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Fotografía
Lilia Ana Ramos

Sangre muerta

Pipe tiene cinco años, duerme con puñados de tierra bajo la sábana y sus hermanas dicen que tiene la sangre muerta. Andrea Abreu vuelve a los montes de Tenerife de los años setenta, los de la infancia de su padre, para contar en este relato el hambre, las cabras y todo lo que un niño escucha sin que nadie se dé cuenta.

Fachada de una casa de piedra encalada con la pintura descascarillada, una ventana de madera rota en el piso alto y otra pintada de verde abajo, con macetas de bejeques y pitas al pie del muro.

Todas las noches Pipe escucha los resuellos del padre como si fuera un cochino jociqueando dentro de una pileta. Detrás de la pared de piedra y barro pintada de blanco, detrás de la pared que separa el cuarto de Pipe y el de los padres, siente el resuello ahogado del padre montado encima de la madre, del padre arriba de la madre como un caballo arriba de una yegua. La madre respira con dificultad, si es que acaso respira. Parece que no se menea del colchón, que está afirmada, con los dedos aferrados a las sábanas, esperruñando las sábanas blancas llenas de huecos roídos por los ratones, y Pipe tiembla. El temblique se le mete por las patas. Desde abajo. Justo donde le cuelgan las piernas, empiezan las dos camas de las tres hermanas que le quedan en la casa —en realidad tiene siete, pero las más grandes ya están todas trabajando de internas con las señoronas de postín de La Laguna y Santa Cruz, lejos, muy lejos del monte donde Pipe escucha los resuellos—. Las escucha también a ellas, a las hermanas, hablando bajito en la oscuridad, alegando.

Una mano apoyada sobre una rodilla cubierta por una tela azul, con el suelo de tierra y hojarasca al fondo.

Escuche, Babi, ¿qué ruido es ese? ¿Serán los resuellos de padre?, dice Lala, la más grande, y lo dice con los ojos muy abiertos, como chernes, abiertos, encendidos como luminosos fósforos prendidos en el negro de la noche. Escuche, Babi, escuche, repite Lala. Horita sale, dice Babi, la mediana, la que duerme con Mari, la más chica, horita sale madre preñada de nuevo. Ay, Lalita, ya la vi ayer otra vez, con el payo como un barco otra vez, y mañana sale cargada de nuevo, porque de tanto darle padre seguro ya la carga del todo y si venía una hermana sola ahora seguro vienen dos juntas. Ay por dios, sigue Lala, ahora con otro chico menudo será que no vamos a probar el tafor de la cabra, porque si antes con estos dos no lo veíamos, ahora con otro nuevo menos. Ay, Babi, de esta aburrimos el agua de toronjil y gofio. Yos, susurra Babi, ahora que lo nombraste yo tengo más ganas de echarme un fisco tafor…. Y Lala dice que sí, sí, vas a probar tú…, tú sabes que madre deja el tafor pa los chicos menudos y pa nosotras agua de toronjil. Yos, Lala, suelta Babi entristecida, parece que madre a nosotras no nos quiere. Cállate, Babi, no seas malcriada, que madre tiene que hacer de tripas corazón, ¿o tú no ves cómo están las cosas en casa? ¿Es que tú no ves que a los chicos menudos hay que darles de comer mejor pa que no salgan con la sangre muerta como este? Y se tensa, Pipe se queda yerto como un lagarto cuando come gaznate. Como Pipe, sigue Lala, que desde que nació siempre ha sido enfermizo y por eso, desde chico, de no comer bien, siempre está esmagado, desde que se levanta hasta que se acuesta. ¿No lo ves que siempre anda lleno de tierra como un cochino, que es de hueso flojo y a cada rato hay que ir a santiguarlo? Y Pipe se hace medio el dormido, como el zorro, respira suave, no se mueve. Siente las montañas de tierra debajo de la sábana apretadas contra la espalda. Si las hermanas se enteran de que está con los ojos abiertos debajo de la manta, seguro le mandan un pescozón por las cuerdas del cogote.

Un caldero de metal oscuro lleno de agua verdosa, rodeado de hierba en una huerta.

