A finales de septiembre no ha llovido desde mayo. En una finca de cabras donde el suelo ya no da hierba, el cabrero y el encargado miran al cielo cada mañana y echan cuentas con lo que queda. Rogelio Luque Lora pasa unos días con ellos y cuenta, en primera persona, cómo se espera una lluvia que no llega.

Sequía
Las últimas cabras entran en el corral y El Cáscaras habla para sí mientras cierra la cancela:
—Uno se pasa el día mirando el cielo, desesperado por que llueva.
A unos metros de él, Antonio baja la mirada y presiona el suelo con el borde de su bota. Con un movimiento lateral remueve la tierra y el polvo se eleva en el aire.
—Con que cayeran 15 litros brotaría la hierba, el aire cambiaría, los árboles cambiarían… Cambiaríamos hasta nosotros.
Estamos a finales de septiembre y no ha llovido desde mayo. La primavera no fue generosa y las escasas lluvias han dejado a la tierra sedienta. En un buen año, con la lluvia bien repartida entre el otoño y la primavera, el ganado no necesita ningún aporte extra de comida: la tierra la proporciona. Este año, sin embargo, llevamos meses echándole de comer.
En la voz de Antonio se mezclan la lenta agonía y el aburrimiento que produce una decepción tan prolongada.
—Llevo más de 12 años trabajando aquí y nunca he visto nada igual.
Nos despedimos del Cáscaras –así se apoda el cabrero– y nos dirigimos a la casa. Mientras conduce, Antonio mira a ambos lados del camino que cruza la finca. Sé exactamente lo que está pensando. La amenaza del fuego. Una colilla, una pequeña chispa –o la venganza de un furtivo que ha sido sorprendido cazando animales en la finca– y el monte ardería con facilidad. Antonio aprieta el volante entre sus manos.
—A veces, amodorrado en la casa en las horas de más calor, me sobresalto creyendo que huele a humo. Salgo corriendo, pero no hay nada. Uno se preocupa hasta imaginarse cosas.
Le he oído decir esto muchas veces, pero el desasosiego aumenta con cada día de sequía. Mira su antebrazo y luego mis ojos:
—Se me ponen los pelos de punta de solo pensarlo.
***
Más tarde, sentado en mi mesa, miro con abatimiento por la ventana. El viento sopla hacia el este levantando una densa cortina de polvo. Ansioso, salgo a caminar.
Está anocheciendo y hay luna llena. El sol rojo al oeste, la luna pálida al este y la tierra suspendida entre ambos.
A escasa distancia de la casa las vacas se agrupan alrededor de los abrevaderos, alimentados regularmente con agua del pozo. Aún queda algo de pasto seco allá en el cerro, pero este es el único lugar de la finca donde pueden beber. Duele verlas inmóviles, sin una brizna de hierba que mordisquear en la tierra, sin nada que las despierte de su estupor.
Doy unos pasos y dejo atrás el ganado. A mi alrededor ya sólo hay árboles y el eco del vuelo de alguna paloma. Nuestra finca es una dehesa, un bosque mediterráneo que se ha aclarado para permitir que la luz del sol alcance el suelo y la hierba crezca en abundancia. Ahora que el pasto ha desaparecido, el amarillo perfumado de la hierba seca ha dado paso a un marrón polvoriento y deprimente.
Continúo por la vereda con el golpeteo regular de mi vara como única compañía. Dejo vagar mi mirada por las encinas, apreciando la singularidad de cada una de ellas. El espacio abierto alrededor de los árboles permite que crezcan libres de la sombra dominante de sus vecinos, desarrollándose cada uno a su manera. Las miro y comparto su anhelo por el agua. Este año la cosecha de bellotas es buena, pero si no llueve pronto los árboles las dejarán caer sin madurar, perdiendo valor para el ganado.
Cruzo barrancos secos y camino sobre el lecho de arroyos agotados. Llego a nuestro pequeño pantano, de aguas sucias y concentradas por su bajo nivel, y una bandada de cormoranes levanta el vuelo en espiral. Cuando están a unos 30 metros de altura cambian el rumbo hacia el embalse, en el fondo del valle.
Me dirijo a casa. En el camino de regreso me sobresalta el sonido seco de una bellota verde que golpea el suelo recalentado.
***
Ya es octubre y los días se han acortado, pero el calor y la sequía continúan. Algo se tuerce en nuestro interior: el cambio de luz no ha traído el fresco y la lluvia acostumbradas. Miramos alrededor y es obvio que no somos los únicos que se resienten por el desajuste de los ciclos estacionales. La disonancia meteorológica impregna el aire y la tierra.
Antonio me espera junto al tractor. Ya ha cargado las pacas de paja en el remolque. Me ve y sube a la cabina, yo salto al remolque y partimos. Según avanzamos, las ruedas llenan el aire de polvo.
