Un día me di cuenta de que me había convertido en una narradora oficial de lo urbano. Cuanto más lejos estaba de la ciudad y menos me identificaba con sus mecanismos, más fácil me resultaba retratarla y más presencia tenía en mi escritura. ¿Por qué no he podido llevar a cabo el mismo ejercicio en el sentido opuesto? ¿Cuánto nos marca estar fuera de las cosas para entenderlas mejor? ¿Seré capaz algún día de contar el campo desde dentro?

Ring, ring en el móvil. Es la productora de una serie documental en la que accedí a participar, varios episodios sobre la escritura y su relación con los entornos rural y urbano. Me confirman la fecha y la hora, me comunican que se rodará en varias localizaciones. Pienso que lo suyo sería hacer un combo de casa y campo para mostrar las condiciones que me acompañan, y me empiezo a sentir como una de esas celebrities que enseñan a las revistas del corazón su casa recién maqueada por otra persona. Tendré que pasar la aspiradora, me digo, porque aquí limpio y cocino yo, y escoger un terreno apañado al que sea fácil llegar con el equipo, porque hasta el arroyo de mi pueblo donde me gusta a mí escribir no podrá ser.
Pero a mi pueblo no va a venir nadie: a nadie le interesa documentar la relación de mi escritura con lo rural. Me han incluido en la categoría de lo urbano. Las localizaciones deben pertenecer a la ciudad. Así que preparo un hatillo y me desplazo hasta la ciudad para hablar de mi relación con ella, de cómo la retrato, y cuento cosas que tienen que ver; pero algunas, como siempre, se me olvidan.
Más tarde, con los nervios de la exposición pública todavía enquistados, se reactiva la extrañeza de haber sido ubicada en el entorno urbano. ¿Que cómo retrato yo la ciudad? Pues mira, la retrato desde lejos. Desde el campo, desde el arroyo. Desde un pueblo muy pequeño de la Sierra de Huelva en el que todas las casas son blancas y todas las calzadas de piedras redondeadas forman mosaicos. Hay una tienda de comestibles con su zona de bazar, un bar, una panadería, un taller mecánico, una farmacia y varios negocios familiares relacionados con la ganadería. Las grandes ciudades que yo he conocido son Sevilla y Madrid, con sus polígonos, sus zonas históricas, sus infraestructuras deficientes por un lado y tremendamente eficaces por otro, sus hipermercados, sus horizontes grises y su asfalto caliente. A las dos les guardo cariño, pero para cumplir como escritora debo alejarme de lo que estoy retratando y rechazar el contacto humano. No me basta con retirarme un mes a una casa de artistas becados, ni meterme en una cafetería con un cuaderno —cosa que me agrada—, porque mucho tienes que consumir para que a los 35 minutos no empiecen a mirarte mal. Lo comprendo, que no parezca que no lo comprendo. Al contrario, comprendo la ciudad sin esfuerzo por dos motivos: porque he pasado mucho tiempo dentro de ella y porque la he esquivado durante largas etapas.
La ciudad desde el campo y el campo desde ningún lugar
Desde que la escritura se convirtió para mí en un oficio ligeramente próspero, mi prioridad es reproducir el clima que me llevó a ser escritora: la soledad. Para ello debo forzar una vida de contacto humano reducido, porque ese contacto a menudo me ahoga, me frustra, me drena, me consume y se lleva la energía que sólo las páginas son capaces de procesar en condiciones. No fue mi primera opción, yo hubiera deseado ser sociable y funcional, que me cupiera todo, pero todo no me cabe, y llegado el momento decidí que me gustaba más ser escritora que persona. Por lo truncado, por lo longevo, porque se me daba mejor.
Saqué todo el partido que pude de la ciudad, e incluso aproveché para establecer algunos de esos vínculos afectivos que tanto valoro y que debo mantener a raya para poder trabajar, pero vivir en ella era demasiado caro. La racanería me empujaba a aprovecharla al máximo. No tuve el valor de vivir en Madrid sin cultivar las relaciones y acudir a montones de eventos. Presentaciones, cumpleaños, exposiciones. A cuantas más asistía, menos escritora era. Qué me pongo, quién va a ir, qué metro hay que coger, mañana a la radio, bajar al bazar a las 0:46 AM para comprar patatas fritas, hace mucho que no quedo con no sé quién. Todo con ropa de calle, todo presencial, todo con facturas que pagar en billetes de ansiedad retroactiva.
En el pueblo hay conexiones sociales intensísimas, por supuesto, y yo las valoro y las respeto, pero se me hace más sencillo equilibrar la situación. Asumir la soledad me resultó extremadamente doloroso. No fue algo que yo eligiera, pero al verme así empecé a encontrarle las ventajas, como quien le saca provecho a una estancia en la cárcel. Me he convertido en una de esas presas que prefieren seguir encarceladas porque están cómodas y ya no saben buscarse la vida en el mundo real. A estas alturas, estar sola me proporciona el sustento y la mayor satisfacción. Es todo cuestión de percepción, pero sentir semejante aislamiento en un vagón de metro abarrotado me cuesta más que andando por un camino de riscos y moreras.