A las cinco de la mañana, Pipe se levanta con las langañas agarradas de los párpados como arañas verdes. Se rasca las costras de fango y hierba de los ojos. Junta las yemas de los dedos dentro de los oídos y se jala las raíces sueltas. Le salen dos puñados de tierra que sostiene en las manos. Los coloca debajo de la sábana, sin que nadie lo vea. Siempre los coloca debajo de la sábana, se siente más tranquilo si duerme sintiendo lo húmedo de la tierra. Lo primero que escucha es el grito ahogado de la hermana ¡levántate, cacho cabrón, levántate de ai, que parece que tienes la sangre muerta! Las narices moquientas, los dedos fríos como hielo. Todavía siente un picor dentro de la cabeza. Le gustaría sacarse la tierra pero la hermana lo está mirando y tiene miedo de que le meta un cachetazo por cochino. Se seca los mocos con la manga del suéter. Pone los dos pies en el suelo de cemento frío. Afuera, detrás de la ventana, se sienten los relinchos de un caballo, una yegua, un animal, una bestia que llora. Le gustaría quedarse atrás del fuego de la cocina, a Pipe, y jugar a encender astillitas de tea, pero la Lala le dice que el que juega con fuego, mea la cama, y además, por si fuera poco, tiene que ir a las huertas de atrás de la casa a hacer las cosas que nadie nunca le manda hacer pero que sabe que le toca aquellar a él solito y a más nadie. Y, como todos los días, llegar a la última huerta al canto arriba, la que está virada para el barranco, donde van a botar la basura que luego se quema, donde van las hermanas a dejar morir a los gatos chicos, cuando la madre las manda porque hay exceso de animales.

Una persona camina de espaldas por una carretera estrecha de montaña cargada con una brazada de hierba a la espalda.

Pipe se sienta en la silla de la cocina, la que está al lado del poyo, y llegan Lala y Babi con Mari en brazos, Mari que llora como un cochino chico, como un cochino recién parido que lo llevan a matar lejos de la madre. Ni la escudilla en la mesa te la pones, le dice Lala a Pipe, espabílate, que parece que tienes la sangre muerta y límpiate el jocico un fisco aunque sea, que parece que estuviste jociquiando tierra. Lala y Babi son niñas muy limpias, aprendieron de las hermanas mayores, las mayores que vuelven una vez al mes de las casas en las que están internas trabajando, las casas grandes y hermosas de la capital de la isla, las casas en las que duermen en camas de las buenas, no como ellos, que solo tienen colchones de fajina. Cuando las hermanas grandes vuelven a visitar la casa, les traen regalos: galletones, latas de carne jamonada, latas de canvaca y alguna pulsera de bolitas de azúcar de colores, que Babi y Lala se cuelgan de las manos como joyas antiguas, pulseritas que luego les da pena comerse pero que, al final, terminan chasquillándose muy poquito a poco. Cuando las hermanas más mayores vienen, lo lavan todo con lejía: las ventanas, los tenis, los suéters, los paños de cocina y los delantales y los dientes de la boca y las orejas y lo restriegan a Pipe con un cepillito y le dan cepillazos en la yema de los dedos y Pipe sangra como si le estuvieran arrancando picos de las uñas, pero queda limpio por un periodo de tiempo, por lo menos un rato no quedaba jediendo a perros muertos y cubierto de tierra y hierba, como acostumbra. Cuando vienen las hermanas mayores, Pipe se pone triste. Le sacan la tierra de la cama, lo dejan limpio por dentro. Toda la hierba se la sacan, todas las piedritas, las raíces. De eso es que las hermanas pequeñas, Lala y Babi, saben tanto de limpieza, de las grandes, y así lo tienen todo: limpio como las lajas de un barranco, y todo manchado de marcas redondas y anaranjadas de la lejía, pero limpito-limpito como una patena. Y por eso es que las hermanas pequeñas odian tanto a Pipe. Es el único que siempre anda encachazado.

Mazorcas de millo colgadas a secar de una cuerda ante una pared de ladrillo y hormigón.

Babi, vete y tráeme unas astillas de tea y un par de palos pa poner el agua a hervir, le dice Lala a la hermana mientras saca un caldero y lo llena de agua. Cuando Babi atraviesa la puerta de la cocina, Pipe ve pasar a la madre por en medio del patio. Lleva la ropa de las huertas: un vestido negro hasta las canillas con un delantal manchado de sangre de conejo. Babi le dice hola. La madre mueve la cabeza en señal de saludo. Está redonda como un tamboril, como un pescado lleno de aire. Debajo de la sombrera, le brillan los ojos, ocultos, salvajes. No lo mira, la madre no lo mira nunca. Es como si no existiera, como si tuviera la carne transparente. Es cierto que está bastante escolorido, piensa, y lleno de tierra, pero no entiende por qué eso iba a ser un motivo para no quererlo. Babi vuelve y Lala pone el agua con gajos de toronjil al fuego. Papá se levantó temprano pa ir a trabajar a la galería, suelta Lala, pa mi idea que no durmió apenas, estuvo toda la noche mandándole. Babi se regaña toda del asco y mira a la hermana. Yo cuando sea una mujer grande no voy a permitir que me estén mandando, fos, hasta me daño toda de pensarlo. Eso dices ahora, Babi, pero a los maridos hay que atenderlos. ¿Y tú qué sabes si tú eres chica como yo?, responde Babi enfadada. Pero es lo que siempre dice madre, Babi, no seas contestona, que tú eres más chica que yo entodavía.