Al oír el motor, las vacas acuden con un trote nervioso. Nos siguen en fila india. A la voz de Antonio, saco mi navaja y corto las cuatro guitas que amarran la primera de las pacas. Cada corte produce un ruido sordo al liberar la tensión y expandirse la paca. Con el cuarto corte los extremos de la paca caen a ambos lados del remolque. Las vacas se lanzan a por la paja seca.
Tras despachar la última paca uso el manojo de cuerdas que he acumulado para barrer los restos de paja que quedan en el remolque. Antonio para el motor y se me acerca. El ganado se agrupa alrededor de los montículos cuadrangulares de paja que cubren el campo. Todas las vacas están preñadas, ya que hemos apartado a las paridas. Antonio las estudia y calcula cuáles serán las próximas en parir. De nuevo me mira preocupado:
—Da miedo pensar en lo que nos espera.
El silencio nos envuelve. No podemos evitar preguntarnos a dónde ha ido toda la vida salvaje. Pienso en la crueldad que supone que fuerzas tan impasibles determinen la vida y la muerte de tantas criaturas.
Lluvia
El 14 de octubre Antonio advirtió que las vacas retozaban. Va a cambiar el tiempo, dijo.
El 17 de octubre observé desde la ventana de la cocina que el cielo se oscurecía y el viento agitaba las hojas de las moreras. No era un viento canicular: demasiado fresco y cambiante.
Y a las cinco de la tarde de ese mismo día el agua comenzó a caer del cielo. Después de tantos meses de sequía, por extraño que pareciera, por fin llegó el otoño.
Como suele suceder en las regiones áridas y semiáridas, cuando al fin llegó la lluvia lo hizo con gran intensidad. Granizo, relámpagos y truenos nos envolvieron hasta después del anochecer.
Es difícil describir la alegría y el alivio que sentimos ese día. En ese momento advertí que la tierra no era lo único que se había calcinado durante la sequía. La lluvia refresca también la mente y el corazón.
Esa noche, cuando las nubes descargaron su agua a mi alrededor, ocurrió otra cosa extraña. Mi mente estaba repleta de evocaciones de los inviernos pasados en la finca cuando era niño. Tiempos en los que la hierba era mullida y espesa, los arroyos corrían con fuerza y las ranas croaban. Sentí como si esos recuerdos hubieran estado bajo el polvo y ahora la lluvia que caía sobre ellos los desenterrara.
Esa noche, a pesar de que el aire era más fresco, me acosté con las ventanas abiertas.
Escuchando la lluvia, la imaginaba caer en cada uno de mis rincones favoritos. Mi atención se centraba en los sonidos que llenaban la habitación. Escuché la tierra a través de la lluvia, de la misma manera que uno puede escuchar los árboles a través del viento.
***
Al día siguiente caminé y monté a caballo, y caminé otra vez. El campo olía a otoño: el rico aroma de la hierba seca que comienza a pudrirse, el aire húmedo que brota de la tierra empapada. Los sonidos también eran otoñales: las aves habían salido de los escondrijos donde se habían refugiado durante la sequía.
El musgo despertó de su letargo. Durante el verano se había convertido en una costra seca y delgada en la corteza de las encinas y apenas se percibía. Ahora, con una velocidad asombrosa, había revivido y resplandecía pujado, verde fluorescente.
Los árboles estaban limpios de polvo, brillantes, y la calima desapareció del aire. Millones, miles de millones de semillas germinaban y las bacterias multiplicaban su actividad enfebrecidas. La tierra bullía bajo mis pies.
La tierra… que contenía tantas promesas.
Sequía
Cuando abandoné el país a mediados de enero esas promesas no se habían cumplido. Tras el breve episodio de octubre volvieron los cielos vacíos y el silencio, y el otoño no dejó apenas lluvia, sólo frustración y desesperanza. La hierba no llegó a crecer del todo y pocas cosas me han deprimido tanto en mi vida como el sonido del motor del pozo llenando los abrevaderos en pleno diciembre. Me marché sin ver correr los arroyos, y cuando regresé a finales de junio la sequía veraniega ya se había reanudado.
Durante semanas caminé resignado sobre el suelo duro y las polvorientas veredas, con la mirada en el cielo como El Cáscaras, el aire seco en los pulmones y el corazón encogido. Solo en algunas zonas llanas donde se había acumulado la humedad se apreciaba el verde de la fina hierba que parcheaba la tierra. Las pendientes seguían áridas y pardas. En las escasas ocasiones que caía un chaparrón me sentía optimista, pero rápidamente el sobrio realismo de Antonio me devolvía a la realidad.
Vivo en el extranjero desde los 18 años y sólo ese otoño pude pasar varios meses seguidos en la finca donde me crié. No puedo evitar pensar que si hubiese elegido otro año habría disfrutado más de la vida en el campo.
Pero mientras más lo pienso, más me reconforta saber que, cuando la tierra sufría, yo estuve allí sufriendo con ella.