El campo también tiene su trabajo, claro, sus interferencias. Hay que traer leña, siempre hay que traer leña, durante la mayor parte del año la leña es tu prioridad. No es gran cosa cuando llevas mucho tiempo ocupándote de ello, pero me enorgullece estar pendiente de la leña. Significa que cada día hago un fuego, y sé que eso la gente en la ciudad lo envidia porque yo también lo envidié. Aprendí a encender la leña a la vez que a liarme los cigarros —casi a los 30 años—, y estoy segura de que la mezcla me hizo ser capaz de terminar novelas, de ser más efectiva, de escribir mejor. Se puede fumar también en la ciudad, pero la gente de mi clase social no puede aspirar a porches, a grandes terrazas ni a patios en los centros de las ciudades. Ese espacio que aquí abunda me recuerda a la asfixia del enjambre, de las tardes llenas de compromisos, del ladrillo, de las bebidas caras, los aires acondicionados y la falta de ventilación.
La forastera de interior
Varios pensadores han destacado la ventaja de situarse fuera de unos límites para comprender su interior. El interior de aquel tiempo, de aquel espacio. Incluso las personas más capaces de vivir paladeando el instante se benefician de este efecto. Los colores se intensifican, las emociones se destilan, se vuelve fácil nombrar lo ocurrido. Con la distancia que da el tiempo las etapas se hacen pequeñas, y darles estructura, identificar los giros y los puntos clave se convierte en una actividad tan curiosa y lúdica como la observación de una maqueta. Siempre resulta algo mareante mirar una maqueta desde el interior del edificio que la aloja.
El problema es que yo quiero usar el entorno rural como contexto, y quiero hacerlo sin volver a vivir en la ciudad y sin que pase mucho más tiempo. Mi ilusión, mi absurdo capricho, es que la próxima vez que tengan que catalogarme lo hagan dentro de lo rural. Sé que mucha gente puede hacerlo. ¿Pueden porque se criaron en el campo, porque su imaginación es más florida que la mía, porque no se descentran tanto en la ciudad y esa perspectiva se lo permite?
Por una vez quiero trabajar sin truco, pasarme el videojuego sin mirar la guía. Retratar entornos urbanos desde aquí es demasiado fácil. Comparar los conciertos de electrónica en los que está todo el mundo chillándose en la oreja con el rumor del agua corriendo junto a una higuera en la ribera; los estantes llenos de carne triste y aséptica del hipermercado con el terreno donde una veintena de alegres cerditos selecciona bellotas del suelo y se revuelca en la tierra húmeda bajo las encinas. Qué fácil concluir que es más bonita la opción rústica.
Pero ahora que ya llevo tiempo viviendo aquí el lado oscuro se va desplegando, y se acumulan las malas noticias que siempre me han servido para crear. En el pueblo de al lado hay una macrogranja; lo supe la semana pasada y la información me pegó un buen tortazo. Por suerte no la he visto por dentro, pero llevo años oliéndola a cientos de metros sin saber de dónde venía esa peste a infierno. Desde mi propia cama escucho tiros los fines de semana. Voy de paseo y saludo a los cochinos que no son de macrogranja, los simpáticos cerdos que trotan con unas patitas que se van a despiezar y se van a colgar y se van a vender carísimas tras unos meses, esos cerditos que cualquier mañana me encuentro siendo degollados y abiertos en canal en una cochera con el suelo cubierto de cartones, o encima de una mesa desplegada en el propio terreno donde correteaban el día anterior.
Cuando no vas al entorno rural de vacaciones ni te tomas tu estancia como un retiro espiritual; cuando pasas años viendo que el embalse se vacía y se llena, que los campos se secan y verdean, que los animales se venden, se matan y se comen, que las cosechas florecen o se arruinan, que cruzas los dedos durante dos meses para que llueva o para que deje de llover, que se incendian hectáreas vecinas y el humo acecha al otro lado del monte; cuando decides asistir a algún evento y descubres que tus vecinos no son como tú te habías imaginado, que a los niños no les hace falta estar pillando el WiFi de la Apple Store de la Puerta del Sol para tener preocupaciones de última hora, que quienes parecían insensibles se te confiesan animalistas y quienes parecían apañados resultan regentar la macrogranja; entonces se desperezan las posibilidades.
Ahora que empiezo a comprender la crudeza del campo, los horrores y particularidades imprevisibles que le son propias más allá de lo bucólico y lo silencioso, mi esperanza de usarlo como contexto aumenta, igual que aumentó la de usar la ciudad cuando a los 13 años me dejaron ir sola en autobús al centro de Sevilla. No sólo por lo útil de la abundancia de experiencias, sino porque al conocer esa realidad a fondo se construye una confianza, una seguridad, un dominio. Todo el mundo sabe que la confianza da asco, y cuando algo empieza a dar asco se conjura por fin el distanciamiento necesario para poder retratarlo.
Supongo que es cuestión de tiempo adentrarme lo bastante en el escenario como para poder describirlo con la nitidez de la forastera. Forastera del espacio, del tiempo, del artificio y de la naturaleza. Forastera de interior, como el día crucial en que estaba aprendiendo a andar agarrada a un arriate y, al asomarme a la tierra, descubrí con asombro extracorpóreo un tremendo trajín de bichos a la altura de mi cara. Recibí como un don envenenado de la bruja Maléfica el relámpago maldito de no volver a estar del todo en ningún momento ni lugar, y así fue durante años hasta que el hada azul, Primavera, me vino a parchear el entuerto. Dormirá, dormirá, no estará en ninguna parte, pero gracias a eso podrá contar cómo es estar. Quién sabe si el truco de usar un contexto mientras aún ando dentro de él terminará de romper aquel hechizo de magia negra y despertaré para pisar por fin la hierba.