Un lavadero excavado bajo una gran roca, con el agua cubierta por una capa de lenteja de agua verde intenso y una cruz blanca de piedra sobre el muro.

Pipe se manda la escudilla de agua de toronjil y gofio de una sola sentada. Se levanta como un rayo y la deja sobre la mesa. Pon la escudilla en el fregadero y no seas jediondo, que yo no soy la criada tuya, le grita Lala. Pipe vuelve a la mesa con la cabeza gacha para ponerla en el fregadero. Ojalá que sea un macho lo que trae madre, suelta Babi de repente. Babi mira con asco a su hermano y le responde que no, que ojalá que si nace, sea macho o sea hembra, lo agarre madre y lo zumbe por el barranco pabajo como hizo con el primer niño que le nació, porque había fánfana y no quedaba comida y era la época de la posguerra y las vacas flacas. Lala le mete un trancazo a Babi en el centro de la espalda con la mano abierta. Le dice que ni se te ocurra, aprieta los dientes, ni se te ocurra volver a repetir eso, malcriada, el señor te va a castigar por malpensada y alcahueta, eso son temas de grandes y además mamá no botaría a un hijo de ella por el barranco ni aunque en casa no quede ni una giel amarga que comer. Babi se ríe con esa sonrisa de echantona. Le replica que es verdad. Me lo contó Julita antes de irse a trabajar en las casas de interna. Tú no le estés haciendo caso a Julita, que Julita también es media trafullera. Pipe se rasca la oreja con la punta de la uña y clava algo blando: una lagarta verdeando como las hojas. Se la mete entre los dientes sin que nadie lo vea. Lala se presina muy fuerte dos veces seguidas y le quita la escudilla de agua de toronjil a Babi. Y ahora por comemierda te quedas sin comer, le dice a la hermana. A Pipe se le erizan los pelos del cogote y sale escopetado por la puerta de la cocina. ¿Traspones?, le pregunta Lala antes de que se vaya por completo. Pipe no contesta, camina rápido y mastica la lagarta como si fuera un chicle. Pues menos mal que haces algo por la vida, sigue sola, que parece que tienes la sangre muerta, que madre nos tiene a todas explotadas y a ti como el Marqués de la Villa Verde.

Una cancela de chapa verde abierta al pie de una ladera de tierra roja erosionada, entre cañaverales.

Todavía no clarea el día y Pipe ya está en los caminos de las huertas. Avanza por la vereda que lleva a la huerta última atrás, avanza entre los pinos que proyectan sombras sobre el suelo de pinocha, sombras como brazos largos de personas flacas, consumidas. Debajo de la lengua le queda el amargor de la lagarta. Desde la mitad del camino se escuchan ya los lloros de los baifos. Hace frío, hace un frío que se le inyecta en las puntas de los dedos de las manos. Un olor a cosas podridas, una revoltura en el estómago, como una especie de hambre. Pipe camina con los brazos estirados, cumpliditos, alargados como si fueran varas de mimbre, y siente todavía el sereno húmedo de la noche cerrada, de la noche de corujas llorando y ojos posados en lo oscuro. Avanza como un burro con los ojos tapados, Pipe, avanza todo recto, no hay zarzas, ni ortigones, ni espinos que valgan. Avanza a través de la negrura del monte tupido sin miedo magullarse, porque el miedo es más grande que cualquier posible raspadura. En la oscuridad hay gritos, otra vez ese relincho de caballo allá a lo lejos, pero Pipe no levanta los ojos de los tenis, los tenis que apenas puede ver porque todo es negro como las plumas de un mirlo. La cabeza siempre gacha, como amarrada del cogote a las ligas. En las orejas tupidas de Pipe, ya se sienten como terremotos los lloros de los animales. Los animales, todos los hijos de un niño de cinco años, hijos de cuatro patas, lomos engrinchados, pezuñas, dientes limados y amarillentos. Allá al fondo, arriba de los corrales, un machetazo de luz se está clavando en la corona, arriba, en los pinos que bordean las faldas del Teide. Pipe no piensa lo que hace. Está jugando al juego de todos los días. No se puede inventar las normas, solo repetir: llegar, echarle de comer a las gallinas, abrir el cercado, soltar las cabras, limpiar los comederoslas perceberas, sacar el estiércol, ver salir la luz del día, juntar pinocho, hacerles una nueva cama con el pinocho, coger hierba para la noche, contar las cabras, juntarlas todas, empujarlas dentro del corral, cerrar el cercado.

Una persona con jersey claro se afana junto a un fogón en un descampado, al lado de una tienda de lona blanca y bidones oxidados.

