salto hasta el mismo pueblo”.

Víctor Español, que además de alguacil regenta desde hace 15 años el restaurante y albergue El Salto, situado junto al espacio natural, es uno de los vecinos que ha apreciado este cambio. “Ahora es un tipo de turismo más familiar que consume más en el restaurante, pero cuando estaba masificado solo entraban al bar para usar el baño”. Víctor cree que debería ampliarse un poco el aforo para impulsar la hostelería del municipio ya que, tras la regulación, la afluencia de visitantes es mucho más reducida.
Chus Montañés, secretaria de la Asociación Aragonesa de Empresas de Turismo Deportivo, explica que con la regulación “hay un determinado número de personas que evitan pagar la tasa y que se desplazan aguas arriba del salto para bañarse, en una zona en la que no está permitido y en la que es peligroso el acceso sin un guía especializado”. El problema de la basura se ha trasladado a esta zona, a la que los excursionistas acuden por caminos de montaña para evitar el control de acceso. “Son personas que vienen con su comida y no dejan un euro en el territorio, sólo basura”. Montañés, aunque reconoce que el espacio ha mejorado, opina que las multas, el cobro de entrada o la instalación de papeleras no soluciona el problema.

“Cuando cobras entrada corres el riesgo de caer en cierto clasismo, porque todos tenemos derecho a disfrutar del espacio natural, no sólo los que tienen capacidad económica para hacerlo”, opina Eduard Plana, jefe del grupo de Política Forestal y Gobernanza del Centro de Tecnología Forestal de Cataluña. Para Arturo Crosby, codirector del Curso de Postgrado de Experto en Gestión e Innovación Sostenible de Destinos Turísticos de la Universidad Complutense de Madrid, “los debates se enfocan demasiado en el cobro y no tanto en planificación para una gestión sostenible de la que el 90% de los destinos turísticos de interior carecen, pues esta se realiza cuando el problema ya existe. El pago de entrada evidentemente es un filtro y si este es muy elevado se conseguirá que haya poca frecuentación y menor impacto medioambiental. Pero tener dinero para abonar esta cuota no va ligado a ser cívico o respetuoso”.
En casos como el de Beceite, en la provincia de Teruel, la subida del precio de las entradas a los espacios naturales de El Parrizal y La Pesquera (de 8 a 10 euros por vehículo estacionado) no tuvo un efecto disuasorio: entre ambos parajes se registraron más de 84.500 visitantes en 2018, cifra que subió hasta los 105.000 en 2019. Beceite, de 544 habitantes, cuenta con 227 plazas de alojamiento en casas rurales, cifra a la que hay que añadir la capacidad de hoteles y apartamentos; pero a pesar de la importancia del sector turístico, el municipio pierde población cada año.
Si el aumento del cobro de entrada no ha disuadido a visitantes, sí lo ha hecho con algunos vecinos. Una ordenanza municipal en 2020 distinguió entre empadronados en la localidad, que pueden acceder gratuitamente a estos espacios naturales, y los no empadronados, que sólo cuentan con un descuento en La Pesquera. Esto generó malestar entre los propietarios de segundas residencias, que en 2021 realizaron varias manifestaciones y conformaron una asociación que reúne a más de 100 personas. “Siempre habíamos visitado estos espacios y en el pueblo nos sentíamos como uno más: participando en las fiestas, comprando en las tiendas… Pero esta medida ha generado tensiones que antes no existían”, comentan desde la asociación.
El flujo de vehículos a través del municipio es constante. Javier Moragrega, gerente de un establecimiento hotelero, cree que “sería bueno fomentar el acceso al Parrizal y la Pesquera andando o en bici, o con un autobús como ocurre en Ordesa, donde el acceso al Parque Nacional sólo puede hacerse de este modo. La carga de tráfico en verano es brutal”. Para los expertos, el acceso a zonas naturales de alta protección con vehículos particulares no debería facilitarse, medida que choca con la creación y ampliación de aparcamientos por los que optan muchos ayuntamientos. Arturo Crosby opina que “la clave está en redirigir al excursionista a una zona menos vulnerable, de modo que estén cubiertas sus necesidades de ocio y no quiera acceder al resto del parque natural. Si cuentas con un espacio especialmente protegido, lo ideal es realizar senderos que sólo dirijan a las personas por donde tú quieres que vayan”.
Formar parte de lo visitado
Los expertos coinciden en que la clave para una correcta gestión de los espacios naturales reside en la educación ambiental. Muchas veces el turista se comporta de forma errónea por desconocimiento y acaba siendo percibido por parte de la población local o por los senderistas especializados como dominguero. “¿Por qué tiene más derecho a disfrutar de la montaña o del río un senderista con años de experiencia que alguien que acaba de descubrir el paraje?”, se pregunta Eduard Planas, jefe del grupo de Política Forestal y Gobernanza del Centro de Tecnología Forestal de Cataluña, que cree que la educación ambiental debería trasladarse a través de redes sociales como TikTok, de gran calado para ese excursionista que se adentra por primera vez en la naturaleza. “Tiene que ser una comunicación efectiva, porque con colocar carteles en las riberas informando de las prohibiciones no es suficiente”, añade. En la misma línea se posiciona José María de Juan, cofundador del Centro Español del Turismo Responsable, que incide en que el turista “está sobrestimulado y recibe mensajes contradictorios: por un lado se le dice que tiene que viajar al campo porque es saludable, y por otro no se le forma en lo qué puede y no puede hacer”.
Unas medidas que entroncan con el cambio de mirada hacia la naturaleza que propone la escritora Jenny Odell: “Una de las cosas que siempre me ha molestado mucho del área de la Bahía [de San Francisco], y culpo de ello a Instagram, es que haces una ruta popular de senderismo, tomas una foto de alguna vista y no prestas atención a nada del camino. Y la caminata es casi una molestia entre tú y la imagen-producto que deseas consumir. La gente pisotea las plantas para llegar a la vista y luego otros lo ven en Instagram y dicen: ‘Oh, quiero esa foto’. Y no solo abruma al ecosistema, también a la localidad en la que está el parque. Lo más importante no es solo pasar tiempo al aire libre, sino realmente tratar de saber qué o quién está ahí. Se requiere humildad y también que te veas a ti mismo como una pieza de un rompecabezas. Creo que la gente necesita esa sensación de pertenencia. Es una actitud importante si pensamos en el cambio climático, pero también para sobrevivir emocionalmente. Como: ¿quién soy yo? ¿De qué formo parte?”.