Una a una van saliendo las cabritas todas. La Morena, La Pintada, La Canela, La Negrita, el baifito nuevo, el otro baifo. A todas les puso nombre, a todas, pero eso no es algo que le cuenta a las hermanas. Ponerle nombres a los animales, que pa eso son bestias y no personas, los nombres son de personas, oye en su cabeza, como si las estuviera sintiendo. Las cabras comen. Pipe se queda mirando a La Negrita mientras se rasca las narices. le encanta La Negrita, es la más diferente. Con la punta del dedo se arranca una piedra de un lado del tabique y empieza a brotarle una hilera de tierra. La tierra cae y cae sobre el suelo y se forma una montaña. Las cabras no se asustan. Pipe se pasa la manga del suéteruerte por la cara y se acerca a La Negrita. Está nerviosa, la cabra. La mira fijo en los ojos y se ve reflejado en ella. Tiene los párpados cubiertos de mujo y hongos. Del pelo le salen bichos carreteros y ciempiés que mueven las patitas como si estuvieran bailando. Se da la vuelta para comprobar la hora del día. La luz anaranjada del sol ya está elevándose por encima de los primeros pinos. De nuevo mira a las cabras. No está. Ya no está la Negrita. ¡Ay dios, ya se me fue Le Negrita!, se dice angustiado. Mi madre me va a escachar la cabeza, hoy duermo en el pajero. Los gritos de la cabra se sienten lejos, abajo, muy abajo, como al canto abajo de la ladera. Pipe nunca ha bajado el barranco. El padre no lo deja. Un día lo vio alongarse para mirarlo un poco y le partió un palo por las costillas. Los gritos de La Negrita le queman las orejas y se rasca. La mierda de los oídos se le queda pegada en las uñas. Una hierbita de maruja le brota rápidamente en el dedo.

Una ermita en miniatura de fachada amarilla con tejadillo de teja y cruz verde, con una virgen y flores tras el cristal, junto a una valla metálica.

Pipe empieza a bajar el barranco sentado. Como un cangrejo, arrastrando el culo. Con la punta del teni aprieta tres veces seguidas cada piedra, para no enriscarse. El cielo está todavía oscuro, pero a los lados puede diferenciar los montones de basura del barranco. Las lonas de zapatos, las sartenes viejas, la ropa usada y quemada. Coloca el pie sobre un risco grande a mitad del camino y el risco se desprende. Ras. Suena la piedra arrastrando a Pipe en los últimos metros de la caída. Pipe se levanta del suelo y se traga las raíces de debajo de la lengua. Al fondo, allá al fondo, donde reposa un naranjero cargado de naranjas, el día está amaneciendo. Al fondo, allá al fondo, La Negrita relincha como si fuera una yegua desbocada y no una cabra, una pata, otra pata, en un baile loquinario. Pipe arranca a correr muy deprisa para apuñar a La Negrita. Cuando ya está a un metro de la cabra, se frena en seco y se queda arrullándose con la punta de los tenis delante del animal. Hay un boquete en la tierra, una tumba. Se alonga sobre el agujero. En frente, hay una cruz clavada en un risco, una cruz de tea tallada con cuatro palos secos de margarzas amarrados con una badana. Es un bujero de tierra removida, revolcada. Parece como si hubiesen arrancado algo del centro de la tierra, piensa Pipe, como si lo que estaba dentro del bujero hubiera salido por las propias patas, él solo.

Una cabra negra de orejas largas mira a cámara desde el borde de un camino, entre helechos secos y vegetación verde.

Algo arrastra a Pipe por los tobillos. Siente como si lo estuvieran jalando con una soga invisible y se deja ir, a pasitos cortos, hasta dentro del bujero. La tierra le alcanza la altura de las canillas. La Negrita ya no baila, solo lo mira con los ojos encendidos detrás de la cruz de tea. De frente a la cabra, Pipe deja caer el culo sobre el suelo húmedo y mujiento del bujero, luego la espalda y la cabeza. Ahora la tierra lo traga, se queda hundido con las lombrices, las lagartas, los maloricos. Los bichos que estaban dentro de su cabeza se mezclan con los bichos nuevos. Ahora recuerda: ya una vez estuvo en este hueco. Aquí fue la última vez que lo miró su madre. Kilos y kilos de piedras le pesan sobre las pestañas, los pelos le crecen hasta enredarse con el subsuelo. Siente que la tumba es una especie de barriga, algo así como una cuna caliente. La Negrita pisa sobre la tumba para sellar el hueco. El suelo vibra. Yo soy el niño muerto, piensa, yo salí de la tierra porque me sentía solo.

Al igual que el protagonista de este relato, mi padre fue un niño que habitó los montes de Tenerife durante los años setenta. Sin su ayuda este texto no hubiese sido posible.

Gracias, pa.